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Por: Octavio Raziel

octavio.raziel2@gmail.com

La vida como es…

Frente al teclado de mi ordenador veo correr mi vida atada a un cordón umbilical que me ligó para siempre al periodismo. Mi existencia fue una crisálida que eclosionó y se completó en una metamorfosis que termina en recuerdos con olor a tinta y papel. 

Pero, no me molestan esos recuerdos. La belleza de ver nacer un periódico diario a través de los años me ha sido irresistible.

Un abril más, un abril menos… mi último abril.

Abandoné mi síndrome de Diógenes que incluía recuerdos de 57 años de periodismo; chunches, trastos, cachivaches, chirimbolos, cacharros y objetos inservibles. Los vi, los observé detenidamente, y como Sócrates, me dije: cuántas cosas que no necesito se acumularon en ese lapso. Hasta que, decidí soltar lastre, aligerar mi vida.

Parece tan ayer cuando llegué a los modestos talleres del periódico capitalino Atisbos. El único puesto vacante que había para mí, que no sabía hacer nada, fue en la formación en cristal. Todo era recortar las galeras entintadas y colocarlas, según el diseño del formador en machote, sobre un cristal. Las divisiones –plecas- se cortaban con un fino bisturí según los puntos que me pedían. Todo era cortar y pegar con precisión. Terminado el trabajo, el cristal era bañado en un polvo dorado y colocado en un bastidor para fotografiarlo. Hasta ahí llegaba mi chamba.

Más adelante, me cambié a los talleres del periódico Zócalo como cajista, esto era ir ordenando letra por letra de plomo los cabezales de las notas y acomodarlas en ramas. Aprender el orden de los tipos y los tamaños era fundamental; hasta que brinqué a los talleres del periódico Ovaciones, en la colonia Santa María. Eran nuevos y requerían personas que fueran buenos dibujantes para el área de Formación en Machote. De aquí soy, dije, y me quedé un tiempo.

Pero me llamó el mar. Había terminado la secundaria. Estudiar por la mañana y trabajar por la noche era desgastante. La Marina fue mi pasión. Si el tiempo pudiera regresar, me subiría nuevamente a un barco de la Armada y navegaría hasta el fin de mi vida; hasta allá, donde termina el mar.

Quién haya estado en una obra de teatro china le causará extrañeza que el actor da unos pasos, brinca hacia adelante o hacia atrás, y eso significa que pasaron años o saltó a otra ciudad o circunstancia. Así, ingresé a la Prepa 5 de la UNAM y luego, al calor de unas copas, mi tocayo Octavio Bernard Becerril me invitó a trabajar en el periódico El Nacional. Subí todos los escalones por los que debe pasar un reportero: guardia, policiacas, deportes, espectáculos, sociales, hasta caer en lo que quería, reportero de primera línea.

Viajé por muchos países: me desaparecía de la casa, por trabajo, hasta por nueve o diez meses, en épocas de campañas políticas, o por asuntos especiales; antepuse un buen reportaje a la vida en familia (se las debo, les digo a mis hijos, será para la otra) entrevisté a Dios y a los de la realeza; a líderes políticos y también a los delincuentes más sórdidos. De mis autores favoritos, Oscar Wilde, leí: Un hombre puede ser feliz con cualquier mujer, mientras no la ame… Y me la creí. Mi vida personal la cambié por premios nacionales de periodismo, de cuento, nacional de fotografía, internacional de cuento; hubo reconocimientos abundantes.

Trabajar en un periódico, comenzando desde abajo, fue una gran aventura. Veía llegar los rollos de papel y los tanques de tinta que se colocaban en las modernas rotativas. Todavía había varias de decenas de linotipos que escupían ramas de información en plomo que eran colocadas en planchas y que teníamos que revisar a conciencia; no podíamos dejar pasar un solo error. Me tocaba ver salir el diario ya empacado para entregar a los voceadores. Acompañado de mi compadre Rafael Castilleja, caminaba hasta Sanborns del Ángel o, en contrario, a las costillas asadas del mercado de Garibaldi. Todo a pie, a las ¡4 de la mañana! Después, cada quién abordaba su auto, y a casa, con el olor a tinta impregnado hasta la médula.

Imaginaba el diario, mi periódico, El Nacional, en el escritorio del Presidente de la República, en el de los secretarios de Estado y funcionarios de todo nivel; pero también en las manos del empleado que lo iría leyendo en el autobús mientras se dirigía a su trabajo; algunos maestros y estudiantes estarían repasando la columna que escribí por veinticinco años sobre temas universitarios, o el ama de casa y los hijos que le darían la segunda pasada después de que el esposo lo hizo en la mañana. Ese mismo diario terminaría, un día después, tal vez, envolviendo un pescado que compró una señora en el mercado de La Viga o un kilo de jitomate en el de La Merced; el yesero haría un sombrero que le protegería de la pintura o el yeso, el pintor lo extendería sobre el piso para no manchar el linóleum y el pepenador lo sumaría al montón que le comprarían por kilo. Yo recortaría las notas o columnas que llevaran mi firma y que se acumularían en un sinnúmero de sobres o folders, y que, un día, en un momento de exorcismo necesario los envié a la chimenea junto con fotos y negativos de muchos años.

Después de cumplir mi ciclo de trabajo en ese diario, incursioné por varios puestos de responsabilidad en el gobierno federal. Pero esa es otra historia.

Este abril, recapacito en que la vida no puede sólo escribirse, debe vivirse, y yo lo hice a mi manera. “Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo”, diría Oscar Wilde.

Después de deshacerme de todo el lastre que significaban los recuerdos de los años que había dejado atrás, busqué en un mar de papiros, pergaminos, tabletas enceradas y hojas de papel amate cuál sería mi siguiente paso. Encuentro un Antiguo Testamento, textos del Deuteronomio, la Biblia que habla de un redentor judío, un Corán fundamentalista, las Vedas y el Upanishad. La Torá, el Talmud y otros rollos me remiten a viejas filosofías que tienen como fin formar hombres que dejen como herencia buenas enseñanzas.

En el Libro de los Muertos, hace miles de años, el dios Anubis, en presencia de Osiris, pesaba en una balanza las almas de sus súbditos para decidir su destino. Ya me veo cruzando el mar de los juncos al inframundo donde escribiré, sobre un papiro, la parte de mi vida que se quedó en el tintero. Decía Wilde en su Balada de la cárcel de Reading; quien vive más de una vida, debe morir más de una muerte.