Cada 7 de junio, los gobiernos felicitan a la Prensa.
Es una costumbre curiosa.
Los mismos que suelen irritarse cuando aparece una investigación incómoda, una fotografía inoportuna o una pregunta sin permiso, dedican un día entero a elogiar la libertad de expresión.
Las felicitaciones abundan. Las garantías escasean.
México se ha acostumbrado a una tragedia que debería avergonzarlo. Aquí se mata a periodistas con una facilidad alarmante y se les olvida con una rapidez todavía mayor.
El crimen ocurre.
La condena oficial llega puntual.
La investigación se anuncia.
La impunidad aparece.
Y el ciclo vuelve a comenzar.
Los gobernantes suelen afirmar que respetan la crítica. Es posible. Lo que parece molestarles son las pruebas.
La crítica puede responderse.
Los documentos no siempre.
Por eso la información verificada provoca más temor que los rumores. Los rumores se desvanecen. Los contratos permanecen. Las fotografías permanecen. Los testimonios permanecen.
Los hechos tienen la mala costumbre de sobrevivir a los discursos.
Desde el poder se habla mucho del pueblo.
Menos de las preguntas del pueblo.
Y cuando alguien formula esas preguntas desde una redacción, una cabina de radio o una página digital, con frecuencia deja de ser ciudadano para convertirse en sospechoso.
Es una vieja tentación del poder: considerar enemigo a quien observa demasiado.
Los autoritarios de antes cerraban periódicos.
Los modernos intentan desacreditarlos.
El objetivo es idéntico.
Que la sociedad deje de creer en quien informa.
La diferencia es apenas tecnológica.
Mientras tanto, en buena parte del país hay reporteros que conocen los nombres que nadie quiere publicar, las historias que nadie quiere escuchar y los acuerdos que nadie quiere explicar.
Trabajan sabiendo que la protección del Estado suele llegar tarde y la amenaza suele llegar temprano.
Aun así continúan.
No por heroísmo.
Por oficio.
Porque alguien tiene que contar lo que ocurre detrás del escenario.
Sin Prensa Libre, la corrupción encuentra sombra.
La delincuencia encuentra silencio.
Y el poder encuentra comodidad.
Las tres cosas suelen llevarse bastante bien.
Por eso este Día de la Libertad de Expresión no admite celebraciones excesivas.
La libertad que necesita homenajes para existir suele estar en problemas.
Y una democracia que convierte a sus periodistas en objetivos termina enviando un mensaje inquietante a todos los ciudadanos: que preguntar tiene consecuencias.
Tal vez por eso algunos políticos se empeñan tanto en desacreditar reporteros.
En el fondo saben algo que jamás reconocerán públicamente:
Las preguntas siguen siendo más peligrosas que las respuestas.
Y los hechos, por desgracia para ellos, son tercos.
No votan.
No militan.
No aplauden.
Pero terminan apareciendo. eusebiogimeno@gmail.com