Las denuncias de trabajadores por falta de personal, medicamentos, equipo médico y material de curación vuelven a poner en evidencia las fragilidades del sistema hospitalario en Morelos.

Mientras continúan las disputas internas entre autoridades y trabajadores, los pacientes -sobre todo los de menores recursos- son quienes enfrentan las consecuencias más duras en hospitales públicos como el Hospital General de Cuautla y el Hospital General Dr. José G. Parres.

En los hospitales públicos de Morelos, enfermarse puede convertirse en una prueba doble: luchar contra el padecimiento y al mismo tiempo enfrentar la escasez de médicos, medicamentos y equipo médico.

Mientras continúan los reclamos de trabajadores y las disputas internas dentro del sistema de salud, los pacientes —la mayoría de ellos de escasos recursos— son quienes esperan horas, días o incluso semanas por una atención que debería ser oportuna.

En las salas de urgencias y en los pasillos donde familiares aguardan noticias de sus enfermos, la incertidumbre se ha vuelto parte del paisaje cotidiano.

A esta situación se suman las denuncias públicas del personal de salud. El sindicato encabezado por Gil Magadán ha insistido desde hace meses en la falta de personal, medicamentos y material de curación en distintos hospitales del Estado.

Las protestas, incluso mediante mantas colocadas en centros hospitalarios, señalan directamente a las autoridades del sector, particularmente al secretario de Salud Mario Ocampo Ocampo, a quien dentro del propio gremio médico algunos especialistas le reprochan falta de experiencia en la conducción hospitalaria.

El panorama se vuelve aún más delicado si se considera el riesgo sanitario que representa el resurgimiento del Sarampión, una enfermedad que durante años se consideró prácticamente erradicada pero que ha vuelto a aparecer en diversos brotes.

Ante escenarios así, la fortaleza del sistema hospitalario resulta crucial para contener contagios y atender complicaciones. Cuando los hospitales enfrentan carencias de personal, medicamentos y equipo, la preocupación crece entre médicos y especialistas que advierten que cualquier emergencia epidemiológica podría poner a prueba la capacidad real de respuesta del sistema.

Porque al final del día, más allá de las disputas administrativas o sindicales, la salud pública no admite excusas.

Cuando un hospital carece de lo indispensable, no son los funcionarios ni los dirigentes quienes esperan en una camilla o hacen fila en urgencias: son los ciudadanos más vulnerables.

Y en esa realidad silenciosa, la enfermedad no espera, la necesidad apremia y la responsabilidad del Estado se vuelve, literalmente, una cuestión de vida o muerte.
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