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La decisión polaca de no importar más carbón ruso por la guerra en Ucrania está lejos de significar el fin de la dependencia energética de Moscú y es más bien un gesto político que legitimará la reactivación de su contaminante dependencia de la hulla.

El Gobierno polaco acaba de anunciar un plan para “desrusificar” su factura energética y al mismo tiempo ha lanzado el guante a sus socios europeos, para instarles a hacer lo mismo y “despertar de una siesta geopolítica”, en palabras del presidente del Gobierno, Mateusz Morawiecki.

Sin embargo, a las “dudas legales” admitidas por el propio Ejecutivo polaco, de tomar una decisión que puede ir contra los acuerdos comerciales ratificados por la Unión Europea, se unen dudas tanto logísticas –Rusia proporciona el 66% del carbón que importa Polonia– como políticas, pues se teme que, con este paso, Varsovia se desmarque aún más de los planes europeos para adoptar fuentes de energía limpias.

“Tenemos que empezar una reactivación real de la extracción de carbón en Polonia”, afirmó hace pocos días el exministro polaco de Economía Jerzy Markowski, “pues el drama de la guerra en Ucrania y los efectos de las sanciones han expuesto de manera dramática la estupidez de la política energética europea”.

Para Polonia, que obtiene el 72% de su energía del carbón, la transición a fuentes de energías limpias puede tener costes no solo económicos, sino también políticos y sociales: según el ministerio de Desarrollo polaco, solo en la región sureña de Silesia hay 83 mil mineros, y la cifra del total nacional rebasa los 100 mil.

Más del 90% de estos trabajadores están sindicados y en más de una ocasión se han erigido como un colectivo capaz de obtener rápidamente del Gobierno más importantes reivindicaciones salariales que otros gremios, como el de maestros públicos, que no las lograron a pesar de convocar huelgas nacionales.

Durante la pandemia, el sector minero fue el único en todo el país al que el Gobierno subvencionó de manera íntegra sus salarios, aunque no acudiesen a trabajar, y el presidente, Andrzej Duda, en plena campaña electoral, prometió el verano pasado que no permitiría “dejar morir” a una industria que despierta ecos patrióticos en Polonia y que se considera uno de los símbolos nacionales.

Cuando el contencioso de la mina de Turów, cerca de la frontera con la República Checa, motivó el mandato europeo de cerrar temporalmente la explotación minera por su carácter contaminante, el Gobierno polaco se negó a acatar la orden y solo tras más de 20 reuniones de alto nivel entre ambos países y el pago de una indemnización de 45 millones de euros a Praga se zanjó el conflicto.

La mina, que según dijo Morawiecki tiene “importancia estratégica crítica” por proporcionar el 7% de la energía que consume Polonia, es todo un símbolo de la adicción polaca al carbón, que le proporciona ciertos beneficios y no pocos perjuicios.

El uso de carbón en Polonia hace que en este país se respire el aire más contaminado de Europa, lo que, según estimaciones de Eurostat, causa una de cada diez muertes en el país, 50 mil al año.

Cracovia (sur) y otras ciudades polacas cercanas a centros mineros ocupan, varias veces al año, los primeros puestos mundiales de urbes más contaminadas del planeta, y la agencia independiente Alarm Smogowy asegura que el Gobierno mantiene unos estándares demasiado permisivos para que los “días negros” en que el nivel de contaminación es tal que se aconseja no salir a la calle sean muchos menos de los que deberían.

Según esa organización, mientras que en Cracovia la alarma máxima de contaminación se dispara 3 o 4 veces al año, sus niveles de polución ambiental harían saltar la alerta 263 veces en París.

Según datos oficiales, en el primer trimestre de 2021 Polonia importó 6.2 millones de toneladas de carbón, de las cuales cuatro millones llegaban de Rusia.

Según comenta a EFE el periodista polaco especializado en medio ambiente Jan Kozelek, “el Gobierno se presenta, por un lado, como un abanderado de los valores europeos al embargar las importaciones de carbón ruso, y por otro lado confirma que ni siquiera se plantea adoptar los valores europeos de usar fuentes de energía limpias”.

El vicepresidente de la Comisión Europea, Frans Timmermans, ya advirtió hace dos semanas de que, en el caso de Polonia, podría hacerse una excepción y permitir una transición energética más larga que en otros países, pero, dijo, “aprovechar eso para abrir nuevas minas de carbón sería una elección increíblemente estúpida”.

El gesto de no importar más carbón ruso cobra su verdadera dimensión al considerar que, mientras que Polonia produce cada año 54 millones de toneladas de carbón en sus minas, sólo importa 4 millones de toneladas de Rusia.

“Excusa perfecta para mantener, si no incrementar, la producción de carbón doméstico”, subraya Kozelek.

Con información e imagen de EFE

CANDELERO, 30-03-2022