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Carlos Ravelo Galindo, afirma:

Perdón por seguir ufanos. 

Nos dice mi –primera persona—nieta, la terapeuta Ana Sofía Ravelo. Y lo presumimos Bety: 

“Que abuelo más guapo tengo, abrazos, te quiero mucho Abo. Tu conciencia Chofi”.

Y por lo que nos escribe una desde Austin, Texas, USA, Marinita Ravelo de Juan Casas:

“Guerito gran emoción y orgullo verte con tu reconocimiento de 75 años de periodista. Ahora entiendes por qué Dios no te ha llamado a su lado. Porque quiere que recibas todos los reconocimientos en vida, así como dice el refrán “en vida hermano, en vida”. 

Mi corazón ♥️ esta tan feliz de saber que Tú has llenado de orgullo a todos los Ravelo. 

Y haces honor a lo que escribió nuestro papá: “Soy Ravelo y mi orgullo es profundo. Voy corriendo de la dicha en pos y no hay nada más grande en el mundo que ofrendarle mis himnos a Dios”. 

Y un beso hasta el cielo a Guillermo y  María Teresa, adorados padres, y a mi queridísima cuñadita Bety de Ravelo. 

Juan y nuestros hijos Marina y familia, Tere y familia y Juan Pablo y familia, te abrazan a la distancia y dicen que eres un gran ejemplo a seguir. 

Te amo ❤️😘💕 más que ayer y menos que mañana. 

Buenas noches 💤😴😘🌙 descansa y felices sueños”.

De otra, Juana de Arco, francesa, nos ilustra el colega Jorge Herrera Valenzuela, y de la mexicana, Nepatlense, México, Sor Juana Inés de la Cruz, contribuimos nosotros, al final, con cinco de sus versos.

Impresionante por las hazañas consumadas en su corta vida y por la inquisitorial condena, Juana de Arco seguirá en lo más alto del reconocimiento universal. 

Cumplida en su tarea de cuidar un rebaño de ovejas, inquieta y de pensamiento muy adelantado para su época, nacida el 6 de enero de 1412 en un pueblo francés, la que sería conocida como La Doncella de Orleans, murió en la hoguera acusada de herejía.

Juana vivió en su niñez en el campo y a los 13 años en el jardín de la casa de sus padres tuvo la visión del Arcángel San Miguel, de Santa Margarita y de Santa Catalina de Alejandría. 

Salvó obstáculos y logró ingresar a las filas del Ejército Francés, vistiendo ropa masculina para fingir ser hombre, lo que provocó ser acusada de trasvesti. 

En una ocasión la joven manifestó: “debía seguir hilando lana al lado de mi madre, pero debo hacer esto (ser soldado) porque el Señor quiere que lo haga”.

La hija del granjero y recaudador de rentas Jacques d*Arc e Isabelle Romde apoyaron a la inquieta muchacha que se convirtió en una audaz militar y con poderes especiales, entre ellos el de pronosticar una derrota final de las fuerzas francesas. 

Juana peleó en contra de los ingleses, quienes la juzgaron, tras de ser capturada por la milicia borgoñesa, para ser atada a un mástil y viva prenderle fuego. 

El verdugo Geofroy Thérge dijo, consumada la sentencia: “quemé a una mujer santa”.

30 de mayo de 1431 acabó la vida de una joven campesina, analfabeta que dictaba a escribanos sus cartas y era ayudada por otros para firmarlas. En el transcurso de los siglos se hizo justicia. El Papa Calixto II, en 1456, la declaró mártir. Napoleón Bonaparte la nombró “Símbolo de Francia”.

Primero beatificada y desde 1920, canonizada por el Papa Benedicto XV, mediante la bula Divina Dispensante, es Santa Juana de Arco. 

Su sacrificio tuvo lugar en la Plaza Vieux Marché de Ruan, en Normandía, entonces de dominio inglés. Sus cenizas fueron esparcidas en el río Sena. 

A continuación te ofrecemos 5 poemas de Sor Juana Inés de la Cruz.

Sus obras pertenecen a diversos géneros, lírica, auto sacramental, teatro y prosa, la mitad de las cuales son de poesía.

Amor empieza 

por desasosiego

Amor empieza por desasosiego,
solicitud, ardores y desvelos;
crece con riesgos, lances y recelos;
susténtase de llantos y de ruego.

Doctrínanle tibiezas y despego,
conserva el ser entre engañosos velos,
hasta que con agravios o con celos
apaga con sus lágrimas su fuego.

Su principio, su medio y fin es éste:
¿pues por qué, Alcino, sientes el desvío
de Celia, que otro tiempo bien te quiso?

¿Qué razón hay de que dolor te cueste?
Pues no te engañó amor, Alcino mío,
sino que llegó el término preciso.

Con el dolor de 

la mortal herida

Con el dolor de la mortal herida,
de un agravio de amor me lamentaba,
y por ver si la muerte se llegaba
procuraba que fuese más crecida.

Toda en el mal el alma divertida,
pena por pena su dolor sumaba,
y en cada circunstancia ponderaba
que sobraban mil muertes a una vida.

Y cuando, al golpe de uno y otro tiro
rendido el corazón, daba penoso
señas de dar el último suspiro,

No sé con qué destino prodigioso
volví a mi acuerdo y dije: ¿qué me admiro?
¿Quién en amor ha sido más dichoso?

En perseguirme, 

Mundo, ¿qué interesas?

En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?

Yo no estimo tesoros ni riquezas;
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi pensamiento
que no mi pensamiento en las riquezas.

Y no estimo hermosura que, vencida,
es despojo civil de las edades,
ni riqueza me agrada fementida,

teniendo por mejor, en mis verdades,
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.

Éste que ves, 

engaño colorido

Éste que ves, engaño colorido,
que, del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido;

éste, en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido,

es un vano artificio del cuidado,
es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado:

es una necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.

Esta tarde, mi bien, 

cuando te hablaba

Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como en tu rostro y en tus acciones veía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me vieses deseaba;

y Amor, que mis intentos ayudaba,
venció lo que imposible parecía,
pues entre el llanto que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.

Baste ya de rigores, mi bien, baste,
no te atormenten más celos tiranos,
ni el vil recelo tu quietud contraste

con sombras necias, con indicios vanos:
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.

craveloygalindo@gmail.com