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Hace unos días llevamos a cabo una pregunta hipotética por Whatsapp. ¿Qué pasaría si el presidente fallece de Covid? ¿Quién te gustaría para que se quedara en su lugar?…y fué increíble la respuesta inmediata: ¡La mayoría contestaron que no confían en ninguna persona para dirigir el país! 

Una de las usuarias comentó, “creo que ni Dios Padre podría limpiar la corrupción y los nexos del gobierno con la mafia, la inseguridad y la corrupción”. 

A pesar de que no fue una respuesta con fines estadísticos, la pérdida de confianza en los políticos es evidente. Las personas se transforman con el poder, en cualquier área que lo ejerzan, incluso en la familia. 

Vamos revisando que sucede en el cerebro….se modifican sus funciones con narcóticos, drogas ilegales y legales y con el poder político. 

Las personas se enferman con el poder que es la peor de las adicciones. Vemos cómo van transformándose. Pero esto no es nada nuevo, es la historia de la humanidad. Mientras más poder detentan se vuelven más villanos. El lema, lo dijo Maquiavelo: “el fin justifica los medios”. Desde la Grecia Antigua los tenían identificados y le llamaron el síndrome de Hibris, un concepto griego que se traduce en desmesura, narcisismo exagerado y falta de control sobre sus impulsos. 

Un proverbio que utilizaban: “aquel a quién los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco” Hibris era una personificación de la necedad, el descaro, la arrogancia y el insulto. Consideraban que el enfermo de poder provoca la némesis, la soberbia, la justicia retributiva, el castigo lanzado por los dioses. 

La mayoría de los políticos explota el poder en su beneficio, incluso transgreden las reglas sociales que antes les habían funcionado para llegar a un cargo público. 

El perfil se va cultivando desde niño, con dos opuestos: los peleoneros, bravucones, con trastorno oposicionista desafiante que no respetan a la autoridad. Dice la sabiduría popular; son capaces de “vender su alma al diablo” con tal de llegar al poder.  Los otros son líderes sociales carismáticos, humanos, regularmente sufrieron carencias económicas, abandono, traumas, tuvieron que trabajar desde niños para pagar sus estudios. 

Ya en funciones se sienten dueños del territorio, presumen democracia y son autoritarios, se vuelven dictadores. Conocemos varios modelos: Enrique VIII, Hitler, Sadam Hussein y entre los actuales Fidel Castro, Hugo Chávez, Maduro, Daniel Ortega y López Obrador. Los cambios neuroquímicos de estos personajes demuestran altos niveles de dopamina, adrenalina y testosterona, la hormona que masculiniza, la cual favorece el egoísmo y la agresividad. 

Son notorias las conductas misóginas, arrogantes que los van alejando de los valores y carisma que tenía antes de llegar al poder. 

Mitomanía, pierden la empatía, los valores, realizan actos graves sin justicia, con cinismo, pierden los frenos sociales. 

Pronto aparecen los trastornos mentales: obsesión, paranoia exacerbada, pierden el control de impulsos si no se cumplen sus caprichos, manipulan, utilizan la venganza. 

Compartió un personaje cercano al presidente López Obrador que la causa del infarto al miocardio fue por un coraje que le causó al no lograr un capricho. 

El perfil muestra otros rasgos de personalidad: no mencionan su entorno familiar, se van alejando de su familia o ellos los rechazan y critican de manera obsesiva a los líderes pasados. 

Se sienten transformadores, cuando solo hacen más de lo mismo, o peor de lo mismo. 

Por el trastorno paranoide no confían en nadie y no muestran lealtad a sus colaboradores, siempre a la defensiva, pierden el control, caprichosos, tercos, dejan claro que ellos tienen la última palabra. 

Amenazan a quienes no lo adulan o los critican como lo ha hecho López Obrador con los periodistas, empresarios y columnistas en los medios de comunicación. 

Es notoria la doble moral, dan consejos de santidad y hacen todo lo contrario. 

Los trastornos de personalidad, la obsesión, la psicopatía se van cultivando como las plantas parásitas. 

Los ciudadanos observan el comportamiento y menciona que les falta terapia. Pero es un hecho, la psicoterapia no funciona en el narcisismo. 

Desde que aparecieron las redes sociales, podemos publicar la antipatía que muestra el personaje y los actos de corrupción. 

El cambio podría funcionar con un Congreso Plural que defienda a los ciudadanos que votaron por ellos y no a los intereses del partido. 

Además, con ciudadanos comprometidos que hagamos ciudadanía.

rosamchavez@hotmail.com

Twitter: @DrRosaCh