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  En las nubes

Vale la pena dar a conocerlo. Nos escriben don José Antonio Aspiros Villagómez del padre de Jesús y esposo de la Virgen María.

Y don Fernando Alberto Irala Burgos del ajeno que hicimos casi propio Coronavirus.

El primero nos dice, “Estimado amigo: El sábado fue mi medio santo (san José), pero ni remotamente me acordé hasta ahora que lo leo en tus Nubes, porque los santos no los celebro, míos ni de nadie, no veo el motivo; los cumpleaños sí, a veces.

Pero tienes razón: ese personaje bíblico aparece como un extra (ni siquiera actor de reparto) en los Evangelios.

En cuanto a tu comentario de que seguirá por siempre el misterio sobre su vida, el Nuevo Diccionario Bíblico Ilustrado (evangélico, no católico) dedica a san José 27 líneas, y eso que tiene 1232 páginas a dos columnas.

Dice lo que ya sabemos: que quiso repudiar a su esposa cuando la vio en estado grávido, pero un ángel le reveló de qué se trataba.

Agrega que él era «de la casa y linaje de David» (en otra entrada se comenta ampliamente la genealogía de Jesús), y que en ocasiones lo llaman «el carpintero» porque todos los judíos deberían tener un oficio.

Su última aparición en los Evangelios fue cuando fueron a Jerusalén y Jesús tenía 12 años.

Menciona también un libro apócrifo llamado “Historia de José el carpintero”, redactado en Copto y con traducciones a tres idiomas (no incluyen el español), que «fue usado por una secta monofisita Copta que glorificaba a José».

No hay más.

Leí tus Nubes y encontré los datos esta noche en un oasis de mejoría, porque el malestar no me dio tregua hoy. Salud. JA”.

Por cierto, en sus Concatenaciones de esta semana el colega, amigo don Fernando Alberto Irala Burgos, de vasta experiencia periodística, nos habla, escribe sobre el año que terminó y lo que nos falta de sufrir.

Prolegómenos de Semana Santa.

A un año de distancia, el daño está en lo fundamental consumado, y al desastre de salud deberemos añadir las también terribles secuelas económicas que vivimos, y las que nos quedarán por al menos un lustro.

“Un año se cumple de que el nuevo Coronavirus invadió México y causó las primeras muertes; ahora, ya con la aplicación de las primeras vacunas en cantidades notoriamente insuficientes, y una aparente tendencia a la baja en contagios y defunciones, no sabemos sin, embargo cuándo terminará la pesadilla.

Entretanto, llegaremos en unos días a la terrible cifra acumulada de 200 mil decesos, que ya sabemos que no son todos, pues al subregistro oficial al final habrá que agregarle tal vez otras 100 mil muertes por Covid, más las ocurridas por otros males que ahora se desatienden por el colapso del sistema médico. Más lo que nos falta en los siguientes meses.

Aun yendo, bonito gerundio, las cosas bien, es decir a menos, es posible que el balance final de la tragedia nos arroje una cantidad cercana al medio millón de víctimas fatales.

Para la historia quedará el debate de si se pudo haber evitado o disminuido la inmensa pérdida de vidas y hasta qué punto.

Pero es evidente que la ignorancia y la irresponsabilidad se conjugaron de inicio en el tratamiento de la epidemia, y que a las torpezas de arranque se sumó la soberbia de no reconocer la necesidad de corregir el rumbo, o hacerlo demasiado tarde y demasiado mal.

Y reitera: a un año de distancia, el daño está en lo fundamental consumado, y al desastre de salud deberemos añadir las también terribles secuelas económicas que ya estamos viviendo, y las que nos quedarán por al menos un lustro.

Muchos negocios cerrados, ramas industriales enteras severamente afectadas, cientos de miles de puestos de trabajo perdidos, en una caída económica que las generaciones actuales no habían conocido.

Es el impacto derivado, por un lado de la gravedad de la enfermedad, y por el otro de la necedad supina de no instrumentar un programa serio, y no migajitas, de preservación de la planta productiva y el empleo. Así iniciamos el segundo año de esta era tétrica que nos tocó.

craveloygalindo@gmail.com