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A partir de los 65 y no de los 68 años los hombres y mujeres, para no decirles por respeto viejos y viejas, recibirán su pensión bimensual –tres mil pesos- que les brinda el Gobierno Federal.

Lo anunció ayer en la tierra de Juárez, el actual ocupante de Palacio Nacional.

Buena noticia. Gracias AMLO.

Siempre un ángel nos vigila, y nos bendice, regresé a México y el enojo de don Guillermo estaba aún latente. Mi mamá, Tere, no pudo hacer nada, no obstante su esfuerzo por atenuar. De modo que tuve que emigrar de nuevo.

Un amigo de San Pedro de los Pinos, Ildefonso Eguía Cortés, hijo de un funcionario de Pemex que pasaba el tiempo viajando por su encomienda me invitó a trabajar.

Poncho vivía con sus hermanos Fernando y Ricardo y su hermosa hermana Eva, asediada por muchos, pero el ganón, quien se hizo su novio, fue Javier Jiménez, “gasparín”, quien, en una ocasión, por defender sus derechos sufrió afrenta física de Eliseo Larios, rico tendero.

Hubo, en el pleito a trompadas sólo boca hinchada y ojo morado. Pero Eva siguió con Gasparín.

Ella después emigró a Aguascalientes, en donde contrajo nupcias con un rico agricultor, Rodrigo Villaseñor, a quien le dio siete hijos. Pero él, a cambió le fundó “El Paraíso”, rancho vitivinícola para, como dijo, su Eva.

Poncho Eguía, como dije antes, me invitó a trabajar en la Automotriz Morelos de la Ford Liz Motors, allá en Cuernavaca. Viví en el mismo departamento en donde también lo hacía Fernando, su hermano menor.

Fui yo, asistente, para no decir “gato” en la empresa, hasta que Ildefonso renunció y a petición de su padre, al que cariñosamente llamábamos a su espalda “Santanón”, se trasladó a Irapuato, Guanajuato. Y nos invitó a acompañarlo.

Se hizo cargo de una representación de la Canadá Dry y a mí, a mis 14 años, me hizo conducir un camión repartidor. Lo que hice varios meses, hasta que, en Salamanca, al pasar las vías, frente a la planta de Clemente Jaques, perdí el control y la unidad, llena de refrescos se recargó contra un furgón estacionado.

Pudimos rescatar todo, sin pérdida, pero yo sí, mi chamba.

Afortunadamente Poncho y Fernando, ya casados,  hubieron de trasladarse, Poncho a Aguascalientes y Fernando al Distrito Federal en donde se ganó la vida como locutor radiofónico. Y vuelto a casarse varias veces.

Yo emigré a la ciudad hidrocálida. Viví en Vázquez del Mercado 90, con los Eguía, don Ildefonso y Margarita, su esposa y Ricardo, el menor de los hijos.

Allí, siguieron con el negocio de los refrescos.

Me tocó un trabajo pesado para mi edad; descargar cajas con refrescos del ferrocarril. Así lo hice hasta que en 1976 don Guillermo, mi padre, se apiadó de mí y me envió un telegrama, que aún conservo: decía: “Tengo conseguido trabajo con sueldo de 10 pesos diarios. Es Excélsior. Regrésate, de inmediato. Ya te perdoné”. Tardé acaso dos días en informarles a los Eguía; recoger mis pocas prendas, tomar un autobús y llegar a México.

Pasaron tres años desde que salí de la capital.

Miguel Alemán Valdez, era el primer presidente civil de carrera, que aplicaba el gasto federal para realizar obras en todo el país. Era la época en que se comía con poco dinero, que se abrían calles.

Pero que también se frenaba a la Prensa. Nadie, en los diarios podía externar opiniones adversas, so pena de sufrir las consecuencias, como aquella revista que publicó en la primera página una enorme foto del yerno del jefe del Ejecutivo, esposo de su hija Beatriz, observando, buen gerundio, sin discreción, las pompis de una bella bailarina. El editor hubo de salir del país. Y cerró la publicación.

Era cuando los epigramistas guardaban sus ensayos en su escritorio; nadie se los publicaba porque, por ejemplo, cuando don Luis Vega y Monroy, de la entonces Cadena García Valseca, se atrevió a señalar una visita del secretario de Hacienda a un lupanar. Así ocurrió. Al principio lo menciono. Vale la pena repetirlo:

“Fue a conocido lugar un Fiscal de mucha cuenta a fin de calificar  lo que se debía de pagar de impuesto sobre la renta.

Y le dijo una beldad: allí en sus datos concentre que al Fisco, por equidad le daremos la mitad de todo lo que nos entre.”

No se le publicó. Punto; como otras muchas, del mismo tenor, de mucha gente de prosapia periodística como Francisco Liguori, Manuel Campos Díaz y Sánchez, Federico Hernández, chiapaneco, entre otros, que éste con gran flema y vena irónica, escribió en un momento de tristeza, tampoco publicado entonces:  

“Eneas, mi perro querido murió, y aunque no lo creas, tanto, tanto lo he sentido, que aún bien dormido sueño que me lame Eneas…

craveloygalindo@gmail.com