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En las nubes..

Hoy que salió a relucir el Castillo de la Pureza, alguien en la Suprema Corte tuvo la ocurrencia, al ver que el edificio de Pino Suárez tenía una grieta y albañiles la componían, de hacer el siguiente comentario.

“Por descuido o por malicia esta casa se desquicia. Pero, ¿a quién cabe en su sano juicio hacer tan grande edificio para tan poca justicia?…

Benditos sean aquellos que aún me alientan

No sé si setenta y ocho años sean muchos o pocos.

Seguramente felices según se vean. Pocos para quien ha vivido alegre la vida. Con tropiezos y estímulos. Más los primeros, que los segundos. Pero aquellos hicieron grandes a los segundos. Quienes ven la vida con optimismo. Quienes le piden a Dios, pero trabajan. No los que prenden velas y se sientan a esperar el milagro. Ese, ya no existe. Siempre el Ser Supremo ha ayudado a quien se ayuda. Mucho a unos, menos a otros, pero siempre a todos los que se esfuerzan.

Por qué expreso esto. Sencillo.

Hablo de mí. Tengo, sí 78 años. Sesenta y uno en la profesión periodística, 54 de feliz matrimonio con Bety, la madre de mis cuatro hijos, y abuelos de 10 nietos, bisabuelos de dos. He trabajado desde que tenía 13 años. Cursé en el Cristóbal Colón, en Sadi Carnot 26, mi primaria. Y luego, en la Academia Militar México, así se le llamaba, dos más, de la que salí para ingresar en una herrería, del maestro Pacheco, en la Colonia de los Doctores, como castigo por mi bajo rendimiento en la escuela.

Aprendí a valorar el esfuerzo, cuando la primera semana recibí dos pesos, como pago por golpear fierro y pintar barrotes. No olvido que estaba muerto de cansancio, pero feliz de cumplir. Mi madre, María Teresa, como todas las madres, se apiadaba de mí, pero no convencía a mi padre Guillermo, de terminar mi castigo. A ambos les agradezco sus decisiones. A ella, insisto como todas las madres del mundo, por defenderme, ayudarme y darme más cariño que a mis hermanos que aún iban a la escuela.

Debo referir que mi padre Guillermo y mi santa madre María Teresa, que cumplieron setenta años de casados, tuvieron diecinueve hijos. De ellos, vivimos juntos doce. Hoy sólo somos diez. Falta Rebeca y Nacho.

Reflexiono y me pongo a pensar que sólo con trabajo, mucho trabajo, don Guillermo pudo proporcionar casa, vestido, sustento y educación a esa prole. Un solo dato extra. En la mesa, por la noche, se ponía un canasto con pan dulce y bolillos, para todos. Y botellas de concentrado café, para dar sabor y color a la leche que consumíamos.

Pero siempre, hubo alimento, pero más el espiritual por disciplina de mi madre. De allí nació nuestra fe, que nunca ha faltado. Mi mamá, como dicen ahora, era ama de casa y la ayudaba su madre Nacha.

Mi padre, don Guillermo, recuerdo, fue secretario particular de don Agustín Legorreta, en el Banco Nacional de México, allá en Venustiano Carranza e Isabel La Católica. Fue más adelante Gerente en varias sucursales del banco.

Se retiró en 1943 y fundó la Encuadernación Colón, en San Pedro de los Pinos, luego de que para ello vendiera su casa de la Colonia Del Valle, Cerrada San Borja 49, en 28 mil pesos. En esta, se estilaba, nacimos Tete, Guillermo, Rebeca, yo, Héctor, Ernesto, Lupe y Gustavo.

En San Pedro de los Pinos, Eduardo, Nacho y Mauricio. Y en la Guadalupe Insurgentes, Marinita. Los otros siete nacieron y murieron durante la Revolución. Eso me dijeron. ¿Serían insurrectos o rebeldes?

No olvido que durante una comida del Club Primera Plana, al escuchar que un invitado tenía trece hijos, y para hacerle una pregunta sobre su trabajo, referí una anécdota que un querido compadre, el ya extinto contador Pedro García Coronado, originó, al conocer a mi papá: “Don Guillermo, le dijo: al conocer a su familia ya sabemos en qué trabaja de noche. Díganos en qué labora de día…

 “Mi padre, que disfrutaba del humor y la ironía, sonrió y le dijo, “hoy, solamente leo…”

Tengo presente, porque ví en TV el desfile del 16 de septiembre, cuando yo también desfilé con la Academia Militar México, uniforme y fusil. Fueron las cuatro primeras horas, de sufrimiento. Y las siguientes dos, de gloria.

Me explico. A las 7 de la mañana del 16 de septiembre de 1943, salimos de Parque Lira 170, Tacubaya, en camiones de La Academia al punto de reunión para integrarnos a las 11 a la marcha. Nos tocó, no olvido, la calle de Aldaco. Tres horas en posición de descanso, con fusil de siete kilos. No aguanté, caí de bruces.

Tenía, recuerdo, 13 años. Me recuperé totalmente media hora antes de comenzar el desfile. Y “mi” cabo ordenó: “cadete Ravelo, regrese al autobús…”

Claro que no le hice caso. A fuerza tenía que desfilar, demostrar a mis padres que su esfuerzo por comprarme el uniforme de gala, las botas, y la gorra de lujo, no había sido en balde. Mi fusil lo llevaba Rojano, un compañero que llegó tarde. Me junté a él y musité: “me pongo al final de la columna, como reemplazo. Me avisas si te sientes mal…” y así comenzamos.

En Pino Suárez, antes de llegar a Palacio, en donde el general Manuel Ávila Camacho contemplaba al contingente, Rojano, pidió ayuda para amarrarse un zapato. Tomé el rifle. Me integré al cuerpo de cadetes. Y cuando Rojano me pidió el fusil, le espeté, “nada más pasamos por Catedral y te lo doy…” Y no obstante su iracundia, tuvo que aguantarse.

Orondo, fresco y gallardo pasé, con fusil al hombro, frente a mis padres que, afuera del edificio de la calle de Pino Suárez, estaban en espera mía.

Fue apoteósico el recibimiento en mi casa de Avenida Primero de mayo 202, San Pedro de los Pinos. Pero hasta hoy platico la anécdota, porque acabo de ver en el periódico lo que aconteció a dos oficiales mujeres en la entrega de reconocimientos en Campo Marte.

Me acordé, de inmediato, lo que me pasó. Y el arresto que al día siguiente me aplicó el “sargento” Briones, por haberme desmayado antes del desfile y haber desfilado sin fusil al hombro.

Allí estuve, arrestado en la guardia que un coronel Aniceto atendía. Fueron dos noches y tres días. Pero mi comportamiento, lejos de ayudarme, originó que me obligaran a desertar ante la aflicción de mis padres.

Meses después entré a trabajar en el Banco General de Capitalización de San Juan de Letrán 11. Tenía, repito, 13 años. Allí conocí a gente muy bonita, sobre todo muchachas –puedo hablar de María Eugenia Montes de Oca, Luz María Martín del Campo, su hermanita; Ticha Barba, Laura Huidobro- pero también compañeros como Francisco Aspe, Mario Magallón, Román Paz, Luis Díaz González, luego mi compadre, por su hijo Pepe.

Allí duré poco tiempo, pues el gerente don Julio Novoa no aceptó que yo viera más de lo debido a su secretaria Luz María, y ni tardo ni perezoso, le pidió al cajero don Jesús Mutio que me liquidara. Recibí 450 pesos, con lo que compré mi primera bicicleta y fui a rodar por todo el Distrito Federal, hasta que, por desgracia una automovilista mujer, acabó con mi entusiasmo. Aclaro, rompió mi bicicleta. Con lo otro nunca.

Ante mi desocupación mi amigo Román Paz, terratenientes sus padres en San Juan del Río, me invitó a pasar allá unos días. Juntos nos trasladamos en ferrocarril. Casi seis horas. Salimos de Buenavista a las 6 horas y llegamos a las 12. Me alojó en una casita de la principal calle de la población, (junto a la casa del periodista Joaquín Villasana y Alonso) en donde, en cama con sábanas de lino dormí. Algo, para mí, inusual. Aprendí, como lo sigo haciendo hoy, que siempre hay algo nuevo y de lujo.

craveloygalindo@gmail.com