La octava plaga, de Bernardo Esquinca

La Asesina de los Moteles

(Fragmento)

Era su primer muerto. El hombre yacía desnudo en la cama, con las manos amarradas a los barrotes de la cabecera y un tajo en la garganta que casi le había desprendido la cabeza del cuerpo.

Esta giraba ciento ochenta grados hacia la izquierda, en una postura imposible que a Casasola le hizo pensar en ciertas esculturas prehispánicas. El reportero permanecía en una esquina de la habitación, en la que se había refugiado para observar los movimientos de sus colegas con más experiencia. Tenía miedo de estropear la escena del crimen, de borrar una huella o patear una colilla de cigarro. ¿No ocurría así en las películas? Se fijó en los peritos forenses, que extraían toda clase de evidencias del cadáver, con la monotonía de quien limpia el piso después de una noche de juerga. Presionó la pluma sobre su libreta, como si quisiera forzar la tinta a que plasmara las primeras anotaciones. ¿Es importante decir que uno de los peritos es calvo y utiliza uno de esos ridículos peinados tipo queso Oaxaca?, pensó. Le pareció que sí. Sobre todo porque en ese momento el calvo estaba inclinado sobre la verga del muerto, re-cogiendo quién sabe qué clase de mierda en dos tubitos transparentes. Se imaginó a sí mismo en la situación del cadáver y sintió escalofríos. Tieso, encuerado y manoseado por un viejo repugnante. Se dio cuenta de que estaba evadiendo lo importante: hacer una nota sobre el crimen. Reflexionaba en aquellas cosas cuando se le acercó Verduzco, un reportero alto y gordo que trabajaba en un tabloide sensacionalista. Como si adivinara sus pensamientos, le dijo: —Semen mucosa vaginal —sus mandíbulas mascaban furiosamente un chicle—. No hay duda: fue un crimen sexual.

En un acto reflejo, Casasola apuntó la frase crimen sexual en su libreta e inmediatamente se arrepintió. Pero la atención de Verduzco estaba en otra parte. Le dio un codazo en las costillas, señaló con la cabeza al calvo, y le murmuró al oído:

—¿Qué tal el peinadito?

Carajo, pensó Casasola mientras se rascaba la barba tupida. En verdad el gordo parecía leerle la mente.—Sí, como de q...

Verduzco lo interrumpió:

—Como de muñeca de basurero.

Minutos después, mientras fumaban un cigarro en el estacionamiento del motel, Casasola comenzó a sentirse un poco más aliviado, como si estuviera iniciando curso en la escuela y hubiera encontrado a su primer cómplice.

—No te había visto. Eres novato, ¿no? —Verduzco dio una calada al cigarro y después continuó mascando su chicle. Por lo visto le gustaba la mezcla con el tabaco.

—Para nada— Casasola se pasó una mano por la barba, en un intento por parecer más serio—. Llevo quince años trabajando, pero cubría otra fuente.

—¿En serio? ¿Cuántos años tienes?

Treinta y siete.

Te llevo unos añitos. ¿Y qué fuente cubrías?

—Cultura.

—Uta... —Verduzco escupió su chicle, sacó uno nuevo de la bolsa de su chamarra de mezclilla y se lo metió a la boca, sin ofrecerle a su interlocutor—. Con razón tienes manos de metrosexual. Aquí te las estropearás un poco.

—¿Qué problema tienes contra las secciones de cultura? Son las que enriquecen los periódicos.

—Mamadas. En la nota roja está la esencia de la buena escritura: se necesitan entrañas pero también tener los huevos bien puestos.

—No creo. No me gusta esto, antes me dedicaba a cosas más sublimes.

—¿Artistas y escritores? No me chingues. Prefiero tratar con muertos. ¿Y cómo fue que viniste a parar acá?

—Es una larga historia...

—Luego me la cuentas con unas chelas. Ahora vámonos a escribir. Pero antes déjame darte un tip.

Verduzco hizo una pausa y se quedó mirando hacia el motel, mientras el fuego consumía la colilla de su cigarro. A Casasola le pareció que se estaba haciendo el interesante. Decidió apurarlo:

—Venga.

—Es el segundo crimen de este tipo en una sema-na. De seguro habrá más. Clávate en este caso, aquí hay una buena historia.

Se despidieron. Casasola anotó en su libreta las palabras asesino serial debajo de crimen sexual, las únicas dos frases que había escrito en toda la jornada. Guardó la libreta en la bolsa interior de su chamarra de cuero negro y se dirigió a la estación más cercana del metro.

Por la noche, en su departamento, Casasola destapó una cerveza, se tumbó en la cama y encendió el televisor. Tenía sintonizado el Canal Cultural. Pasaban una mesa redonda con jóvenes escritores. Hablaban sobre “el arte de la novela”. Los conocía a todos. Uno de ellos ni siquiera había publicado un libro. Intentó poner atención, pero no pudo concentrarse. En su cabeza tenía la imagen del muerto del motel. La brutal herida en su garganta, sangre que empapaba las sábanas revueltas, su extraña postura de... Chac Mool. Durante la tarde llegó un boletín de la policía a la redacción del periódico refiriendo el caso, pero el cadáver aún no había sido identificado. Necesitaba ponerle un nombre, era su primer muerto, así que decidió llamarlo Chac Mool. Le gustó. Dio un trago a su cerveza y brindó por él. Curiosamente, en ese momento comenzó a llover. Volvió a poner atención a la pantalla. Los jóvenes escritores ahora conversaban sobre “el futuro de la novela”. Carajo, pensó, ellos mismos no tienen futuro en el mundo de las letras. Torció la boca en una media sonrisa: sentía que se estaba amargando. ¿O había sido la conversación a mediodía con Verduzco lo que lo puso en ese estado de ánimo? No debía dejarse influenciar por un simple reportero de nota roja: él era un periodista. Lo cierto era que, desde que cerraron la sección de cultura en el periódico, una semana atrás, su vida cambió por completo. Rivas-Souza, el jefe de redacción, se apiadó de él, ofreciéndole un lugar en las páginas policiales y salvándolo del desempleo, pero ahora creía que había vendido su alma al peor postor. No tenía ninguna experiencia al respecto y tampoco le interesaba. Se sentía degradado. Putos recortes, pensó. Siempre pasaba lo mismo: cuando había crisis en los medios impresos, lo primero que se eliminaba eran las secciones de cultura.

En el televisor, los jóvenes seguían dando cátedra: “La novela es el arte sacrificial por excelencia. Yo escribo en una máquina antigua y me sangran las manos cuando termino”.

—No mamen. Por culpa de gente como ustedes a nadie le importa la cultura ni leer —se sorprendió diciendo en voz alta. Apagó el televisor y se acabó la cerveza de un trago—. A la mierda con todos ustedes. Tal vez Verduzeo tenga razón.

Cerró los ojos e intentó dormir. En la oscuridad lo aguardaba el Chac Mool, con su sonrisa tatuada en la garganta.

AGENCIAS, CANDELERO, 04-03-18.