Obra negra, de Gilma Luque

Decido partir un día lluvioso: el cielo es un pálido animal que ruge; la carretera y el agua que el parabrisas del autobús remueve son mi porvenir. Los tres cuadros de mi infancia, que llevo como una suerte de amuleto, y una pequeña maleta son mi equipaje. Miro el paisaje pasar veloz a través de la ventana, donde las gotas de la lluvia se alargan y desaparecen. El pasado se queda atrás junto con los montes y los árboles, con mi madre enferma y una casa grande llena de búhos.

Desde que era una niña comenzó la construcción del segundo piso de mi casa. Antes de los primeros albañiles estaban los planes de papá, sus sueños nos invadían, el amor por los espacios. Cada fin de semana era la misma historia: subir al auto, comer una manzana roja —porque las amarillas me dan dolor de cabeza—, sentir el sol en el rostro hasta que aparecían una a una las casas en venta, las cuales recorríamos mis padres, mi hermano y yo emocionados por el olor a pintura fresca y a cemento. Nos deteníamos frente a los clósets amplios e imaginábamos nuestra ropa adentro. Subíamos las escaleras que llevaban a más pisos, invadidos por la luz que entraba por los ventanales sin cortinas, todavía con rastros de cinta adhesiva en los contornos del vidrio; y desde ahí paisajes verdes y pájaros que no podía ver sino escuchar. La fantasía repetida una y otra vez de un nuevo hogar. Nunca nos mudamos. Teníamos una casa que tendría un tercer piso, además de varías terrazas; los techos serían tan altos que en mi habitación habría un tapanco.

La casa de mi infancia estuvo en obra negra durante años, como muchas casas de la Unidad Santa Fe. Unos ladrillos en la azotea ya eran razón de dicha: una promesa. Mi casa creció con la lentitud del tiempo. Ahora que tengo veinte años y el desencanto como una última capa de piel, la casa se inaugura. Es un decir, no habrá fiesta ni nada semejante. Mi familia no está para festejos. Mamá ha regresado de unas vacaciones con su hermana menor en Chihuahua, un mes bastó para transformarla, no puedo darle un nombre a ese animal que además de arrastrar los pies comienza a remolcar las palabras. Mi madre ha vuelto con un nuevo brote de enfermedad que le impide usar su nueva y muy grande habitación en el segundo piso. Mi padre no llega a casa más que algunas noches y mi hermano prefiere ser una sombra. Yo preparo una maleta. Nunca habitaremos el sueño de papá, ya es tarde para eso. Nos hemos convertido en otra familia o quizá ya sólo existimos como individuos que alguna vez coincidieron.

Duermo en mi cuarto nuevo sólo dos noches. El olora pintura fresca, el clóset amplio y el tapanco están ahí, incluso el sonido de los pájaros. Entro al clóset que huele a madera recién barnizada. No habrá ropa en los ganchos que simulen un árbol en pleno invierno. No deseo esconderme de nadie ni salir gritando que me salvo a mí y a todos mis amigos, como cuando era niña y jugaba escondidillas e imaginaba una casa con un sinfín de escondites. Ahora sólo pienso en huir. Necesito que todo se quede atrás con los montes y los árboles que aparecen mientras el autobús anda. Los árboles llenos de aves me despiden, eso me gusta pensar: no son ramas, son búhos. Los búhos que mamá colecciona. Lo único que habitará la casa y terminará devorándolo todo: a mamá, a papá, a mi hermano y mis perros.

Es el primer martes de agosto. El cielo ya tomó una forma clara: es un elefante gris que se desmorona. El parabrisas abre la noche. Le pido al chofer que me deje fumar en la cabina. Él accede y también fuma, habla de su familia. La gente habla de lo que ama, yo guardo silencio. Llego a mi destino: una ciudad que contiene todas las noches y sin embargo brilla, todavía llueve. Viviré con Angélica como lo hemos deseado desde niñas; viviré con Angélica que también huye, como si existiera una edad exacta para irse.

Su padre acaba de morir; ella y sus hermanos contrataron una ambulancia para llevarlo desde la Ciudad de México hasta un pueblo de Oaxaca cuando en el hospital les dijeron que ya no había nada qué hacer. Hemos encontrado en las ventanas de sendas casas –separadas por la de mi abuela– una suerte de túnel por el cual lasnoticias importantes viajan sólo siendo necesarios unos cuantos pasos y un golpe al vidrio: “Mi papá se va a morir”. Imaginé a mi amiga con sus ojos verdes puestos sobre la carretera recta y larga, en los montes desérticos donde esporádicamente aparece un árbol rojo en medio de cactus y más tierra; con el sonido de la ambulancia y las ganas de no llegar nunca, pero llegar antes de que su padre fallezca.

Ya rentamos un departamento que no hemos visto, fue en unas vacaciones que hicimos a esa ciudad unas semanas antes en las que decidimos dejarlo todo; las llaves nos las entregará el casero por la mañana, razón por la noche la pasamos en el hotel Posada Santa Fe: un edificio viejo y descuidado sobre Avenida de la Paz; sobre la fachada azul dice su nombre con una tipografía que me parece antigua; en uno de sus balcones hay una bruja de tamaño humano que pretende ser un adorno y no deja de ser siniestra. El lugar es muy oscuro, la recepción está iluminada de manera indirecta por una lámpara sin pantalla.

Nos dan un cuarto, al cual se llega subiendo unas escaleras lúgubres. Nuestra habitación es fría y sin ventanas al exterior, huele a humedad. Nos parece un lugar hermoso. Nos abrazamos, y es que en esa habitación con una cama matrimonial existe un solo tiempo, el del abismo, es decir: tenemos todo que perder y lo ignoramos. La alegría de Angélica por dejar atrás a su padre muerto y la mía por dejar a mi madre enferma nos rebasa.

AGENCIAS, CANDELERO, 11-12-17.