Rodin revive en el centenario de su muerte

El invierno de 1917 fue de los peores que se recuerdan. El frío rozaba lo insoportable. En lo más crudo de la Primera Guerra Mundial, el carbón y la leña no abundaban. En Meudon, pueblo pegado a la frontera oeste de París, una pareja de ancianos fallecía a pocos meses de intervalo.

La primera en caer fue Rose Beuret, la sufrida esposa del mayor escultor de su tiempo. Nueve meses después, un 17 de noviembre de 1917, Auguste Rodin también sucumbía.

El artista francés llevaba meses agonizando en el palacete dieciochesco en el que llevaba diez años retirado, reconvertido hoy en el segundo museo dedicado a su memoria en Francia, tras el que existe en el centro de París.

Sobre un montículo y a dos metros bajo tierra, el féretro de Rodin reposa hoy en el vasto jardín de esta propiedad de tres hectáreas, bajo una reproducción de El pensador con vistas sobre París.

En los dos edificios contiguos se pueden descubrir los yesos que Rodin acumuló en los años previos a su muerte.

Decenas de visitantes, entre los que había políticos, historiadores del arte, fanáticos de su obra y lugareños anónimos, se han concentrado este viernes frente a su tumba para conmemorar este primer siglo sin Rodin. Todos han parecido coincidir en que su relevancia nunca ha sido mayor.

Ya sea a favor o en contra, todo escultor contemporáneo debe decidir cómo quiere posicionarse respecto a su obra cuando se pone a crear.

Rosas rojas flotan en el estanque del Museo Rodin, en Filadelfia, en la ceremonia del centenario luctuoso del escultro francés.

La ceremonia ha supuesto el final de las celebraciones del centenario en Francia, marcado por numerosas exposiciones que, a lo largo de todo el año, han aportado nuevos ángulos de lectura respecto a su obra.

La mayor de todas ellas tuvo lugar hasta el verano en el Grand Palais de París. Cruce de monográfica y ejercicio comparativo, la muestra pasaba revista a sus hallazgos formales y reflejaba su influencia en los artistas de generaciones posteriores, desde Picasso, Giacometti, Brancusi o Henry Moore hasta nombres más recientes como Tracey Emin, Annette Messager, Rachel Whiteread o Thomas Houseago.

En la entrada, la escultura original de El pensador competía con un doble de madera que firmó Georg Baselitz en 2009.

Algo más allá, semidesconocidas obras de Willem de Kooning parecían la extensión lógica del proceso de deformación del cuerpo humano que inició Rodin. Una cita del británico Antony Gormley daba fe de su poder en la escultura contemporánea: “Rodin sigue siendo un árbol monumental de sombra muy alargada.

Es difícil encontrar un fragmento del mundo que no esté conectado con ese árbol o con su sombra”.

NOTIMEX, CANDELERO, 18-11-17.