Tatas y Nanitas…. Ancianos prehispánicos

Por: Rosa María Campos

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(Vencedores del tiempo)

Antes de la conquista, los ancianos no eran carga para la sociedad prehispánica. Por el contrario; tatas y nanitas organizaban  matrimonios, fiestas y ceremonias  religiosas. Ellos  eran los consejeros naturales del pueblo, custodios del conocimiento, recipientes  donde se depositaba la historia, tradiciones, costumbres de nuestra cultura.

Nuestros padres antiguos  eran los   responsables de transmitir, de boca a oreja, cuidadosa y selectivamente, leyendas, ritos, cantos, poesía, la búsqueda de la visión, los secretos mágicos para la sanación y la enseñanza de sus dones y conocimientos.

Antes de la conquista, los soldados viejos diseñaban  la estrategia  de las guerras  o  eran comisionados como  mediadores  para evitar los combates. Las ancianas, a su vez,   herbolarias y buenas cocineras, siempre estaban  dispuestas a resolver cualquier problema. En  general  eran  parteras  y curanderas de la localidad; ellas sanaban  con la ayuda de sus yerbas los  empachos, la caída de mollera, el mal de ojo, entre otros males. 

Enseñaban a sus nietas y bisnietas a cuidar de los recién nacidos y despachaban a los muertos con rezos y cantos; pero primero los bañaban, vestían y acicalaban, para  continuar con rezos  y cantos de este mundo.

Los ancianos prehispánicos vivían dentro de la ley de la naturaleza enseñando y aprendiendo; jamás chocheaban antes de  morir. Tampoco se les veía decrépitos, por el contrario  morían en plenitud de sus facultades,  respetados y queridos por todos.

Tatas y Nanitas sabían que el día de  hoy  es lo único que nos pertenece, que el tiempo es un presente sagrado, como lo entiende y vive la abuela Margarita, de quién rescato fragmentos de una entrevista que recorrió el mundo.

HABLA LA ABUELA MARGARITA.

“_Tengo 80 años. Soy viuda y  vivo en la montaña. Mi familia son  dos hijas y dos nietos de mis hijas, pero tengo miles más de hijos y nietos con los que he podido aprender el amor sin apego.

Me educó mi  bisabuela, curandera y milagrera. Practicaba  y conocía  los círculos de danza del sol, de la tierra, de la luna, y la búsqueda de la visión. Pertenecía  a  un  consejo de ancianos indígenas y se dedicaba a sembrar salud y conocimiento a cambio de la alegría que le producía hacerlo, para después  sustraerse   a seguir cultivando la tierra.

Yo, como ella, acostumbro gritarle a la tierra el nombre de los recién nacidos para que nuestra madre reconozca y proteja su fruto. Mis rituales  son explosiones de energía que hace bien a quien los presencia; y cuando  miro  los ojos de quienes me visitan le digo que somos sagrados y  algo profundo se agita, en ellos.

Mi bisabuela era una chichimeca  prodigiosa, una curandera, mágica, milagrosa. Me crie con ella hasta los 14 años. Aprendí mucho de ella como que: el poder del cosmos, de la tierra y del gran espíritu, está ahí para todos.

Yo me acepto como  una anciana  poderosa  que  usa  el poder del gran espíritu en el momento que lo necesito. Cuando  se entiende  quién  es  uno, nuestros  pensamientos se hacen realidad.

Yo, cuando necesito algo, me lo pido a mí misma, y funciona.

Nuestros  antepasados nos dejaron a los abuelos la custodia del conocimiento, para que llegado el día lo compartiéramos  en círculos abiertos. Creo que ese tiempo ha llegado”.