La virtud de la paciencia

Por: Rosa Chávez Cárdenas

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Vale la pena cultivar el poder de la paciencia; esa habilidad de mantenerse tranquilo frente a la decepción, la injusticia, la angustia, el sufrimiento y la inseguridad.

El contexto social en el que estamos inmersos favorece el estado de insatisfacción, nos mantiene anclados en la inmediatez, no distinguimos si es nuestra impaciencia lo que nos genera ansiedad o las circunstancias que nos rodean lo que nos vuelve menos tolerantes a la espera.

“Impaciencia constante, ansiedad resultante”. Vivimos en incertidumbre, todos los días nos enteramos de noticias que nos causan ansiedad, escuchamos que los asaltaron en él banco, que les robaron el auto, que entraron a su casa y les robaron sus bienes, que los narcos se pelean por el negocio y matan inocentes; nos compadecemos de las familias que viven en depresión por sus seres desaparecidos, y nos sorprende la compulsión a repetir en el vecino del norte, los que entran a una escuela, a un bar y mataron a varios inocentes.

También nos sorprenden los miles de migrantes que caminan de un lado a otro y parece que no saben ni que quieren. Estamos saturados de noticias unas falsas y otras verdaderas, y con las redes sociales nos enteramos en tiempo real.

Los efectos de tanto estrés y las señales de peligro las percibimos con síntomas. Tenemos como un radar en el intestino que capta el temor y el peligro y responde con gastritis y colitis. En las grandes ciudades el tráfico de vehículos cada vez está más complicado, y no podemos calcular el tiempo para llegar a nuestras actividades. Desplazarnos se convierte en una de las mayores fuentes de estrés. Además tantos cambios en el gobierno entrante que nos tiene en la cuerda floja y hasta se escucha por todos lados que habrá devaluación, más de la que ya estamos sufriendo.

Las personas impacientes, las que pierden fácilmente la calma, nos contagian su mal humor, avientan la papa caliente y se quema el que la toma. En cambio, las personas con conductas prosociales son empáticas, generosas, pacientes, compasivas, se adaptan al ambiente que los rodea, modifican lo que pueden y dejan de lado lo que no está en sus manos. Aprendieron la lección de la sabiduría popular: “O te aclimatas o te aclichingas”.

La psicología positiva identificó las maneras de expresar la paciencia, la interpersonal, conservan la calma al enfrentarse a un estímulo. Aprenden a controlar sus impulsos; cuando se le presentan dificultades a base de practicar ven el lado positivo de las cosas, reaccionan con paciencia y tolerancia.

Por el contrario, el que siempre se reprime, en el estado emocional de “no pasa nada” presentan trastornos físicos: dolores musculares, digestivos, migraña, alergias y taquicardia.

La impaciencia es un rasgo de personalidad, la persona impaciente pierde el control, es impulsiva, violenta, culpa a los demás de sus errores y no aprende de ellos, actúan de manera primitiva con el cerebro reptiliano.

Es un hecho, no podemos modificar el ambiente que nos rodea, lo que si podemos es cambiar nuestra manera de proceder, tomar con paciencia y responsabilidad las tareas que nos tocan, alimentarnos de manera saludable, dormir ocho horas. El sueño es reparador, no una pérdida de tiempo como muchos lo quieren ver. Hay que aprender técnicas de relajación, destinar tiempo a una actividad que les agrade disfrutar la intimidad con la pareja y no atraparse en adicciones y compulsiones.

La paciencia es un mecanismo idóneo para controlar los cerebros acelerados de hoy en día. La gente piensa que la paciencia es la capacidad de esperar y no es así. La paciencia es la manera de comportarse mientras esperan. No se les olvide, hay un límite en que la paciencia deja de ser una virtud.