La Obsesión

Por: Rosa Chávez Cárdenas

La sociedad moderna la de la comunicación y el conocimiento, se obsesiona por el control, de todo y de todos y de tanto obsesionarse, afecta la espontaneidad de las personas que se someten, al grado de sentirse despojadas de su energía vital.

Obsesionados por el control, el cuidador no deja crecer, maneja los asuntos con el poder: “¡por qué lo mandó yo!”, se esfuerza en ocultar sus debilidades, como la carencia de autoridad y seguridad en el mismo.

El controlador, padece el “síndrome del caracol” se esconde dentro de su propia concha y se olvida de sí mismo. El resultado es un proceso de deshumanización y embrutecimiento de sus relaciones, en la inseguridad, desconfía de todo y de todos, puedes ser muy exitoso en la economía, pero, oculta sus sentimientos dentro del caparazón.

El cuidado es un principio que acompaña al ser humano. Somos el animal que más atención necesita en la primera etapa de la vida. Posteriormente, dependiendo de la educación, puede continuar atrapado en la dependencia. Dijo Erick Fromm que “uno de los mayores temores del ser humano es el miedo a la libertad”, ¡que paradoja!...hablamos de libertad como un valor, pero la cultura contribuye a temerle. Tenemos miedo de tomar decisiones y hasta de pensar.

La carencia de cuidados amorosos o el exceso de ellos limita para dejar el nido. Para abrir las alas es importante cultivar la autoestima, estar conscientes de la intuición, es la herencia sabía, la fuerza vital, comparte los archivos del inconsciente colectivo y la sensopercepción, las señales que experimenta la persona a partir de estímulos que recibe mediante los sentidos: gusto, tacto, olfato, la audición y la vista; el aquí y el ahora, estar conscientes del placer de vivir, del placer de alimentarnos, hasta de las relaciones íntimas y sociales.

Ahora, revisemos el opuesto, el exceso de cuidado, la vanidad, el narcisismo, de la obsesión por ser el centro de atención. Otros sujetos se vuelven tan perfeccionistas que se inmovilizan, regularmente algo sale mal, llegan tarde, se ponen nerviosos a la hora del examen, hasta se les olvidan de los conocimientos del tema al que tanto le dedicaron.

Es tanta la obsesión por el orden y la perfección que nunca están satisfechos del resultado. En el otro grupo nos encontramos con el descuido, los displicentes, los perezosos, parece que se la pasan muy bien, su vida es como las tortugas caminan con su caparazón. En esencia aparentan que nada los preocupa, llama la atención que les va bien, regularmente tienen buenos negocios, sin darle tantas vueltas corren el riesgo, si les va mal, vuelven a levantarse. “Ni muy muy ni tan tan”, dice la sabiduría popular, los extremos no son buenos. En el otro grupo encontramos a los descuidados, los que perdieron el centro, no ponen empeño en lo que hacen, todo parece mal hecho, abandonado, perdieron la batalla, en ese grupo están los deprimidos, los que de tanto luchar están derrotados, sufrieron una pérdida de la que no han podido levantarse, traumas de la infancia que se conectan con el presente. Reflexionemos el cuidado surge cuando se encuentra el punto óptimo, el ideal del crecimiento: ni con el exceso, ni con la carencia. Pensemos en el planeta, la crisis que afecta a la humanidad se revela en el descuido a la naturaleza, el egoísmo de no pensar en colectivo, todo en esencia tiene que ser cuidado y no desechado. Nos queda muy poco tiempo para revertir el cambio climático, enfoquémonos en el cuidado.

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