Una losa más en la Administración Peñista

Por: Ricardo Monreal Avila

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La administración peñista ha estado marcada desde su inicio por grandes desaciertos en todas las materias posibles; todo lo que podía hacer mal, lo ha hecho, y no ha habido descanso para los desatinos y las carencias en materia de teoría y práctica políticas.

A inicio del presente sexenio, la cúpula de los tres partidos políticos con mayor representación en el Congreso de la Unión (PRI, PAN, PRD) se aventuró a firmar con el titular del Ejecutivo federal un acuerdo para impulsar dentro de ambas cámaras una serie de iniciativas que eran de suma importancia para el proyecto peñanietista de nación: las llamadas “reformas estructurales”.

Las consecuencias de cada una de ellas no se hicieron esperar, y para cuando Peña abandone Los Pinos habrá dejado un país con niveles inflacionarios muy preocupantes; un tipo de cambio que no deja de ceder a las fuerzas de la depreciación; aumentos constantes en los precios de los energéticos y los combustibles, y un incremento de la deuda pública interna y externa que nos recuerda los registros históricos más aciagos en la materia.

Por si fuera poco, la violencia e inseguridad que vive México parece no tener límites, y la política internacional de Peña ha sido un rotundo fracaso. A inicios del año pasado, el Ejecutivo federal tuvo la idea de poner al frente de la Secretaría de Relaciones Exteriores a quien en su momento reconoció públicamente que desconocía el trabajo que ahí se llevaba a cabo, pero que iba a “aprender”.

Designación no fue casualidad: en 2016, en pleno proceso electoral estadounidense, se tomó la decisión de abrirle las puertas de Los Pinos a Donald Trump, el entonces candidato republicano, quien había manifestado una latente hostilidad hacia México en su discurso de campaña y en el que llamó delincuentes, violadores y asesinos a los compatriotas que emigran hacia el país vecino del norte en busca de mejores condiciones de vida.

A lo largo de su campaña, el hoy presidente de Estados Unidos de América mencionó en repetidas ocasiones la necesidad de renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, así como la de construir un muro en la frontera entre ambos países, el cual sería pagado con recursos mexicanos; con todo, Luis Videgaray tuvo una gran influencia para que Enrique Peña recibiera a Donald Trump en Los Pinos

Esta visita fue duramente criticada por la sociedad de nuestro país en su conjunto, sobre todo porque en ningún momento el estadounidense ofreció disculpas por su diatriba y, al contrario, recrudeció su discurso en contra del pueblo mexicano. Videgaray salió de la

Secretaría de Hacienda siete días después de haberse realizado aquella reunión del 31 de agosto de 2016, pero regresó al gabinete como Canciller, cinco meses más tarde.

Hoy, la administración de Peña Nieto enfrenta un nuevo problema. El empresario que hoy dirige a la potencia económica y militar más grande del mundo, a quien el titular del Ejecutivo federal mexicano intentó adular, invitándolo en primera instancia a aquella reunión, ha decidido imponer aranceles a sus vecinos, con lo que de manera fáctica hace a un lado los acuerdos de cooperación comercial establecidos en el TLCAN, el cual entró en vigor hace 18 años. El problema se encuentra en el impacto que la guerra comercial desatada por Trump tendrá en el ya de por sí castigado bolsillo de las familias mexicanas.

Recordemos que la firma del TLCAN por parte del gobierno de Salinas de Gortari implicó la inserción de México en una dinámica económica más formal, en la que comenzaron a llegar productos norteamericanos y canadienses de manera masiva. A partir de entonces, las grandes empresas transnacionales tuvieron la oportunidad de establecerse con mayor ahínco en el país, contexto en el cual se desarrolló la competencia comercial de una manera desigual, pues se afectó a pequeños y medianos productores mexicanos, en el caso del campo, quienes difícilmente pudieron competir con los productos extranjeros.

El TLCAN, a pesar de haber permitido que las inversiones se quintuplicaran y que el comercio entre los tres países involucrados se cuadruplicara, no implicó un notable crecimiento económico, ni la proliferación de empleos mejor pagados, por el contrario, también se multiplicó el empleo chatarra.

Otra consecuencia intrínseca de la íntima relación comercial con el vecino del norte es la casi total dependencia económica. De ahí que sea tan acertado el conocido dicho popular: “Si Estados Unidos estornuda, a México le da pulmonía”.

Con la amenaza latente de un presidente norteamericano agresivo y en cuyo discurso sobre seguridad nacional se reivindica el tutelaje de la economía por parte del Estado, México tiene que enfrentar las disposiciones arancelarias dictadas unilateralmente por Washington que golpean a la industria nacional del acero y el aluminio. El titular de la Secretaría de Economía, en contrapartida, ha anunciado la imposición de aranceles a productos estadounidenses, tales como aceros planos, lámparas, piernas y paletas de puerco, algunas variedades de quesos, preparaciones alimenticias, manzanas, arándanos, uvas, entre otros productos, con lo cual se busca generar un nivel de afectación similar al que sufrirá la industria mexicana, que ronda los tres mil millones de dólares.

Lo más preocupante es que los precios de los productos norteamericanos gravados incrementarán su precio para los consumidores mexicanos, lo cual en cierto punto va a repercutir en los altos niveles de inflación de nuestro país. Para atenuar el problema, el actual titular de la Secretaría de Economía anunció que, no habiendo más remedio, se buscarán productos, como la carne de cerdo, en otros mercados. 

El ocaso del actual gobierno prianista enfrenta una serie de tensiones comerciales y diplomáticas con EUA, lo que puede repercutir negativamente en la economía de la población nacional. La constante agresión norteamericana encaja con la opacidad, la debilidad y la crisis de legitimidad de un gobierno mexicano que se inclinó antes de tiempo.

Se hacen indispensables los vientos de cambio verdadero para guiar a la nave estatal. No importa que la mafia del poder pretenda apostar a la palanca del atraso, intimidando y ensuciando la elección mediante llamadas u otros ardides que se inscriben en la guerra sucia. México todo está decidiendo por una auténtica transición democrática.