El Prianismo anda dando tumbos

Cambio de dirigente=cambio de estrategia=¿cambio de abanderado?

 Por: Ricardo Monreal Avila

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En la historia reciente de los procesos electorales en México no se tiene el registro de una candidatura presidencial tan gris, tan parca, tan intrascendente como la que encabeza el candidato de la coalición “Todos por México” (PRI, PANAL, PVEM), la que a menos de sesenta días de la elección sigue estando en un distante tercer lugar en las preferencias, pero no sólo él, sino los demás candidatos de su “no partido” que disputan gubernaturas, diputaciones locales y federales, senadurías, así como la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México.

Pues bien, los cambios no se han hecho esperar en la estructura política cuasi jurásica del priismo, y se dio uno de los acontecimientos menos esperados en plena campaña presidencial, al cambiar al dirigente nacional del partido, en medio de un panorama que le augura resultados por demás desoladores a la institución política que, al amparo de un discurso ideológico posrevolucionario, creo una férrea estructura que le permitió pervivir la mayor parte del siglo XX y casi dos décadas del XXI. La preocupación de la élite priista es evidente.

Por otra parte, de acuerdo con los más recientes muestreos levantados, Andrés Manuel López Obrador continúa encabezando la intención del voto de cara a los comicios, con el 48 % de las preferencias; tiene una ventaja de 18 puntos porcentuales sobre quien aparece en segundo lugar, y una diferencia de 31 puntos del tercer lugar, en el cual se ubica el candidato del PRI.

Se puede observar que el tricolor está temeroso de enfrentar un inminente resultado electoral de escándalo. No es casualidad el cambio de dirigencia con carácter de urgente apenas disfrazado. De cualquier manera, debido a las martingalas, chicanas y demás mañas documentadas y patentadas por el priismo, se puede esperar cualquier tipo de escenario para que esta organización política subsista en la jerga política contemporánea.

Ya en días pasados se dio a conocer el primer amago para formalizar la alianza fáctica del PRIAN, tal vez como estrategia para medir impresiones o quizá sólo como desliz político, producto de la tensión de campaña; lo cierto es que la declaración no puede pasar desapercibida, en tanto que refleja las intenciones de los principales grupos del poder político y económico del país, que no están dispuestos a comprometer el clima de favoritismos, de impunidad, de corrupción y de tráfico de influencias que ha prevalecido y se ha agudizado en los últimos años en el seno de la administración federal. 

Clara evidencia de lo anterior es la declaración del candidato del Frente (PAN, MC, PRD), respecto a la posibilidad de establecer alianzas incluso con el titular del Ejecutivo -a quien al principio de su campaña amenazó con traerlo a cuentas ante la justicia, una vez que sacara al PRI de Los Pinos- con tal de impedir a toda costa la verdadera opción de cambio que representa la coalición “Juntos Haremos Historia” (Morena, PT, PES). 

El titular del Ejecutivo trató de deslindarse de esa propuesta políticamente indecorosa e intentó mostrar una postura neutral. No obstante, la invitación está en la mesa y seguramente estarán operando juntos ambos institutos políticos, con el objeto de mantener intactos los beneficios comunes.

La situación no puede resultar más preocupante para quienes ven peligrar sus intereses, ante el inminente triunfo del movimiento encabezado por Morena: auténtico, consistente y legítimo, construido con el total apoyo de una ciudadanía que ha llegado al hastío por las condiciones de vida actuales. El prianismo anda dando tumbos; estamos presenciando su crisis más importante.

Aquellos momentos en que las masas acarreadas abarrotaban plazas, estadios o auditorios para arropar al candidato oficialista se están desvaneciendo; ahora mismo cuesta trabajo conseguir cuando menos respaldo moral para un aspirante que intenta mostrarse empático, sonriente y agradable, frente a una militancia que prácticamente desconoce.

Andrés Manuel López Obrador ha afirmado públicamente, en fechas recientes, que el aspirante del Frente ha solicitado a algunos cuerpos empresariales del país que intercedan por él delante del Presidente, con el fin de que éste le dé su anuencia política para enfrentar a la coalición Juntos Haremos Historia. Por otro lado, no hace muchos días uno de los allegados al candidato del priismo declaró que con el frentista “ni a la esquina”; no obstante, se dice que en la realidad se ha manejado —no casualmente— por el mismo equipo de Todos por México una presión para que un par de candidaturas, entre ellas las del abanderado presidencial, declinen en favor del virtual dueño de Acción Nacional, con el fin de acercarse lo más posible al puntero de las preferencias electorales.

“Cuando el río suena es porque agua lleva”. Entre las declaraciones del equipo de campaña priista hay algo de cierto: los guiños y las sonrisas no sólo se las han dirigido al titular del Ejecutivo; los coqueteos y la seducción política se han extendido a otros protagonistas del panorama electoral, que hasta el momento han dicho ¡no! a las insinuaciones hechas por el personaje que encabeza lo que queda del PAN; hasta ahora cunden las negativas formales, habrá que esperar si las estrategias del PRIAN incluyen un destape oficial.

La salida del presidente del PRI se circunscribe en el marco de estas declaraciones, y responde en definitiva a la desesperación electoral que vive la institución política. Las preguntas obligadas giran en torno a los motivos por los cuales llegó su reemplazo: ¿para cambiar la estrategia?, ¿para hacer acuerdos?, ¿para fraguar fraudes?, ¿para constatar la viabilidad de entregar la candidatura de su abanderado?

En estos tiempos se puede esperar lo que sea. No nos sorprendamos si, conforme se acerca el día de la elección, se promueve abiertamente omitir las marcas en los recuadros de las boletas del PRI, PVEM o PANAL, para concentrarse en las destinadas para los azules, amarillos y naranjas.