Afianza China su Cibersoberanía ante los riesgos

Por: Ricardo Monreal Avila

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Twitter y Facebook: @RicardoMonrealA

El caso de Cambridge Analytica con Facebook nos acaba de mostrar el lado oscuro de las redes sociales: el uso de la información que generamos, como un arma para enfocar publicidad específica hacia nosotros.

La teoría del Big Data supone que la recolección de los datos que producimos en las redes sociales se agrupa en grandes bloques, los cuales son utilizados para fines estadísticos, y se venden a empresas que crean publicidad masiva enfocada a grupos de interés.

La venta de estos bloques de datos reporta grandes cantidades de ingresos a las empresas que las generan, léase Facebook, Twitter y Google, como las más importantes.

Lo anterior dio como resultado que su valor de mercado se multiplicara a paso acelerado, llegando a alcanzar cantidades estratosféricas, muy por encima de su valor físico.

Todo este valor intangible se debe a su capacidad de generar valor de los datos que nosotros, los usuarios y las usuarias, les entregamos todos los días en grandes cantidades, a costa de nuestra privacidad.

Se supone que el manejo ético de la información y el uso de ésta en grandes bloques evitaría identificarnos y convertirnos en objetivos individuales de alguna empresa o grupo de interés; sin embargo, parece que la atomización y la minería indiscriminada de los datos nos llevó justamente a lo contrario, creando un fuerte escándalo que amenaza este valor intangible de los proveedores de las redes sociales, tal y como está ocurriendo con Facebook, el cual ha perdido casi un 10 % de su valor accionario desde que esto empezó.

El caso de Cambridge Analytica parece ser justamente así, llevado a un extremo aún mayor, dado que la estructura que creó Facebook le permitió llegar aún mas lejos, no sólo obteniendo la información de unos cientos de miles de personas que utilizaron sus cuestionarios, sino también la de millones de otras que se encontraban registradas como amigos de las primeras.

Y la evidencia indica que utilizaron la información para ubicar a individuos con ciertas características, las cuales aprovecharon para generar contenido en las redes, mismo que hicieron llegar a esa gente, con la finalidad de inducir un cierto comportamiento que favoreciera a un candidato durante las campañas presidenciales del 2016 en Estados Unidos de América.

Todo esto continúa bajo investigación, pero de haber sucedido así los hechos, estamos ante el inconmensurable potencial de las redes sociales para influir poderosamente en las masas, con fines muy específicos. El uso indiscriminado y no ético de la información que quienes las utilizamos proveemos, consciente o involuntariamente, a internet, es un prospecto francamente aterrador.

El impacto que está generando el escándalo con Facebook ha levantado en muchas personas la sombra de la preocupación por la manera como se están manejando todos esos datos que de una forma u otra implican una invasión a nuestra intimidad. En México país también tenemos sospechas fundadas de esto.

Y se están gestando, a partir del golpeteo mediático y la amenaza a las finanzas de las empresas que manejan las redes sociales, iniciativas para buscar prevenir el mal uso de los datos y mejorar nuestras opciones de privacidad. La pregunta clave aquí es si será suficiente para evitar incidentes similares en el futuro.

De otro lado está el caso de China, cuyo gobierno central ha mantenido un estricto control del uso del internet en su país, restringiendo a la población el acceso a ciertas páginas, aplicaciones de mensajería, redes sociales y sitios web, controlando la información que circula, y observando muy de cerca la actividad en todas ellas.

Durante años su posición ha sido duramente criticada por quienes defienden la apertura total y el libre flujo de información, sin que lograran cambiar la postura oficial.

Se les ha acusado de coartar la libertad de expresión, de no respetar los derechos básicos de los seres humanos, de servirse de las aplicaciones que circulan en internet para identificar a quienes se oponen al régimen y realizar acciones en su contra, entre otras imputaciones.

Todo esto hace que las críticas internacionales se centren en el modelo autoritario que China ha impuesto en su país, aunque a pesar de ello, la censura de internet en esa nación es ya una actividad a la cual su población pareciera haberse acostumbrado y adaptado, y aplicaciones creadas y utilizadas básicamente para y por la población china, han crecido enormemente y se han convertido en las nuevas gigantes del internet, compitiendo ya en valor con sus rivales occidentales mas conocidas. Su uso está extendido y generalizado, como en el caso de WeChat, que ya cuenta con 800 millones de usuarios chinos, quienes lo utilizan regularmente.

Robin Li, fundador de Baidu, contraparte china de Google, comentó recientemente que la población china no se preocupa tanto de su privacidad, pues no son tan sensibles a ello. Añadió que están dispuestos a perder un tanto de privacidad si a cambio obtienen conveniencia, seguridad y eficiencia.

Esto, pareciera ser, no es tan solo cierto para la población china, sino para la de todo el mundo, ya que es precisamente la tendencia internacional, mediante la aplicación de las tecnologías conocidas como Smart City Techs. El reconocimiento facial, el rastreo satelital, la detección de placas y otros elementos que se utilizan cada vez más en todas las ciudades del planeta, nos restan privacidad, pero nos dan mucho más a cambio, al incrementar fuertemente la seguridad de la población.

En China inclusive, se está utilizando la tecnología para incentivar a las personas a mejorar su comportamiento social, multando y exhibiendo a quienes tiran basura en la calle, estacionan indebidamente o tocan de más el claxon de su vehículo, entre muchas otras acciones.

China ha implementado un control férreo, que no obstante ha empleado también para fomentar importantes beneficios para la gran mayoría de su población, tanto en desarrollo social como económico. El mundo occidental ha abrazado la bandera de la libertad absoluta, de la cual se han aprovechado algunos grupos de interés para lograr sus objetivos, en detrimento de las grandes mayorías.

El tema no es si uno u otro sistema son correctos o incorrectos, buenos o malos, sino si se han aplicado en favor de nosotros, quienes habitamos este planeta. Los flujos de datos son también un capital codiciado por el sector privado, y los Estados, democráticos o no, se debaten entre una mayor protección de datos y una mayor seguridad/control en la red, conscientes todos de que información es poder.