China, país en ebullición

Por: Ricardo Monreal Ávila

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Twitter: @RicardoMonrealA

En los inicios de los años noventa, fui invitado a la República Popular China junto con un conjunto de legisladores y otros funcionarios de gobierno. Ahí visitamos varias ciudades: Beijing, Hangzhou, Shanghai, Guilin, Xi’an y otras más. Recuerdo perfectamente que entones China estaba viviendo un proceso de apertura.

A partir de entonces, he tenido la oportunidad de visitar ese país en otras cuatro ocasiones, la más reciente a finales del año 2017. Pero desde aquella primera vez he estado muy atento a su devenir y desarrollo, y no dejo de sorprenderme.

Como país, China es impresionante, y también lo es por sus enormes contrastes. Su historia ha estado precedida por dinastías marcadas por claroscuros; imperios que han rivalizado con el tiempo y que lograron niveles altos de desarrollo en muy distintos ámbitos.

Esas dinastías tuvieron su esplendor y su ocaso; después, el Partido Comunista tuvo el poder desde el siglo xix y hasta la muerte de Mao Zedong en 1976.

Posteriormente, un hombre de enorme influencia, Deng Xiaoping, trazó el nuevo rumbo que ahora ha convertido a esta nación en una potencia mundial. Él se encargó de abrir el sistema socialista heredado y de dar apertura al sistema capitalista.

China y su historia son extraordinarias. Ahí se originaron inventos sorprendentes que tuvieron repercusión mundial, como la pólvora, el papel, la brújula, por mencionar sólo algunos; allí también tuvieron lugar las primeras reformas agrarias, antes de nuestra era. E igualmente sorprendentes son su economía agrícola, su concepción acerca de la alquimia, su academia y sus adelantos tecnológicos, e inclusive su concepción respecto a la muerte y la vida de ultratumba. China fue también una de las pioneras entre las naciones del mundo que incursionaron en el comercio internacional.

No obstante, al visitar por vez primera el país asiático, me sorprendió su nivel de atraso tecnológico y en desarrollo; en aquel entonces era todavía una nación con dificultades.

Fue en 1992, después de los terribles hechos ocurridos en la Plaza de Tiananmén en 1989, cuando Deng Xiaoping, el líder que ordenara la represión de aquellas protestas, envió una nueva iniciativa para revitalizar la economía y un incremento masivo en el comercio internacional y las inversiones extranjeras. El ejemplo más claro de estas reformas es Shanghai.

También por influencia de Deng Xiaoping en 1997, tras 155 años de gobierno colonial británico, Hong Kong retornó finalmente a manos de China como región administrativa especial.

Hoy, China enfrenta problemas serios, enormes, con su población, pues los contrastes entre el campo y la ciudad son extremos: millones de habitantes de la zona rural subsisten con menos de un dólar al día, y muchas personas emigran a las ciudades en busca de un empleo mejor pagado.

No obstante, la República Popular China también goza en este momento de una dinámica económica impresionante. Con un PIB per cápita superior a los $ 8,000 en 2016, ha entrado en la etapa de una prosperidad más moderada.

Esta nueva fase de desarrollo económico dará nacimiento a una nueva versión del socialismo chino 3.0: un aumento en los niveles de ingresos y consumo privados  que ha conducido a la mejora del bienestar social, aunque no de manera uniforme; sin embargo, hoy su consumo interno ya no es la principal fuerza impulsora para mejorar el bienestar social en la etapa de la llamada prosperidad moderada y con calidad.

Actualmente, cuando China básicamente ha resuelto los problemas de alimento y vestido para la mayorías, tendría que explorar formas de aumentar los aportes en áreas que realmente pudieran mejorar el bienestar de la mayoría de las personas, por ejemplo, en vivienda, educación, salud y seguridad pública, protección ecológica, infraestructura, cultura, arte, ciencia y tecnología.

Una vez satisfechas las necesidades alimenticias y de indumentaria de las personas, la vivienda y el transporte también se deberían mejorar. Después, cuando se hayan cumplido estas cuatro necesidades básicas, se deben abordar cuestiones relacionadas con el consumo público (seguridad, ecología y salud), la seguridad humana y la igualdad social.

Este país ha avanzado ya en la mejora del bienestar y la reducción de la inseguridad pública.

En 2001, creó un plan de ingresos mínimos que ahora cubre a más de 80 millones de personas. El Estado también se ha vuelto a involucrar en el cuidado de la salud: el seguro de salud urbano ahora cubre a casi 500 millones de habitantes. Mientras tanto, casi 830 millones están inscritos en el Nuevo Sistema Médico Cooperativo Rural. En general, más de 1.3 billones de personas están cubiertas por algún tipo de seguro médico.

De igual forma, el país asiático ha avanzado en el desarrollo de un sistema de pensiones de vejez: más de 700 millones de personas están ahora cubiertas. La provisión de viviendas sociales también ha aumentado dramáticamente. En resumen, un estado de bienestar chino está tomando forma.

Así, podemos apreciar la importancia del socialismo chino 3.0. Los chinos no creen en el "fin de la historia", y permanecen incansables en explorar el camino socialista. Al mismo tiempo, no descansan ni se mantienen en el camino trillado. Habiendo alcanzado una nueva etapa de desarrollo, "mejorarán" el socialismo con características propias, mientras experimentan con una amplia gama de nuevas políticas.

Dado que la comida y la ropa ya no son la principal preocupación de la gran mayoría de su población, el socialismo chino 3.0 debe aumentar sustancialmente la inversión en bienes y servicios públicos y mejorar aún más el nivel de bienestar de toda la sociedad.

Sin embargo, China está destinada a convertirse en una potencia económica, dado su PIB anual; será la primera economía mundial para el año 2025 o antes, y su población, economistas y dirigentes así lo sostienen.

No obstante, enfrenta aún algunas asignaturas pendientes de resolución: 1) medio ambiente: la contaminación y la desertización; 2) economía y el contraste entre la ciudad y el campo en materia de empleo; 3) derechos humanos y democracia; 4) corrupción. Éstos son los problemas a los que China tendrá que hacer frente muy pronto, en unos años.

México jugará un importante rol geopolítico en los siguientes años para la cristalización de una relación estratégica con China por el nacimiento de un nuevo motor de desarrollo económico y social con más igualdad y justicia.