Temporada de carnaval

Por: Ricardo Monreal Avila

La Cuaresma, para la tradición cristiana, es temporada de oración, penitencia, arrepentimiento y preparación para la Pascua; mientras que el carnaval, que se lleva a cabo en muchos países del mundo de manera previa al inicio de la aquélla, es precisamente lo contrario.

El carnaval es, entonces, el tiempo de extralimitaciones que anteceden al recogimiento y la moderación, y tiene lugar antes de la Semana Santa. Sin embargo, en este 2018, el año en el que en México se llevarán a cabo las elecciones más grandes -cualitativa y cuantitativamente- de su historia, el periodo de mascaradas parece haber comenzado en forma anticipada.

Y es que buena parte de los elementos más importantes que caracterizan al carnaval se están desempeñando en estos momentos como primerísimos actores del acontecer político nacional: el disfraz de la realidad y las máscaras que ocultan las verdaderas intenciones están a la orden del día, en una especie de mundo al revés que va tendiendo el camino para los comicios de Julio.

Así, la favorita del carnaval, la reina de efímero imperio, la sociedad, olvidada y vejada en todo otro momento y circunstancia, está en estos momentos siendo agasajada por los pretendidos súbditos que lo mismo le prometen acabar mágicamente con las precarias condiciones de su día a día (que, además ellos se encargaron de procurarle), que exterminar al monstruo de la corrupción que ellos mismos se han encargado de crear y alimentar durante décadas.

Este carnaval, tiempo propicio para trastocar lo establecido, para ponerlo de cabeza: momento óptimo para el disfraz, para el embozo, en el que los adinerados se pueden caracterizar de personas pobres, por diversión o con pretensión; hoy, en nuestro México preelectoral, los poderosos son “ciudadanos de a pie”, mientras que antes de la fiesta le asestaron a la población golpes tan bajos y tan dolorosos como los gasolinazos o las cifras de un año marcado por una violencia no vista en 20 años.

Y en un contexto tan doloroso como el que atraviesa actualmente nuestro país, con infames indicadores en materia de seguridad, empleo, salario, crecimiento, educación, salud… Con un terrible inicio de año que abre con gasolinazo y tortillazo y alzas a los productos de la canasta básica, además del incremento a las tarifas de luz y gas, se necesita de una máscara muy grande y firmemente colocada para aseverar con entusiasmo y de cara a la sociedad que todo está bien, que las naves están llegando a buen puerto y que concluiremos este sexenio “con broche de oro”, pidiendo además un nuevo voto de confianza para continuar exactamente por la misma vía que nos condujo a las condiciones actuales.

Esto, al mismo tiempo que se allana el camino del engaño, la ruta de un muy evidente intento de fraude electoral que ya únicamente en el mundo de la ilusión se podría legitimar, aunque todas las vías se están preparando para intentarlo: los operadores electorales que se han nombrado desde el poder son viejos conocidos del engaño, de la opacidad y de las más bajas artes de la corrupción; igualmente, las instituciones que deben velar por el buen curso de los comicios están ya infiltradas y sometidas a los intereses del régimen; asimismo, una de las herramientas que más útil le ha sido al sistema en la compra de voluntades, ahora se ha legitimado, en forma de tarjeta, también institucionalmente.

Y, por si fuera poco, el Congreso, organismo fundamental de nuestro Estado, ha abierto la puerta de la represión armada en contra de la población civil, avalada con la reciente aprobación de la Ley de Seguridad Interior.

Así esperan que queden cubiertos los flancos de la corrupción que pretenderá sostener una mentira, contraria a los intereses de la población, una vez terminada la actual mascarada. Hoy, el baile, las promesas; mañana, el mismo bajo actuar de siempre; la vieja falsedad ya padecida. 

Sin embargo, el disfraz carnavalesco no es sino ilusión temporal, y las falsas promesas, infinitamente repetidas, forjadas al calor de la época preelectoral, son igualmente efímeras. Y serán nada, luego del día de la votación.

La población debe estar bien preparada para que la intenten hacer sentir importante, poniendo a sus pies todo tipo de zalamerías en especie: despensas y un sinfín de productos, hasta dinero y tarjetas; pero no puede olvidar que el costo de esas baratijas, dividido entre seis años de traición y sufrimiento, es altísimo: se traduce en corrupción, miseria y violencia.

Y es necesario que cobre conciencia de que los hermosos disfraces que ve transmitir por televisión de manera incesante, que le muestran lo bien que se ha trabajado, lo mucho que hemos avanzado, son sólo parte de este carnaval de ilusión, oneroso hasta lo obsceno: tiene que recordar en todo momento que la publicidad oficial del gobierno federal le ha costado al erario público, en este sexenio,  casi 40 mil millones de pesos, que habrían sido más que suficientes para reconstruir los lugares del país que resultaron gravemente afectados por los sismos de 2017.

Y en esta realidad, adornada ya como para el baile de cada seis años, es que México comienza el 2018, con un carnaval que ha llegado de manera muy anticipada; con algunas sorpresas, pero también con muchos de sus lugares comunes ya bien conocidos.

Sólo recuérdese que después de la fiesta regresa siempre la realidad, y que luego de julio del año que inicia ésta podrá ser tan áspera y terrible, o tan refrescante y otra, como la propia sociedad lo decida o lo permita.

El rumbo de nuestro país ya no puede continuar por la misma senda que lo ha llevado a la descomposición actual; es imperativo conducirlo hacia nuevos y refrescantes caminos, darle la oportunidad y el beneficio de la duda a opciones nunca antes exploradas; de otro modo estaríamos condenando su futuro y el de las generaciones que nos sucederán.

Tal es lo que no debemos perder de vista ante el nada lejano momento electoral: que las mascaradas son una fiesta de excesos, de ilusión, pero que al día siguiente se habrán convertido en sólo un recuerdo… y quizá hasta en una terrible resaca, si acaso permitimos que nos arrastre y sucumbimos a su engaño.