Tlatelolco y Ayotzinapa con 10 preocupantes coincidencias

Hay indicios de insurgencia cívica y disidencia guerrillera como en el 68

Por Ricardo Monreal Ávila

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Twitter: @ricardomonreala

Tlatelolco y Ayotzinapa tienen varios puntos en común. La principal es que son dos casos paradigmáticos de violación de derechos humanos.

Apuntamos 10 coincidencias.

1.-En las calles de la Ciudad de México vuelven a movilizarse miles de estudiantes de las dos instituciones principales de educación superior pública: el Instituto Politécnico Nacional y la UNAM. El primero es el epicentro y la UNAM, al igual que la UAM, la UACM y otras se han sumado a las demandas.

2.-Existe un clima represor que tiende a la criminalización de la protesta social, como se ha visto desde el 1 de diciembre del 2012, y en otras entidades del país, especialmente Puebla, Veracruz y Quintana Roo.

3.-Hay indicios de brotes de insurgencia no sólo cívica sino de disidencia guerrillera. Vemos hoy la serie de ejecuciones extrajudiciales como la de Tlatlaya, en el Estado de México, y lo que está ocurriendo en Iguala, Guerrero.

4.-Existe una falta de comprensión del gobierno federal de los reclamos de los jóvenes, no sólo del Politécnico, sino de todos los grupos que se manifiestan. Los estudiantes y jóvenes se ven peligrosos, porque no están “controlados”.

5.-Existen dos tendencias en el gobierno, como en el 68: una dialoguista y otra represora. Como en el 68, hay una adelantada disputa por la sucesión del 2018 y los movimientos sociales se vuelven rehenes o instrumentos de esta disputa en la sombra.

6.-Los medios de comunicación masiva están menos cerrados que en el 68, pero igualmente menosprecian a las nuevas disidencias. Están al servicio del “señor presidente”.

7.-Hay una restauración clara del modelo presidencialista. Lo más importante no es atender los reclamos y los derechos humanos que exigen los estudiantes sino “cuidar” la imagen presidencial.

8.-La solidaridad de la sociedad civil del Distrito Federal es muy clara, ahora en el movimiento de #TodosSomosIPN como lo fue en el 68.

9.-La autonomía es otro tema que está en juego. En el 68, el rector Barros Sierra le dio otra dimensión al movimiento del Consejo Nacional de Huelga cuando colocó la bandera a media asta en el campus de la UNAM. Ahora, cada vez más jóvenes y maestros están conscientes de la necesidad de la autonomía del IPN, cuyo director siempre ha sido nombrado por el presidente de la República y no por la comunidad estudiantil.

10.-Existen presos políticos que no son admitidos por el gobierno federal porque eso atenta contra su imagen (ver homozapping, “#2deoctubre 10 semejanzas y 10 diferencias entre el 68 y 2014”).

En este contexto se imponen dos preguntas: ¿Qué conmemorar el dos de octubre de este año? ¿El inicio de la transición a la democracia o 48 años de violaciones sistemáticas a los derechos humanos?

La tragedia hermanó a Tlatelolco con Ayotzinapa en más de un aspecto. ¿A qué iban los estudiantes de la escuela normal rural “Raúl Isidro Burgos” la noche del 26 de septiembre del 2014 a Iguala? Buscaban tres autobuses de pasajeros para llevar un contingente estudiantil a la Ciudad de México a conmemorar el dos de octubre de 1968, oficialmente día de “los mártires de la democracia” y de la matanza estudiantil en la Plaza de las Tres Culturas.

Nadie imaginaba que la desaparición de 43 normalistas de Ayotzinapa mostraría la hubris de nuestra democracia que desde 1968 está a la vista de todos: la violación continua, sistemática y prolongada de derechos civiles, políticos, sociales y económicos de diversos segmentos de la población en el país.

En Tlatelolco fueron crímenes de lesa humanidad perpetrados directamente por el ejército y guardias blancas. En Iguala fue el delito de “desaparición forzada” perpetrada por policías locales (hay quien señala también al batallón militar de Iguala, sin que se haya podido confirmar o descartar esta hipótesis, entre otros factores, por que no se ha podido interrogar a los militares en activo ese día) en complicidad con un grupo local de la delincuencia organizada, “Guerreros Unidos”.

Que 48 años después de la matanza de Tlatelolco se hable de “desapariciones forzadas” como el principal problema de derechos humanos en el país muestra la calidad de la democracia que tenemos.

Entre crímenes de lesa humanidad (genocidio) y desapariciones forzadas sólo hay un peldaño de gravedad y punidad penal. Eso es lo que habríamos avanzado “democráticamente” en casi cinco décadas. Nada o demasiado poco, en comparación con las prácticas y realidades institucionales que se observan en las democracias contemporáneas o en otros países que han tenido el mismo o más grave problema con la protección de los derechos humanos.

Buena parte de la responsabilidad de que no hayamos avanzado más en esta materia, se debe a la actitud de desprecio e inconsciencia de la clase política sobre el deterioro de los derechos fundamentales en el país.

Entre la justificación que en su momento ofreció el expresidente Díaz Ordaz sobre los sucesos de Tlatelolco para minimizar la represión (“ni menos de 20 ni más de 30 muertos”) y el “ya superen la tragedia de Ayotzinapa” que repiten en nuestros días algunas autoridades, se revela la misma soberbia, desprecio e inconsciencia que hace 48 años.

Tal vez la única diferencia política entre Tlatelolco y Ayotzinapa sea que mientras Díaz Ordaz asumió directamente la responsabilidad de la represión estudiantil (“fue para salvar al país”), hoy ninguna autoridad acepta que “fue el Estado” el responsable de la desaparición de 43 estudiantes y del deterioro progresivo de los derechos humanos en el país desde que el gobierno de Felipe Calderón decidió dejar en manos de las fuerzas armadas el combate a la delincuencia organizada.

Saber contar votos pero no saber prevenir las desapariciones forzadas no es timbre de orgullo de ninguna democracia. Más bien es motivo de pena ajena. Esa es nuestra realidad a 48 años de los sucesos de Tlatelolco y a dos de Ayotzinapa.