El Gabinete Lansing y Donald Trump

El Gabinete Lansing y Donald Trump

Hay quienes ya sienten que México es

el Estado 51 de la Unión Americana

Por: Ricardo Monreal

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Twiiter: @ricardomonreala

¿Qué motivó al gobierno mexicano a invitar a Donald Trump?

¿Por qué se adoptó un trato condescendiente, dócil y obsequioso con quien ha insultado y difamado a los mexicanos de manera reiterada?

¿Por qué se le dio trato de jefe de estado a quien sólo es un candidato, con amplias posibilidades de ganar, pero también de perder?

La respuesta no está en ninguna de las explicaciones oficiales que hemos escuchado hasta ahora. La respuesta se encuentra en un estrategia de colonización y culturización política que aconsejó hace 92 años un ex secretario de Estado norteamericano de nombre Robert Lansing.

Esta es la historia:

Woodrow Wilson, presidente de los Estados Unidos en el período 1915-1920, estaba muy preocupado de que Alemania, en plena guerra mundial, se apoderara del backyard de Estados Unidos, mediante acuerdos con los jefes revolucionarios, tal como se había filtrado a través del famoso Telegrama Zimermann.

Wilson instruyó a su jefe de Departamento de Estado, Robert Lansing, a elaborar un plan para identificar quién de los líderes revolucionarios podría garantizar orden y estabilidad desde la silla presidencial y, de inmediato, apoyarlo militar y económicamente.

Lansing informaría a Wilson que los grupos revolucionarios estaban muy fragmentados y que ninguno de sus líderes aseguraba el liderazgo nacional, con el agravante de que sería inmediatamente derrocado en cuanto se le identificara con el gobierno de Estados Unidos.

Ante ese diagnóstico, un desesperado Wilson habría ordenado a Lansing preparar la imposición de un ciudadano norteamericano como Presidente de México, a lo cual su prudente secretario de Estado habría respondido, "peor, imposible": los revolucionarios se unirían e iniciaría una nueva guerra contra el vecino del norte. Lansing habría sugerido un plan alterno. El episodio está documentado en el valioso libro de Friedrich Katz, La guerra secreta en México, editorial Era.

Cuatro años después de haber dejado su cargo, Lansing difundió en un artículo periodístico (25 de febrero de 1924, en America Magazine Archives), su plan alternativo para garantizar la conquista política de México. El plan se reducía a una propuesta sencilla, pero eficaz: la colonización de su clase dirigente.

"México es un país extraordinariamente fácil de dominar, porque basta con controlar a un solo hombre: el presidente. Tenemos que abandonar la idea de poner en la Presidencia mexicana a un ciudadano americano, ya que eso llevaría otra vez a la guerra. La solución necesita de más tiempo: debemos abrirle a los jóvenes mexicanos ambiciosos las puertas de nuestras universidades y hacer el esfuerzo de educarlos en el modo de vida americano, en nuestros valores y en el respeto del liderazgo de Estados Unidos. México necesitará administradores competentes. Con el tiempo, esos jóvenes llegarán a ocupar cargos importantes y eventualmente se adueñarán de la Presidencia. Sin necesidad de que Estados Unidos gaste un centavo o dispare un tiro, harán lo que queramos. Y lo harán mejor y más radicalmente que nosotros".

Quienes diseñaron la invitación de Trump a México son mexicanos que se creen norteamericanos o, dicho de otra forma, la primera generación de políticos norteamericanos nacidos en México. Hablan en inglés, leen en inglés, escriben en inglés, piensan en inglés y actúan como norteamericanos. Su alma y su corazón no están en México. Se sienten subyugados, atraídos y seducidos por Washington. Por eso, buscan congraciarse primero allá que aquí. Quieren quedar bien con los que buscan ser presidentes de los Estados Unidos, no con quienes quieren ser presidentes de México.

Por eso, el actual gabinete mexicano, que diseño y operó la visita de Trump, es más papista que el Papa y más trumpista que Trump.

Ellos no se sienten políticos de un país libre y soberano, sino funcionarios del Estado 51 de la Unión Americana. Los más nacionalistas, consideran a México al nivel de Puerto Rico: Estado libre asociado. Los más colonizados lo consideran el Estado más sureño de los Estados Unidos.

Por todos lados salió mal y costosísima esa invitación de Trump a México. Enojó a los demócratas Barack Obama y Hillary Clinton; sirvió para que Trump nuevamente se burlara del gobierno mexicano y se catapultara; causó hilaridad en la diplomacia internacional y enfureció a los mexicanos.

Sin embargo, no todo salió mal. Ese visita dejó al menos tres cosas positivas.

En primer lugar, revivió el sentimiento y la dignidad nacionalistas como no había sucedido desde la invasión norteamericana del siglo XIX. Cuestión de ver la opinión pública de aquellos días y la actual.

En segundo término, nos dejó claro que para defender el nacionalismo mexicano en el siglo XXI, no hay que declararle la guerra a nadie, sino plantarle cara y cuerpo a la ignominia racista antimexicana en cualquier parte del mundo.

Por último, esa cara y ese cuerpo ya tienen nombre y apellido en el imaginario colectivo. Gracias a la visita del señor Trump, hoy están más sólidas y firmes que antes las posibilidades de Andrés Manuel López Obrador de llegar a la presidencia de la República en el 2018.

La actitud crítica y moderada que asumió durante la visita del señor Trump, diciendo que él no hubiese invitado a ningún de los candidatos norteamericanos, para evitar que después intentaran entrometerse en nuestra política interior, ha sido la postura mejor aceptada por las y los mexicanos.

Sirva este penoso trance para aprender que México no debe entrometerse en la política interior de ningún país, mucho menos en los Estados Unidos, si no queremos salir como el ranchero fallido: picoteado por los gallos y aborrecidos por las gallinas.

El respeto al proceso electoral ajeno es la paz…, y un buen blindaje para evitar hacer el ridículo