EL PAPA Y AMLO

Por: Ricardo Monreal Ávila

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Twitter: @ricardomonreala

Una de las verdades científicas de nuestro tiempo es que no hay dos personas iguales. Ni los siameses. Pero también, otra de las verdades contemporáneas es que existen corrientes de pensamiento social y doctrinas políticas que homologan la actuación de los hombres públicos.

 

Creo que es el caso del Papa Francisco y de Andrés Manuel López Obrador. Lo que piensan uno y otro tiene más coincidencias que divergencias.

Por encima de las diferencias obvias entre ambos (el Papa es católico y AMLO cristiano), resaltan las coincidencias y convergencias de pensamiento en torno a la corrupción, la violencia, la explotación del trabajo, la clase política, la pobreza, la desigualdad, y la necesidad de un cambio verdadero, de conciencia y desde abajo, en el país.

Ambos tienen por prioridad denunciar y combatir la corrupción y a degradación social, económica y política de nuestro tiempo. Por ejemplo, en un encuentro con la Asociación Internacional de Derecho Penal, denunció que “la escandalosa concentración de la riqueza global es posible a causa de la complicidad de los responsables de la cosa pública con los poderes fuertes”. “La corrupción es en sí misma también un proceso de muerte: cuando la vida muere, hay corrupción”, expresó.

Francisco señaló que “hay pocas cosas más difíciles que abrir una brecha en un corazón corrupto”. Indicó que esta persona vive del oportunismo e incluso llega a interiorizar una máscara de hombre honesto. “El corrupto no puede aceptar la crítica, descalifica a quien la hace, busca disminuir cualquiera autoridad moral que pueda cuestionarlo”, incluso ataca con insultos a todo el que piense diferente y si puede lo persigue, denunció.

“El corrupto se cree un vencedor”, explicó el Papa. Dijo que en un ambiente de triunfalismo, esta persona “se pavone para menospreciar a los otros. El corrupto no conoce la hermandad o la amistad, sino la complicidad y la enemistad”.

En su discurso, el Santo Padre señaló que “el corrupto no percibe su corrupción”. Es como el mal aliento: “difícilmente quien lo tiene se da cuenta, son los otros quienes se percatan y deben decirlo. Por tal motivo, difícilmente el corrupto podrá salir de su estado a través de su conciencia. “La corrupción es un mal más grande que el pecado. Más que ser perdonado, este mal debe ser curado”, expresó Francisco.

En ese sentido, denunció que este flagelo “se ha vuelto natural, al punto de llegar a constituir un estado personal y social ligado a la costumbre, una práctica habitual en las transacciones comerciales y financieras, en las contrataciones públicas, en cada

negociación que implica a agentes del Estado. Es la victoria de la apariencia sobre la realidad y de la desfachatez impúdica sobre la discreción honorable”.

El Papa también se refirió a la corrupción dentro del sistema judicial al denunciar las sanciones selectivas. “Es como una red que captura solo los peces pequeños, mientras deja a los grandes libres en el mar”, indicó.

“Las formas de corrupción que se necesitan perseguir con mayor severidad son aquellas que causan graves daños sociales, sea en materia económica y social – como por ejemplo los graves fraudes contra la administración pública o el ejercicio desleal en las administraciones – como en cualquier tipo de obstáculo que interfiere al ejercicio de la justicia con la intención de procurar la impunidad de los propios delitos o de terceros”, expresó.

“Sin embargo, el Señor no se cansa de llamar a las puertas de los corruptos. La corrupción no puede contra la esperanza”, aseguró el Papa, que alentó a los expertos a tener siempre como objetivo el respeto a la dignidad humana.

En su gira por México, además de fustigar a los corruptos, habló de otras situaciones que son groseras e impúdicamente familiares y rechazadas por la mayoría de las mexicanas y mexicanos.

Destacan los posicionamientos públicos contra los privilegiados, los elitistas y los “Faraones”, que al buscar o mantener privilegios y prebendas, “para sí y los suyos”, generan corrupción, desigualdad, pobreza, inseguridad, violencia y crimen.

En Ecatepec, Estado de México, al clamar contra los corruptos y la riqueza mal habida, prácticamente describió a la mafia del poder. La inclinación de buscar la riqueza a toda costa despoja a los más marginados; “esa riqueza que es el pan con sabor a dolor, a amargura, a sufrimiento. En una familia o en una sociedad corrupta es el pan que se le da de comer a los propios hijos”.

En contraposición a lo que estos Faraones van dejando en su camino, el Papa llamó a construir un México de oportunidades, una suerte de “República Amorosa” donde no sea necesario “emigrar para soñar, de ser explotado para trabajar, de hacer de la desesperación y la pobreza de muchos el oportunismo de unos pocos. Una tierra que no tenga que llorar a hombres y mujeres, a jóvenes y niños que terminan destruidos en las manos de los traficantes de la muerte”.

En San Cristóbal las Casas, cuna del levantamiento zapatista indígena, exigió el cese contra la opresión y la discriminación de los pueblos originarios, al tiempo que condenó a los “mareados por el poder, el dinero y las leyes del mercado, que los han despojado de sus tierras o realizan acciones que las contaminan”.

Por si alguien no se ha dado cuenta, la opción preferencial por los pobres (cuya traducción laica sería “por el bien de todos, primero los pobres”) es la esencia del discurso y la visión papal.

Por mucho menos de lo que dijo, denunció y fustigó el Papa en su gira por México, un sector muy importante de políticos, empresarios y comunicadores erigidos en Santa Inquisición ha llamado “populista” y “demagogo” a Andrés Manuel López Obrador. Pero en esta ocasión, por venir del líder del catolicismo mundial, ese mismo discurso no se ve como postura herética sino como “crítica constructiva” y hasta una especie de bálsamo santificador.

Es la doble moral que practican los corruptos para no atender y desviar los cuestionamientos de su proceder, y para simular que “es la Virgen quien les habla desde el cielo”, en vez del Papa Francisco desde la tierra misma.