Teflón

Por: Octavio Raziel

La vida como es…

En alguna ocasión imaginé a mi cerebro como una computadora con cerca de 100 mil millones de neuronas trabajando a todo vapor; mañana, tarde y noche (porque el mío sé que lo hace en mis cuatro horas de sueño).

Es más, me creí el cuento aquel de que sólo utilizamos el 10% y el otro 90% está en el Limbo. ¡Pamplinas!, lo que aparentemente no utilizo tiene muchas otras funciones, como llevar sangre a todos lados, ordenar el ritmo cardiaco y respiratorio, regular la temperatura, mandar a los glóbulos blancos a defender las primeras y segundas trincheras, y mucho más, hasta completar el 100%.

Lo anterior viene a cuento pues con los años voy descubriendo que como una computadora mi coco ha saturado lo que podríamos denominar el disco duro. Recupero con cierta facilidad datos del pasado y los de reciente adquisición ya no se pegan tan fácilmente. Pareciera que le hubieran dado un baño de teflón. La curva del olvido, que es la velocidad con la que olvidamos se me hace presente con mayor frecuencia. Además, la memoria de recuperación es ahora menos necesaria pues tenemos la facilidad de acceder a internet y a otros mecanismos electrónicos. 

Si nos remitimos a Sócrates, él se pronunció, en su momento, contra la escritura, pues ésta haría perder la información que no se memorizara. Hoy, más de dos mil años después, la mayoría de los jóvenes acuden a la investigación que les da la computadora a través de Wikipedia o Google, las modernas bibliotecas que casi todo lo saben. Es de mala educación preguntar algo sobre lo cual Google te da la respuesta, les he dicho a algunos de mis amigos.

Sin embargo, la literatura, las antiguas enciclopedias, la escritura en general es fundamental para el ser humano. No por algo expresó don Quijote, “ahora digo que el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”.

No niego la enorme ventaja de la información en la computadora. Cuando aparece cierto personaje, episodio histórico o referencia indispensable acudo a ella para abundar en mi lectura; esto retrasa mi programa de libros que tengo en la fila. Sin embargo, hasta el momento llevo un buen ritmo de lectura, aunque me angustie no tener ya la retentiva de antes.

En este año mis lecturas han sido Paul Johnson, Historia del cristianismo e Historia del judaísmo. Amos Oz, Queridos fanáticos y La historia comienza. Rob Riemen, Para combatir esta Era. Y a Noam Chomsky, Réquiem por el Sueño Americano (filosofía política) y ¿Qué clase de criaturas somos? (filosofía del lenguaje)

Las obras de P. Johnson, las parí y a Oz, Riemen y Chomsky los disfruté enormemente y ya los releí.

Les han seguido Marcos Chicot, El asesinato de Sócrates, muy bueno. Santiago Posteguillo con Africanus, el hijo del cónsul y Las legiones malditas, excelentes. Arturo Pérez Reverte, con Los perros duros no bailan, nada bueno. Y de Ken Follett, Una columna de fuego (zaga de Los pilares de la tierra) de la noche de San Bartolomé a la batalla de Trafalgar.

Me estoy estrenando con una tableta de lectura, E book. Espero terminar pronto a Javier Marías, con Berta Isla. Va bien, aunque no aserto a subrayar o a hacer anotaciones al margen en esta maldita máquina. Además, un plus es la lectura diaria de los periódicos El País y The New York Times, las columnas de Paco Rodríguez y Carlos Ferreyra y de algunos otros colegas; además de las LUPAS de Juan Francisco González Iñigo, que son una cátedra de sabiduría. Uff, debería dejar descansar un poco a mi coco.

Acudiré a san Google donde he encontrado algunos cursos y consejos para ayudar a retener algo de lo que leo. Lo haré en el ínterin de mis lecturas.

François Mauriac expresó: dime lo que lees y te diré quién eres, eso es verdad, pero te conoceré mejor si me dices lo que relees.