Europa, la guerra perdida

Por: Octavio Raziel

La vida como es…

(“Los ancianos viven demasiado y eso es un riesgo para la economía global. Tenemos que hacer algo, ¡y ya!”: Christine Lagarde, directora del FMI).

En Nantes, como en la periferia de París, las bandas de jóvenes (magrebíes y subsaharianos, muy mayoritarios) viven al margen de los códigos culturales, sociales y políticos convencionales.

La desintegración familiar y la precariedad más absoluta coinciden con una escolaridad ultra deficiente y una integración muy rudimentaria.

Aquí y allá, las mafias que trafican con seres humanos, estupefacientes o armas ofrecen dinero fácil, la prostitución infantil y adolescente crea «asociaciones» de nuevo tipo, y la violencia callejera se convierte en un «deporte» de nuevo cuño, en detrimento de la seguridad ciudadana más elemental (elpaís.es)

Los dos párrafos anteriores forman parte de la información difundida en Francia con motivo de disturbios recientes en los que intervinieron migrantes.

Europa, podría decirse, perdió la guerra contra el Islam.

A partir de los años 60 y 70 la población nativa de los países europeos comenzó a disminuir y su consecuente, el incremento de ancianos. Los primeros no aportaban, ni en producción ni en impuestos lo suficiente para mantener a los segundos. Hoy la tasa de natalidad de los europeos está camino a una implosión demográfica y la longevidad al alta.

La solución a este problema, según la troika europea, fue la importación de decenas de miles de negros africanos y de refugiados expulsados de las guerras en el Medio Oriente. Conflictos bélicos que los mismos occidentales fomentaban. Pero, al parecer, todo se les salió de control.

Durante las últimas revueltas en los suburbios de la ciudad Lux aparecían titulares como, “Francia tiene miedo” en Le Monde; “Se acabaron los buenos tiempos”: Salvini; La descivilización llegó; son “la escoria” los calificó en su momento Nicolás Sarkozy, ex presidente francés.

Cada revuelta contabiliza miles de automóviles incendiados y la quema de viviendas y comercios es tan recurrente que dejó de ser noticia.

Los países nórdicos, que se pensaba estaban exentos de estos problemas han caído en manos de milicias islámicas. En Suecia hay zonas de Estocolmo que han quedado fuera del control del Estado. “Hay niveles de violencia como nunca se vieron en el país” y en las escuelas hay actos antisemitas cotidianos. “He oído gritar a los alumnos por los pasillos que hay que matar a los judíos”, asegura una profesora. Suecia nunca volverá a ser lo que era antes, se lamentan.

En Noruega, la policía publicó estadísticas donde “TODAS (así apareció, en mayúsculas) las agresiones sexuales de los últimos 5 años fueron cometidas por inmigrantes no europeos”.

En los países nórdicos hay pueblos donde los llegados han superado en población a los nativos, lo que se ha convertido ya en un problema.

Tal vez esa sea la razón por la que Matteo Salvini, el viceprimer ministro de Italia rechazó más migrantes a su país.  “Que se ahorren dinero y tiempo, los puertos italianos los verán en postal", escribió el funcionario italiano.

Los ciudadanos comunes de cada una de las naciones del viejo continente se resisten a aceptar a los miles y miles que llegan en oleadas huyendo de la muerte, el hambre y la barbarie de su tierra, cualquiera sea ésta. Raza, color, cultura, religión, costumbres, idioma y grande fecundidad chocan con nacionalismos y costumbrismos que se remontan a siglos.

Cada día el número de mezquitas aumenta y la sharía es frecuente. El hiyab (pañuelo en la cabeza) y los burkas, forman parte del paisaje urbano. Los musulmanes, en su mayoría llegados de Levante, no aceptaron la doble ciudadanía, y cuando se sienten discriminados se despegan de las leyes y costumbres europeas para refugiarse en su identidad.

Quienes proyectaron una Europa desnacionalizada tal vez alcancen su objetivo, pero seguramente será a costa de mucha sangre y odio. A las nuevas generaciones les tocará ver una revolución racial que apenas comienza.

Gran parte de los llegados al continente durante las décadas de los sesenta y setenta, han tenido hijos y formado generaciones que a su vez han dado nietos. Son grupos sin una integración cultural y fracasados escolarmente lo que les lleva a una discriminación en las oportunidades de empleo; porque, entre dar trabajo a Francois, Hans o Michael, a otorgarlo a Mohamed o Moshin, la cepa europea se inclinará por alguien de su estirpe.

Aquí la diferencia de que no es lo mismo ser Pierre Le Sexualité que Pedro el Puto

(foto elpais.es)

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