Inmortalidad y su secreto…

Por: Octavio Raziel

La vida como es…

¡Otra vez!

Mi hija me recrimina que aborde el tema de la muerte con frecuencia. Lo único cierto, le aseguro, es que seré inmortal, mientras no me muera.

Podría decirle que cuando despierto y veo la luz doy gracias por un nuevo día, signo de que estoy vivo, y que espero continuar así por mucho tiempo.

Después de constatar ese milagro de la Tierra que dio un giro más sobre sí misma, me levanto, sin creerlo aún, que ese prodigio se haya repetido en mi honor.

Me veo en un espejo que me dice que todo está bien y que es hora de enfrentar la realidad donde, noticias basura envenenan hasta el más lejano rincón del mundo.

Ese espejo me dice que estoy vivo, que no estoy muerto; que he enfrentado a los virus de toda calaña a través de 76 años y que fuera de cuatro burbujitas en el cerebro con su consecuente zumbido en el coco, todo está funcionando en mí como un relojito suizo. Tengo el privilegio de ver a mis hijos que se han soltado de la mano de mamá y hecho su vida independiente; verlos así mientras estoy vivo es un privilegio; lo contrario sería haber muerto.

No pretendo, como el científico australiano que, a los 104 años fue a Suiza para que le aplicaran la eutanasia mientras escuchaba música de Beethoven; pero sí, una década o dos extras no me caerían nada mal; esto, mientras goce de todas mis capacidades.

Tengo amigos que me acompañan en este sendero que es la vida; pero también muchos se han rajado a mitad del camino, lo han abandonado antes de que yo lo haga. Eso también significa que estoy vivo, que no he muerto.

Le diría a mi hija que hablar de la muerte no es querer morir, es recordar que, aunque anhelemos vivir hasta la eternidad, somos mortales; y mueren los jóvenes y los viejos, los sanos y los enfermos, los cuerdos y los locos; en cualquier lugar o en cualquier momento; y algunos viven cada día una pre-muerte por miles de días, de horas, de minutos; hasta que son viejitos y, entonces, de aburrimiento, se mueren de a deveras.

Me sentaré a platicar con mis hijos, con mis amigos; compartiré el pan y la sal en un placer de vivir y convivir, que ahí está el secreto de la inmortalidad.