Día de la madre

La vida como es…

De Octavio Raziel

         Alejandrina, mi cuentacuentos de la noche no vivió lo que yo hubiera querido. Veo hacia atrás y fue tan poco el tiempo que disfruté su presencia.

         Me remonto al pasado del pasado. Lo más lejano que veo es a una mujer que estira sus brazos hacia mí con una sonrisa de oreja a oreja y unos ojos negros -vidriados de querer soltar el llanto- que no daban crédito de verme sano y salvo. El término de mi secuestro se convino en que los plagiarios me entregarían en la terminal de autobuses de Puebla. De ese lugar partimos a la Sierra Mixteca, al rancho de mi abuelita, la buena (también tuve una abuela mala y una maravillosa abuelastra) En ese lugar aprendí mis primeras letras y escuché cuentos todas las noches. La luz de la candela o del quinqué (no había luz eléctrica) alumbraban las letras plasmadas en viejos libros.

         Las noches se iban con la melodiosa voz de mi madre que me leía o me platicaba de los grandes pensadores hasta que me dormía.

         -Yo quiero ser un gran pensador, le dije. Me imagino recostado en la grama viendo pasar a las nubes que forman, crean, bosquejan, dibujan figuras sin fin en el cielo. Además, me pagarían por ello.

         Durante esa niñez supe de la vida campirana, pero también de gitanos que, decían, se robaban a los niños, de procesiones con cristos sangrantes y madres dolorosas, y de la feria que llegaba al pueblo y repetía, y repetía, el vals Alejandra (¿Por qué no mejor Alejandrina? Me preguntaba)

         Llegamos a la ciudad de México donde pasó sus últimos años. Mientras yo cursaba la educación media y trabajaba medio tiempo, se agravó una insuficiencia respiratoria que arrastraba hacía tiempo.

         -Una noche –me dijo el médico- ella dejará de respirar y hasta ahí llegará.

         Mi cama estaba cerca de la de ella. Cada hora, o poco más, despertaba y aguzaba el oído para escuchar su respiración o intuir algún movimiento que me indicara que estaba viva. Esa fijación aún perdura pues hasta la fecha mi sueño es intermitente; despierto cada hora y media invariablemente.

         -No me llores ni visites mi tumba. Si lo haces, significará que ya quieres que me vaya. Me sentenció.

         Siempre tan fuerte ante las adversidades de la vida, y, sin embargo, una madrugada dejó de luchar, de respirar, de latir ese corazón que era todo ternura. Ni en su velorio ni frente a su tumba derramé una sola lágrima. Hasta la fecha no acudo a ningún cementerio. Iré cuando sea yo el que lleve los pies por delante.

         Sé que ella no se ha ido aún; su presencia la siento junto a mí, no sólo el Día de la Madre.