Filosofía del Dr. House: “Todos mienten….”

Por: Octavio Raziel

La vida como es…

El último feriado lo aproveché para darle una segunda leída a “La filosofía de House: todos mienten” escrito por William Irwin y Henry Jacob. Un tratado de mentiras de la mano de Sócrates, Sherlock Holmes, Nietzsche, Sartre y otros personajes, que llevan a la verdad.

Todos mentimos, por cortesía, amor, compasión o simplemente soltamos mentirijillas piadosas que no hacen daño y, en ocasiones, mucho bien a cierta gente.

Buscamos dar la explicación más simple. Es la navaja de Ockham, la perfección -como diría Aristóteles- buscada a través de la simplicidad, que muchas veces nos lleva a la mentira. El filósofo decía que esta es jactancia, esto es, exagerar la verdad, e ironía, que la disminuye.

Recordar es mentir porque nuestra memoria es un invento. Abundan quienes se inventan un pasado y se lo creen o nos lo hacen creer como cierto. Otros bloquean episodios de su infancia y pre adolescencia pues fueron instantes poco agradables de su vida.

En ocasiones, las personas no alcanzan a imaginar el sinfín de consecuencias que se desencadenan con mentiras que se convierten en un efecto mariposa.

La aproximación a las elecciones trae consigo una riada de mentiras que sólo creen los que las sueltan. 

Mentiritas y mentirijillas cada seis años con las elecciones federales.

El trabajo de los candidatos es creer que les creen y el de los ciudadanos -la gran mayoría- hacerles creer que en ellos sí creen.

Es el juego temporalero que todos juegan en la democracia.

Jean-Jacques Courtine, escribía que “en el siglo XX la mentira entró en la fase de producción y del consumo masivo; es hoy día, electrónica, instantánea, global: el producto de una organización racional y de una rigurosa división del trabajo”

Podríamos decir que estamos viviendo el siglo de oro de la mentira política (acompañada de las triquiñuelas que sueltan los representantes laborales, sociales, culturales y de todo tipo) de personajes que han hecho un arte de este oficio.

Al término de las elecciones, sin importar quién gane, sentiremos que hemos perdido la autoestima al avalar sus mentiras y que nos hemos convertido en cómplices de la corrupción en un proceso que sabemos inmoral.

Tendremos representantes que simularán cumplir con lo prometido; gobernarán a pueblos inertes, envilecidos por la desigualdad existente en Estados desguazados y corrompidos. No pasará nada, como no ha pasado en las últimas décadas. No gritaremos con el poeta T. Maritti: “La guerra es bella”.

Debemos reconocer que la historia de la humanidad, a partir de la división entre gobernantes y gobernados ha estado acompañada de la falsedad. Los griegos estaban conscientes en su democracia que no podía hacerse política sin recurrir a las mentiras, acompañadas de calumnias, suposiciones, rumores, chismes. Como escribiera Platón: “Si hay, pues, alguien a quien le sea lícito faltar a la verdad, serán los gobernantes de la ciudad, que podrán mentir respecto a sus enemigos o conciudadanos en beneficio de la comunidad, sin que ninguna otra persona esté autorizada a hacerlo”. Aristóteles escribió: la recompensa del mentiroso es no ser creído aun cuando diga la verdad.

Los oídos mienten más que los ojos y los seres humanos lo hacen para presumir de un valor que les falta.

El escritor irlandés Jonathan Swift afirmó en su obra “El arte de la mentira política” (1712) que ésta no se improvisa. Se calcula, se cultiva, se destila y se sopesa. (Autor de Los viajes de Gulliver)

Es –agregaba- el arte de hacer creer al pueblo falsedades saludables con vista a un buen fin.

Más de un mexicano inicia su vida en medio de una gran falsedad: Presentaron a un niño vivo, se asienta en el acta de nacimiento, cuando a lo largo de la vida de muchos de vivo no tuvieron nada y otros se pasaron de lo mismo.

De ahí pa’l real, nacemos, nos reproducimos –mucho- y morimos en medio de la mentira, sobre todo escuchando las de los políticos.