Silencio

Por: Octavio Raziel

La vida como es

Con regularidad el ser humano anhela aislarse del mundo; pero no sólo eso, aspira a dejar de oír sonidos indeseables, poner en paz su espíritu. Cuántas veces deseamos estar en una isla desierta o en una playa solitaria donde los únicos sonidos sean el viento y el romper suave de las olas sobre la arena.

En alguna ocasión, el entonces Papa Benedicto XVI convocó a los católicos a la práctica de un ayuno no sólo del cuerpo, sino de las palabras y de las imágenes, “ya que necesitamos –dijo- un poco de silencio, un espacio sin el bombardeo constante de las imágenes”.

La interminable lluvia de palabras y de imágenes que la radio y la televisión se dejan caer sobre los mortales, no dan un minuto de respiro a quienes son atrapados de diversa forma por esos medios de comunicación, que las más de las veces actúan de manera unilateral.

Cuántas veces se escucha el mismo discurso del político; las promesas, casi todas ellas incumplidas, se repiten en cada campaña, hasta que el ciudadano común, harto de lo mismo, está dispuesto a dar su voto a cambio del silencio del candidato. El silencio es el terror de los políticos acostumbrados a la adulación, al aplauso, al rumor, al chisme, etcétera.

Según el filósofo chino Confucio, el silencio es el único amigo que jamás traiciona.

Cuando me trasladé al estado de Morelos, me introduje a una aventura preciosa en un espacio en el que apenas se oye el ruido. Soy un náufrago en medio del silencio.

El silencio elocuente o los sonidos del silencio, fueron frases que yo escuchaba con regularidad allá por los años 60.

Algunas comunidades monacales se han distinguido por su voto de silencio, tal es el caso de las monjas y monjes cartujos que hace más de 60 años se agruparon en una cofradía estricta en sus reglas, y cuya vida fue llevada a la pantalla en la película “El gran silencio”.

Cuántas oportunidades perdemos por no saber callar a tiempo, como también las de por mantener el silencio cuando no debíamos haberlo hecho. Manejar el silencio es más difícil que manejar la palabra, decía el político francés Clemenceau.

Otro tipo de silencio es el que arrastran los sordomudos que, desde que nacen, están aislados en un cercado impenetrable frente al mundo que les rodea; pero el silencio más doloroso –creo yo- es aquel que se va adquiriendo, por enfermedad o por cuestiones genéticas. Es el que sufren quienes escucharon la música, el trinar de los pájaros, el trueno y la galerna, las gotas de lluvia sobre el tejado, el ulular del viento, y, de pronto, se ven incapacitados para oír, pues el escuchar lo han dejado atrás.

Hay que guardarse bien de un agua silenciosa, de un perro silencioso y de un enemigo silencioso, dice un proverbio judío.

El toque de silencio, aquel que cuando las trompetas emiten su lúgubre sonido y los tambores sus redobles, nos enchinan la piel y nos humedecen los ojos.

El silencio en el amor es sublime cuando sólo se escucha el suave crujir del satín; o la respiración acompasada de la pareja, junto con palabras que se han quedado en la mente, que son más elocuentes que los gritos de te amo.

Con los años, el amor se va haciendo silencioso. Por eso dejé de escribir poemas de amor hace décadas; los que escribía tenían un nombre, una emoción y una intención. “Después de eso, nada.

En ocasiones, el silencio es la nada.

Grito y después de gritar

Busco respuesta en los recodos del silencio,

Pero el silencio no se rompe,

Quizás porque no quiere turbarse con mil voces”.

Romper el silencio. - Fragmento. Poesía de Octavio Raziel (1964)