Enemigos pequeños

Por: Octavio Raziel

La vida como es…

Cuando él me preguntó que más sufrimiento podría el hombre soportar, le respondí: siempre puede haber más.

Las guerras y las entreguerras no son siempre lecciones para el ser humano.

Nuestros grandes enemigos son tan pequeños: el átomo, los virus y los gases letales; y de ninguno de estos tres tipos de armas nos salvaríamos.

A lo anterior habrá que agregar la contaminación ambiental y a la enorme población que crece día con día hasta llegar a los 8,300 millones de habitantes en 2,030.      

Tan chiquito y tan destructivo, el átomo es como el áspid en la canasta de higos de Cleopatra, esperando el momento para matar.

Nueve países integran el club nuclear: Estados Unidos, Rusia, Francia, Reino Unido, India, Pakistán, China, Israel y Corea del Norte, mismos que almacenan unos 15,000 dispositivos de este tipo. Se sospecha que otros territorios, como Irán, Arabia saudita y Sudáfrica también tienen –sin declararlo- armas de este tipo.

Con tantas bombas nucleares acumuladas, bien podría organizarse una fiesta de juegos pirotécnicos i-nol-vi-da-ble.

Se ha dicho que una guerra nuclear mataría a casi toda la humanidad. El casi, deja una esperanza de que quede algún Caín y un Abel en el planeta que se batirían en una pelea con quijadas de burro, si es que quedaran restos de algún jumento.

Una guerra nuclear no sería lo más terrible para la humanidad.

Se calcula que una bacteriológica barrería a la raza humana un par de veces. Baste recordar el SIDA, Ébola y otros virus que se les han escapado, y que se han podido, milagrosamente, controlar.

La peor, sería la guerra química, que limpiaría el mundo unas tres veces, dejando, tal vez, a lo mucho, cucarachas y otros bichos o bacterias resistentes a todo, como únicos terrícolas.

El poder de cualquiera de esas tres armas, en conjunto, nos hace pensar en que no habrá quien realmente quiera apretar el botón rojo, por muy loco que esté. 

No podemos estar conformes con que será nuestro sino fatal. No debemos aceptar que llegue el momento en que no podamos amar a una mujer –o a un hombre, según el caso- a nuestros hijos, a nuestra familia o amigos. A seguir viendo el mundo como es, -no como era hasta antes de su castigo ecológico-, como está. Tenemos que pensar, crear en nuestra maravillosa mente ese “algo” que dé esperanzas a las nuevas generaciones.

Me preocupo por este tipo de catastrofismos –como seguramente lo harán otros seres pensantes- pero me consuela el saber que millones de terrícolas estarán más inquietos por el Mundial de futbol o las tragedias de los artistas en la TV-basura.

En esta ocasión la lucha será por posiciones territoriales mediante un ajedrez en el que pareciera que Trump no sabe jugarlo.

China se perfila para ser la potencia económica mundial número uno con su petroyuán respaldado por oro y su alianza de equilibrio nuclear con Corea del Norte; Rusia, segunda, ahora que recuperó las bases militares en Cuba y sus negocios petroleros con Irán y otros países árabes, también con el respaldo aúreo; e Israel con el control del metal precioso y las finanzas mundiales.

Estados Unidos será bajado de su pedestal en breve, no con armas nucleares, virus o gases letales, con el señor Trump será suficiente para lanzar la última palada al dólar del Imperio Americano, al que sólo lo respaldan imprentas que vomitan millones de papel diariamente.

A los catastrofistas les digo: duerman tranquilos, mañana saldrá otra vez el sol por el Oriente.

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