Leer es vida

Por: Octavio Raziel

La vida como es…

En la revista científica Social Science & Medicine un equipo de investigadores de la Universidad de Yale, ha divulgado un trabajo en el que se demuestra que leer alarga la vida, y que cuanto más se lee, más se prolonga ésta.

Me enteré que, durante 12 años, 3,635 personas fueron estudiadas al respecto, y que se concluyó que quienes leen unas tres horas y media a la semana viven un 17% más que quienes no leen nunca. Y los que dedican a la lectura más tiempo pueden alargar sus vidas hasta un 23%.

Leí a don Francisco R. Pastoriza, profesor de la Universidad Complutense de Madrid, que señalaba que, durante la Revolución Francesa, el químico Lavoisier de Désérable esperaba su turno frente al patíbulo leyendo un libro que había llevado consigo y que no dejó de leer hasta que lo llamó el verdugo. Entonces, se sacó del bolsillo un separador y lo puso cuidadosamente donde había dejado la lectura, como si fuera a continuarla más allá de la muerte.

En lo personal, mi madre, que fue mi cuentacuentos de la noche me introdujo al vici impuni de la lectura. Un lector vive mil vidas antes de morir, pero el que nunca lee sólo vive una; o como diría mi estimado amigo Juan Francisco González Íñigo, hay libros con ideas que marcan vidas; leer es como meter nuevas vidas a tu vida.

Para Platón, la aparición de los primeros libros significaba la destrucción de la cultura y para la Inquisición era la disminución del poder eclesiástico.       

Europa logró su desarrollo gracias a la imprenta, mientras que las colonias españolas se hundían en la ignorancia. Los protestantes obligaban a sus seguidores a la lectura de la Biblia, habilidad que aprovechaban para leer otros tratados que les llevaron nuevos conocimientos. Los Pirineos, con la presencia inquisitorial y el sistema político-económico español, significaron por siglos la frontera entre la barbarie y la cultura.

Los tiempos cambiaron y los libros se fueron haciendo cada vez más accesibles a todo el mundo. Aún hay personas interesadas en la literatura en papel a pesar de la modernidad. Se acercan a los libros y los palpan, los acarician, los huelen.

Aceptemos que algunos lectores encuentran en las tecnologías aplicadas a la literatura una nueva forma de comunicación, que no es contradictoria, sino complementaria.

Mientras tanto, los escritores siguen produciendo. Escribir es como arena entre los dedos: saliendo, esparciéndose, cayendo. Esta actividad permite conjurar demonios, invocar a las hadas y convertirse uno en el dios que crea y destruye.

Para los novelistas reconocidos, aquellos que pertenecen al club de los elogios mutuos, las puertas de las grandes distribuidoras están abiertas de par en par. Sin embargo, hoy en día, los escritores independientes pasan (pasamos) por una crisis a falta de lectores.

Hace no mucho envié por internet las 184 páginas que integran mi novela Un asesino en la cocina, a poco más de 130 ciber-amigos, de los que sólo siete reportaron haberla leído. Acepto, sin embargo, que fue un alto porcentaje si tomamos en cuenta que en México se lee, en promedio, 2.8 volúmenes por año.

 La industria editorial privada en México produce 131 millones de libros; pero habiendo 30 millones de ninis, casi 6 millones de analfabetos y 25 millones de analfabetas funcionales, además de millones que centran su información y cultura en tres minutos de telediario, podría decirse, como a las puertas del Infierno: “perded toda esperanza”.

Me robaré una frase que por ahí leí: Si usted ha llegado hasta aquí en la lectura de este artículo, tal vez haya podido arañarle unos cuantos minutos a la muerte. Que los disfrute. Leyendo, por favor.

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