Faquir

Por Octavio Raziel

La vida como es…

A diferencia de San Compadre que no come (no se sabe que los santos lo hagan) me he propuesto cuidar mi alimentación. La contaminación y la tecnología que todo lo ensucian me obligan a ello. Me explico:

Me he alejado del rico salmón ahora radiactivo con las aguas que vienen de la accidentada central nuclear de Fukushima;

Del riquísimo atún, por sus altos contenidos de mercurio. Esto incluye al enlatado;

Tampoco comeré bacalao o tiburón por los muchos metales pesados que traen;

Tengo temor a la intoxicación alimentaria provocada por peces infectados con ciguatera; toxina que ha invadido ya todos los mares.

Me abstendré de comer las jaibas tampiqueñas que se alimentan de heces de todo tipo; lo mismo que los ricos cangrejos de Baltimore y otros cauces de agua dulce.

Unas 50 especies de pescados han sido declaradas no aptas para el consumo humano por su alta toxicidad. Yo ya tengo la lista de ellos para no entrarle.

De los cocteles de camarones, ni hablar, pues han dicho que están contaminados con un montón de bichos; además de su alto contenido de colesterol.

Se sabe que los ostiones acapulqueños se alimentan del detritus acumulado (unos diez metros) en el fondo de la bahía, resultado de la bajada de materia fecal y otros desperdicios de las laderas, así que paso.

Además, reconozco que los camarones y los ostiones ya no tan efectivos como hace años.

No como arroz proveniente de china, que son, dicen, pellets con plástico;

Los ajos chinos que nos llegan contienen altas cantidades de metales, especialmente plomo y arsénico;

Las tortillas que comemos son de maíz transgénico importado por las empresas de la familia innombrable;

No le entraré a otros cereales pues la mayoría llegan con muchas toxinas, especialmente de África, donde se depositan millones de toneladas de desechos electrónicos;

Me niego a comer vegetales, pues según los veganos, es comida que se le quita de la boca a los animalitos;

De las gallinas, ni pensar en ellas como alimento. Tienen tantas hormonas que basta ver a nuestras niñas de 10 años, chaparritas y con busto y cadera tan desarrollados que parecieran artesanía africana. Los huevos, ni verlos..

Y de las vacas. Qué vacas contentas ni que nada; producen carne y leche con montones de hormonas que destruyen nuestro organismo en un santiamén.

A la invasión de comida chatarra que nos envían los gringos no le he entrado. De saber que ocupamos uno de los primerísimos lugares de obesos cacacoleros en el mundo, se me quitan las ganas.  

No le sigo, pues a este paso, estaré más flaco que cualquier faquir indio y terminaré comiendo sólo aire. Claro, con el riesgo del peligroso smog.

¡Provechito! Como dicen por ahí.