El obispo Zumárraga quemó brujas, pero cuestionó el maltrato a indígenas

Según el teólogo Herrera Alcalá, también las órdenes religiosas mantienen los mismos pleitos de hace 500 años

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Por Norma L. Vázquez Alanís

Al participar en un ciclo de conferencias sobre la reconciliación con nuestra historia, con el tema “Fray Juan de Zumárraga: el padre de la evangelización en México. Presencia y olvidos de una figura”, el teólogo por la Pontificia Facultad Teológica Marianum, de la Universidad de Roma, Italia, y por la Universidad La Salle, de México, José Gerardo Herrera Alcalá, hizo un balance del ejercicio como obispo de la Nueva España, de este fraile franciscano cuyas acciones suscitan controversia entre los investigadores.

Durante su disertación en el Centro de Estudios de Historia de México Carso (CEHM), de la Fundación Carlos Slim, dijo que, hoy día, tiene vigencia reflexionar sobre la figura de quien fue el pilar de la Iglesia en los territorios conquistados por España, pues fue el padre de la evangelización porque le tocó dar los primeros pasos de la Iglesia católica en México.

“El paso de Zumárraga por este periodo de la historia nos aproxima al proceso eclesial y social del Nuevo Mundo, y cuando digo Nuevo Mundo no nada más es México como territorio y lo que se configura hoy como el Estado mexicano, sino que no existían las fronteras desde la mitad de lo que hoy es Estados Unidos hasta Chile, y toda esa parte era solo un imperio: el imperio español”, señaló.

Y es que los personajes de esta envergadura no siempre son comprendidos en su justo nivel, alcance y condiciones humanas, y sin estos principios podría caerse en el error de valorar sus acciones con parcialidad y etiquetarlas con incomprensión o apologéticamente.

Este fraile fue un religioso del siglo XVI (entre el Renacimiento y el ocaso del Medioevo) y ahí es donde se debe situar su dimensión cultural y humana, teniendo en consideración este periodo de la humanidad y su desarrollo en ideas, corrientes filosóficas, artísticas y religiosas, amén de la cotidianeidad que se va renovando con las aportaciones del intelecto humano, apuntó Herrera Alcalá.

El obispo Zumárraga fue testigo del hecho guadalupano y también de cómo las culturas originarias de América, y especialmente de lo que ahora es México, resurgieron y otras cayeron. A él le correspondió esta etapa a veces un poco incomprensible de un hombre con su concepto de imperio y la idea de que sólo la iglesia católica tenía la verdad, y eso quizá condujo a ciertos actos que son muy cuestionados, como la quema del señor de Texcoco.

Además, como propagador de filosofías y temas espirituales, Zumárraga se convirtió en un buen pedagogo, que emprendió la ardua tarea de difundir, extender y predicar a los neófitos, en su lengua y manera de entender, el bagaje de la doctrina cristiana; y es el campo religioso el que permite al historiador acercarse a una consideración para entender cuáles eran sus motivos, así como sus pasiones y su vida cotidiana, precisó Herrera Alcalá, quien es investigador de historiografía conventual novohispana.

Aunque el nombre de Zumárraga estará unido a personajes de una trascendencia capital -a juicio del ponente- para la identidad de los mexicanos como Hernán Cortés, Carlos V, Felipe II, Bartolomé de las Casas, o Motolinía, los indios fueron ante todo personajes habituales de su historia, su cuidado y sus exageraciones de ortodoxia.

Muchos panegiristas dicen que era muy santo, muy austero, pero según el pensar de algunos canónicos era un humanista, un apóstol, un hombre de gobierno y especialmente un hombre de Dios, sostuvo el teólogo conferencista.

Primer obispo de la Nueva España

De acuerdo con la leyenda, en 1527 Carlos V se quedó impresionado con este fraile “que predicaba muy bonito, que confesaba con mucho provecho espiritual y, sobre todo, que tenía talante de gobierno y generosidad; lo mandó llamar para dialogar con él y entonces le dio su primer encargo: lo mandó de inquisidor para que agarrara a brujas y hechiceros en toda la región de las vascongadas, de donde era originario Zumárraga.

Está atestiguado que capturó muchas brujas, pues hubo quemazón en la región vasca, y eso propició que Carlos V lo viera como buen candidato a ser el primer obispo -de hecho, porque ya había de facto- de la Nueva España y lo presentó ante el papa Clemente VII, cumpliendo a la vez el deseo de la católica reina Isabel, cuya prioridad era la evangelización de los indios, de suerte que “le encargaron y mandaron que tuviera mucho cuidado de mirar y visitar a los indios y hacer que fueran bien tratados e industriados y enseñados en las cosas de la santa fe católica”, y por eso se le añade como protector y defensor de los indios.

Comentó el conferenciante -especialista en bibliofilia mexicana y miembro de la Sociedad de Historia Eclesiástica- que Zumárraga llegó en 1528 a la Nueva España y su presencia fue ante todo para cuestionar los métodos de gobierno y los abusos que cometía la primera audiencia; para objetar su procedimiento y manera de ejercer el gobierno sobre los territorios conquistados.

Fue una de las etapas más difíciles en las que el robo, la rapiña y los abusos que se hacían sobre los naturales de estos reinos, trajeron las primeras tensiones entre la Iglesia y lo que sería el poder representado de la Corona. En esa época la Nueva España enfrentaba serios problemas de ajuste y de conformación como parte del imperio hispano, y los conflictos podían orillar al fracaso y a perder lo conquistado.

Por su parte, dijo el teólogo, Hernán Cortés se había granjeado ser el enemigo número uno de la Primera Audiencia, además en los tinglados políticos de la corona el rey Carlos V por un lado aplaudía al conquistador, pero por otro le eran demasiado indigestas su presencia y su poder.

En este escenario, el primer obispo electo de la Nueva España se conflictuó con la audiencia como encomendado que fue del cuidado de los indios, pues pasaba toda referencia al rey de la situación que había. La exageración de los tributos y la falta de consideración de los encomenderos hacia la dignidad humana de los indios, dieron lugar a que Zumárraga le escribiera al emperador: “los jueces del tribunal supremo son malsanos, avaros, cometen toda suerte de excesos, se reparten entre ellos a miles de indios encadenados, esclavos, venden la justicia, toman a nobles indígenas como rehenes para pedir luego un rescate y todo para acumular cada vez más riqueza”.

Una vez erigida canónicamente la diócesis de la Nueva España en 1530, Zumárraga fue consagrado obispo el 27 de abril de 1533. Para entender el trabajo de este franciscano hay que partir de la incipiente realidad eclesial que empezaba a construir y plantar la presencia de la Iglesia en este territorio.

Hernán Cortés, luego que tomó Tenochtitlan el 13 de agosto de 1521, envió a España a Alonso Dávila y Antonio Quiñones para solicitar que hubiese la presencia de la Iglesia, de manera que cuando vino Zumárraga a Nueva España como obispo no había nada, refirió el ponente; “había lo que podríamos llamar un pleito de las órdenes por los territorios, los agustinos contra los franciscanos, los franciscanos contra los dominicos, los dominicos contra los mercedarios y era un pleito tan grande que en algunos lugares aún existe; estamos en el siglo XXI y sigue el mismo pleito”.

En esa tesitura le tocó ejercer el gobierno como obispo a Zumárraga; además estaba implementándose el Concilio de Trento, en el que se establecía que el obispo debía tener sus sacerdotes y conformar la autoridad episcopal. Este fue el punto que no pudo realizar, porque por un lado su sentimiento como fraile franciscano y por el otro los diferentes pleitos y conflictos entre las órdenes que se prolongaron durante toda la historia de la Nueva España, le impidieron conciliar esta situación, hasta que vino otro que los metió en cintura, su sucesor Alonso de Montúfar.

(Concluirá)