La marcha de las vanidades

Por: José García Sánchez

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Postigo

Cuando el acarreo del PRI vivía su mejor momento y había dinero para pagar tortas, transporte y refrescos a los asistentes, los integrantes de los contingentes hacían lo que podían con lo poco que les daban, pero se esforzaban.

En la campaña de Carlos Hank González, los acarreados del Estado de México, simplemente gritaban las arengas que les ordenaban sin más sentido que su hambre, de tal suerte que cuando debían gritar el nombre del candidato, se escuchaba “Viva Juan González. Viva Juan González”, el apellido les era extraño y lejano. No sabían a quién apoyaban, no lo conocían y sólo asistían movidos por una necesidad de hacer bulto para que el tricolor mostrara el apoyo ciudadano a su candidato Hank González.

Lo mismo sucedió en la marcha en favor del aeropuerto en Texcoco, una discusión que para cuando se realizó la manifestación ya estaba superada, por lo que debe resaltarse es que muchos de los empresarios interesados obligaron a sus trabajadores a asistir y éstos no sabían por qué estaban en ese lugar. Simplemente obedecían a sus patrones, precisamente para hacer bulto.

Ahí estaban quienes meses o días antes expresaban su rechazo a toda manifestación en las calles, como la prima de Margarita Zavala, Mariana Gómez del Campo, quien sigue en el PAN a pesar de que ya no tiene familia en ese partido. Ella era de las más furibundas enemigas de que las calles se ocuparan para la protesta social; sin embargo, caminó bajo el sol y frente a Dios. Se convenció de que las calles son de quienes las caminan.

Entre los asistentes pudo apreciarse la figura siniestra de Juan Dabdoub, ex vocero del Consejo Mexicano por la Familia, quien dejó de serlo por negarse a ofrecer disculpas a una reportera por taparle la boca con las manos a la comunicadora.

Cuando entrevistaban a los asistentes no sabían la razón de su protesta, algunos pedían camiones para llegar a tiempo a Texcoco, otros señalaban que Maduro no debía llegar a México, y otros más rechazaban que los inmigrantes hondureños atravesaran territorio mexicano. Es decir, la protesta era de una derecha instalada en una clase media que no logra ser sólida ni en su individualidad.

Protestaban porque en la consulta votaron personas que no saben lo que es un aeropuerto. Porque quienes votaron son ignorantes sin preparación. Es decir, el tono de discriminación estaba presente en esa marcha hasta niveles preocupantes.

Esas clases medias que recuerdan a las de Argentina y Chile en protesta por un régimen que les arrebata los privilegios a una clase social a la que ellos no pertenecen, pero que creen y quieren pertenecer algún día. Por ello se dejan utilizar como carne de cañón sin saber la causa de su enojo.

La derecha siempre será individualista y exhibe su desconocimiento del pasado y por lo tanto carece de la información necesaria en el presente, sobre todo en un país como México donde la desinformación es un arma del poder que se planifica con precisión y se aplica con buena puntería y mejor puntualidad.

La marcha demostró la falta de práctica de una derecha disociada, dispersa, acostumbrada a utilizar a sus empleados hasta para las necesidades menos necesarias, que carece en realidad de ideología. Desconoce las razones reales del enfrentamiento con otros, a quienes considera enemigos y muchas veces sin saberlo ellos, defienden sus intereses, pero basta y sobra con que haya manera de mostrarse como gente con holgura económica para parecerse junto a la protesta inmediata, irreflexiva y manipuladora. Ellos mismos desconocen quién los manipula.

Las calles están abiertas para todas las manifestaciones, siempre y cuando sepan sus participantes las razones de su enojo. La improvisación de una marcha que intentó serlo fue un aborto, tan atacado por esa gente, y sólo sirvió para fortalecer a su enemigo imaginario.

No se cuestiona su derecho a usar las calles sino la mentira que representa el esquema de una marcha que no es lo que dice.