Independientes cascajo

Por: José García Sánchez

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Postigo

La aparición de candidatos independientes no fortalece nuestra democracia, al contrario, la retrasan. Colocados en la contienda electoral sólo para restar votos a la oposición surgen por un lado, herederos de militancias pasadas y, por el otro, improvisados que no sabían qué hacer en caso de ganar en los cargos por los que compiten.

Los independientes nacieron para competir pero no para ganar en este proceso de aparente modernización del sistema de partidos. Todo hace suponer que la única notica que arrojan los precandidatos independientes hacia la Presidencia de la República es su estado de cuenta de firmas recabadas.

Nada tienen que decir, nada pueden hacer, simplemente  denostar al contrincante como si fuera un enemigo a muerte.

Algunos de los candidatos independientes ni siquiera llegarán al 2.5 de la votación, es decir, que si fueran partidos políticos perderían su registro, pero como no tienen partido nada tienen que perder.

Y esta es la ventaja de los candidatos independientes que es el camino más corto para contarles a sus nietos que fueron candidatos a la Presidencia de la República, pero no llegaron a asomarse siquiera a la gubernatura.

Es decir, desde el momento en que algún precandidato no tiene nada que perder si no llega a ser candidato la desigualdad se intensifica, porque en el actual sistema de partidos hay una severa sanción si no se llega a obtener el 2.5 por ciento de la votación, lo cual puede suceder con la mayoría de los independientes, probablemente con todos.

Los candidatos independientes a la Presidencia de la República tienen dos objetivos que sirven al sistema de partidos tradicional, pero intentan aparecer como una novedad: el primero es captar el voto de los ingenuos y el de los indecisos, que no es lo mismo pero es igual para términos prácticos; el otro es buscar un puesto en el próximo gabinete, gane quien gane, tienen la facilidad de ser independientes y encajar en cualquiera de los equipos y cualquier partido que gane.

Es decir, se vuelven comodines de una administración pública híbrida que ha mostrado su ineficacia en más de una entidad federativa.

Pero la búsqueda de chamba dentro del presupuesto no deja de ser una tentación para más de un candidato independiente, que se convierte en el común denominador en este  escenario de partidos políticos carentes de cuadros y en busca de legitimidad.

Los candidatos independientes a la Presidencia de la República oscilan entre la ingenuidad y el oportunismo. Pocos son quienes quieren en realidad hacer política seria, por vocación, servir. La mayoría encuentra en el cauce de las candidaturas independientes la mejor forma de figurar en la pasarela para obtener puestos, oportunidades o simplemente contar con antecedente que no les costó nada obtener y no les costará nada perder.

O sea, para la Presidencia no solo se debe contar con 866,593 firmas de la ciudadanía, sino que estas deben estar validadas, es decir aprobadas por el INE, y encontrarse distribuidas en por lo menos 17 entidades, y que en cada Estado sumen cuando menos el 1 por ciento del total en la lista nominal de electores.

Los ahora candidatos independientes saben de la necesidad que tiene el partido en el poder para legitimarse y de ganar en las urnas tendrá que nombrar a más de un candidato independiente para consolidar su triunfo electoral, seguramente cuestionado por la lógica y la verdadera oposición.

Es decir, llegarán dos o tres candidatos independientes a la Presidencia de la República, suficientes para llevarse millones de pesos en una campaña, donde  saben de antemano que no habrá resultados reales, tangibles, favorables a nadie más que al poder que dicen combatir.