Adiós al terruño

No vamos a esperar el colapso de nuestra querida ciudad natal donde la vida se complica cada vez más

Textos en libertad

Por José Antonio Aspiros Villagómez

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Pues ya tiene su Constitución la Ciudad de México y todos parecen contentos. A través de las noticias los capitalinos se han ido enterando de manera parcial de sus principales contenidos y, también, de las propuestas que no fueron aprobadas.

Entre estas últimas, una que causó temor a quienes tienen bienes inmuebles, por la sospecha de que había gato encerrado en perjuicio de su patrimonio, con el tema de la plusvalía.

Dos cosas no nos gustan de este antiguo Distrito Federal. Una menor, como es el hecho de que todo mundo -¡hasta en notas periodísticas!- le ha copiado al gobierno local la forma publicitaria de abreviar el nombre oficial de la entidad (CDMX, todas mayúsculas) y, otra, de mayor alcance, que es el olvido de los viejos habitantes de la ciudad.

En cuanto a lo primero, lo correcto es escribir el nombre completo, sin excusas ni pereza: Ciudad de México, pero si es necesario abreviarlo, hagámoslo como en los casos de Distrito Federal (DF), Nuevo León (NL) o San Luis Potosí (SLP).

No es fácil crear para la Ciudad de México un acróstico como el usual, aunque feo, del Estado de México (Edoméx), de manera que las mejores formas de identificarla podrían ser con sus iniciales (CM) o, si se prefiere, CdeM, o como propone el gobierno, pero con la ortografía correcta: CdMx.

Quién sabe si en el texto de la nueva Constitución se aluda al respecto o haya menciones con el nombre abreviado de alguna manera, pero el tema no da para más en estas líneas y, aunque de todos modos se va a entender, sería conveniente unificar la abreviatura para evitar polémicas bizarras como con el gentilicio de los capitalinos, porque los genios dan versiones contrapuestas para la palaba ‘chilango’, mientras que ‘mexiqueño’ (DRAE) se usa muy poco. Este tecleador no tiene problemas al respecto: es tacubayense de nacimiento y de corazón, aunque sus ancestros vinieron de varias entidades.

Más importante parece el segundo tema. Si bien los ciudadanos de la tercera edad somos una minoría en la Ciudad de México, la cifra es suficientemente amplia como para ser tomados en cuenta no sólo en las necesidades comunes a todo mundo, sino también en nuestros arraigados estilos de vida, que no pueden ir al ritmo, gustos e intereses impuestos por la avasalladora “modernidad”.

A quienes nacimos en esta ciudad, y a quienes llegaron a ella hace ya tanto tiempo que alcanzaron a conocer una capital muy tranquila, vivible y espaciosa, parece que sólo nos toca ver transformaciones que nos complican la existencia, pero en las que nadie nos toma parecer.

El último refugio para los mayores, además de clínicas y hospitales donde uno se pasa medio día para que le den sus paracetamoles, parece ser el café de la esquina, el puesto de periódicos y el cuarto de la televisión. O los libros y revistas, para quienes aprendimos a leer y no estamos enajenados con los celulares.

Porque, ir más lejos, implica subir y bajar con dificultad puentes peatonales, cruzar con la lentitud de la edad calles peligrosas, y soportar -además de los achaques propios- los empujones, lastimaduras, asfixias y poca consideración en general, en andenes y vagones de metro y metrobús, o en los microbuses que brincan y frenan como carretas de caballos.

También, hacer filas que parecen eternas y llegan a desalentar, si se trata de ir a una exposición o espectáculo muy demandado; en su caso manejar por arterias donde se avanza con lentitud para no llegar a ninguna parte porque, o no hay donde estacionar, o uno se pierde con tantas modificaciones viales -túneles, elevaciones, bifurcaciones- no siempre conocidas o con señalamientos imprecisos, que, lejos de facilitar, complican y enojan. Somos, dice una propuesta de gentilicio, traficalinos.

Claro que éstas son una percepción y una experiencia personales, pero compartidas con muchos interlocutores en charlas de café. No lo percibirán así quienes aún deben ir todas las mañanas, tardes o noches a la escuela, el trabajo o lo que sea, porque cuando uno se impone de manera cotidiana ese tipo de deberes, ni cuenta se da de lo que se sufre mientras se traslada a su destino con su ‘guajolota’ en la mano.

Ese ritmo de vida, que no es vida así, se vuelve un hábito y el organismo lo asume (después lo cobra), así se trate -como en el caso de taxistas y transportistas- de manejar todo el día por esas calles de pesadilla, pues ya hasta las más estrechas y tranquilas que hubo en ese pasado nostálgico, tienen ahora una alta densidad vehicular.

Nueve millones de habitantes (más de 20 en toda la zona metropolitana) y alrededor de cuatro millones de vehículos, ya no cabemos. Como las calles son las mismas de siempre, hicieron y siguen construyendo puentes y pasos subterráneos (para lo cual criminalmente han tirado muchos árboles) que pronto se saturan también.

Y como por lo visto hay demanda, la vivienda nueva va hacia arriba (dicen que quien gobierna aquí son los desarrolladores) no sólo en proliferación y altura de los condominios -aunque no tengan agua-, sino en precios. Asombra que, ahora, los préstamos del Infonavit y del Fovissste sean aquí superiores al millón de pesos.

En fin, como ya no reconocemos esta ciudad, que es muy distinta a la que antaño nos dio mucha felicidad y oportunidades, ni vamos a esperar el colapso, esa realidad nos expulsa de nuestra tierra natal y pronto estaremos en algún punto todavía tranquilo (quedan muy pocos) de la provincia. Ahí se quedan con su Ciudad de México, que ojalá no lleguemos a extrañar.