Del respeto al riesgo, el gran cambio en el trabajo periodístico

Textos en libertad

Por José Antonio Aspiros Villagómez

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Tres antiguos reporteros que se conocieron tardíamente en el Club Primera Plana y ahora cultivan una amistad creciente, acordaron reunirse en estos días para disfrutar de una comida asturiana y darse el abrazo, los regalos y los parabienes de fin de año.

Acompañados dos de ellos de sus respectivas consortes, tuvieron una reunión agradable y se tomaron la foto para el álbum. Lo que llama la atención, es que, pese a tener ya una veteranía de entre 52 y 70 años de oficio, hablaron muy poco del pasado -los inevitables recuerdos- y, sí, con un entusiasmo casi juvenil, mucho del futuro. De sus proyectos.

Los tres camaradas acordaron asistir de saco y corbata. A la usanza antigua y como único vestigio de sus remembranzas en esa ocasión, porque, en sus tiempos, los reporteros vestían traje, lo cual les permitía presentarse con formalidad a los actos que cubrían, para ser respetados no sólo por representar a un medio, sino por sí mismos, con sus valores intrínsecos y extrínsecos.

Y las damas periodistas, que las había, aunque en menor proporción que ahora, vestían con mayor flexibilidad que la que brinda a los hombres el usar siempre saco y corbata, pero no con menos prestancia. Les gustaba verse distinguidas.

Las corbatas, hay que acotar, con sus diversos colores y diseños lisos, con rayas o con motas, y anchas o angostas según la moda, eran las que permitían la variedad en el vestir. Y a veces otros accesorios, como en el caso de ciertos reporteros que usaban un clavel en la solapa y otros inclusive sombrero, una prenda en su tiempo muy elegante pero que cayó en desuso en la segunda mitad del siglo XX.

Los contertulios en cuestión no mencionaron nada de eso en su comida, como tampoco hablaron del hecho de que, para ejercer su oficio -hoy profesión, aunque siempre con grandes exigencias- las herramientas eran muy simples.

Les bastaba con portar pluma y hojas de papel -cuartillas- para tomar apuntes que luego se convertían en textos noticiosos en máquinas de escribir mecánicas, y muy buena memoria para recordar y registrar otros detalles, porque las grabadoras de mano llegaron mucho después. También traían su credencial, que valía, más las tarjetas de presentación que les proporcionaba su medio y que ahora no hacen falta porque en el equipo celular se pueden registrar los datos al momento. Lo que ellos hacían como su labor cotidiana, hoy lo han redescubierto con el nombre de “periodismo de investigación”.

Eran en general cultos y buenos redactores. Dominaban el idioma, y en particular el lenguaje y el estilo propios de los géneros periodísticos, que estaban muy bien definidos. Para adquirir ese dominio, muchos tuvieron como maestros a los correctores de estilo, esos genios anónimos que ya desaparecieron en las redacciones, aunque siguen siendo muy necesarios pues en la carrera de periodismo no enseñan español.

Ahora los jefes, patrones y no pocos subalternos, creen que para eso está el corrector automático, aunque es un programa insuficiente para todos y riesgoso para los indolentes. El dominio del español, con perdón de Perogrullo, no ha dejado de ser la principal herramienta de quienes escriben. Y también para los diseñadores gráficos que hoy ocupan lugares en los medios sin dominar el idioma, porque en la actualidad la información es “visual”; los textos ya son tratados como imágenes.

A los periodistas se les piden hoy otras habilidades y sus equipos de trabajo son muy modernos. Lo usual en el pasado, era que la información fuera cubierta por un reportero, un fotógrafo que además debía revelar sus rollos e imprimir sus fotos, y en ciertos casos un camarógrafo y un ayudante que cargaba las pesadas baterías cuando -en la transición tecnológica de los años 70- ya había cámaras de video, pero continuaban en uso las de cine.

La primera grabadora que utilizó este tecleador en los años 60, tenía carretes de cinta, un micrófono inmenso, pesaba muchos kilos y era del tamaño de una maleta. Hoy, los reporteros portan un pequeño dispositivo de bolsillo y tienen la obligación de grabar, tomar fotos, video, mandar información de texto e imagen a las redes y al portal de Internet, y escribir para su medio notas más amplias, aunque no mucho porque los destinatarios tienen prisa o pereza.

Nada de eso platicaron los comensales. Para qué. Están llenos de proyectos para el futuro inmediato y hablaron de ellos con entusiasmo. Comentaron cómo va su próximo libro, qué viene en su vida personal, de qué temas van a escribir pronto. Y luego, se avisaron cómo les fue en el regreso, en una Ciudad de México odiosa por sus calles casi colapsadas, y más en diciembre. Hubo quien se tardó hora y media en su trayecto, y quien pagó 250 pesos de taxi por unos 12 kilómetros de recorrido.

La reunión fue en un restaurante, pero en tiempos ya idos, las cantinas eran el refugio de los periodistas y extensiones de las salas de redacción. Al contrario de hoy en que todo se envía por medios digitales, había que asistir por las tardes a la redacción para escribir lo que se publicaría al día siguiente, y revisar los boletines de prensa que repartían unos motociclistas enviados por las oficinas de prensa. Hoy, esos boletines pueden conocerse desde cualquier lugar y en cualquier momento, mediante el móvil o en Internet. Ya no son hojas impresas y metidas en grandes sobres.

Cuando los comensales de este relato se iniciaron en el reporteo, el periodismo era conocido como “el cuarto poder”. La información que publicaban los medios pesaba en el ánimo social y era atendida. La mayoría de los periodistas eran respetados.

Ejercer el periodismo, no representaba un peligro para la vida como en la actualidad, cuando a pesar de tantos organismos de protección, los atentados contra los informadores van en aumento y quedan impunes.

Según nuestras cifras, no exhaustivas, de los 269 asesinatos de periodistas habidos entre 1879 y 2016, sólo el 18 por ciento ocurrieron antes de 1984 cuando dieron muerte a Manuel Buendía. Así, hubo en promedio un asesinato cada dos años antes de esa fecha, y casi siete homicidios por año, también como media, en el periodo subsecuente. (Y sólo seis durante el porfirismo -uno cada lustro- según datos del investigador y abogado Carlos Moncada en la revista Contralínea).

Así se han dado las transformaciones en el ejercicio periodístico desde que esos tres antiguos reporteros dieron sus primeros pasos, hasta ahora en que sus planes profesionales para el futuro, contarán con la inevitable ayuda de las nuevas tecnologías, aunque sus aparatitos actuales no los guardarán, o al menos recordarán, con el mismo afecto que las viejas y ruidosas máquinas Remington y Olivetti.