Le Pen y Trump, ¿presidenciables frustrados?

Por: Francisco Rodríguez Pérez

Almajuarense

La noche del 21 de abril del 2002, cuando el histórico líder de la derecha, Jean-Marie Le Pen, llegó a la segunda vuelta electoral en Francia –prevista para el 5 de mayo de aquel año– toda una nueva generación descubrió la lucha de calles.

 

Ahora tocaría a las nuevas generaciones norteamericanas frustrar los deseos del extremista Donald Trump.

Podrían, primero, evitar la nominación del magnate intolerante como candidato presidencial republicano, pero si lograra ese objetivo, entonces tendrían que pararlo en la elección presidencial estadounidense, como ocurrió hace 14 años con Le Pen en Francia.

Les comentaba en mi anterior colaboración que diversos analistas encuentran diversas similitudes entre Jean Marie Le Pen y Donald Trump.

Hoy abundaré en el análisis que realiza Eduardo Febbro respecto del líder francés que fue detenido y despreciado por una ciudadanía que logró frustrar sus aspiraciones presidenciales.

El 21 de abril del 2002, a las ocho y un minuto de la noche, toda una generación de franceses se despertó brutalmente de un tranquilo sueño compartido.

Los medios de prensa, conmovidos e incrédulos, anunciaban lo que hasta ese momento parecía una pesadilla controlada: la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, prevista para el 5 de mayo, no se jugaría en torno a la oposición natural entre izquierda y derecha, entre el presidente saliente Jacques Chirac y su primer ministro socialista Lionel Jospin.

Obsesionados por derrotar al otro, Chirac y Jospin se habían olvidado del tercer hombre: Jean-Marie Le Pen, el líder histórico de la extrema derecha francesa.

Por primera vez en el último cuarto de siglo, los socialistas perdían su candidato a medio camino en provecho de una de las figuras más oscuras de la historia francesa.

Azorada, la sociedad reaccionó masivamente desde un lugar que nadie esperaba: no fueron las conciencias politizadas las que salieron inmediatamente por las calles sino la juventud, los estudiantes de primero y segundo año de la Universidad y, sobre todo, aquellos que nunca habían votado hasta el momento: los bachilleres.

Esas dos generaciones habían recibido muchos calificativos que fueron barridos en pocas horas.

La generación H (hedonista), la generación N (Nike), la generación que sólo se ocupaba de su propio cuerpo y de sus placeres pasajeros demostró que, más allá de sus “costumbres”, cuando la República estaba en peligro, el resorte de la conciencia estaba más vivo que nunca.

Febbro cita diversos testimonios juveniles:

– “Yo nunca milité ni me interesé en la política. Pero esa noche del 21, en cuanto vi que Le Pen era el candidato de la segunda vuelta, me dije: es imposible, no puedo, no podemos permanecer pasivos, nadie puede tolerar que nuestro futuro dependa de un pasado manchado por el crimen.”

– “Nos despertamos a la militancia política sin que nos diéramos cuenta”.

– “Ni siquiera tuvimos tiempos de formarnos una conciencia, de elegir un campo u otro. Había que salir, decir que no, expresar esa fuerza llena de convicciones no pensadas que teníamos en nosotros”.

Durante dos semanas, esa generación “tranquila” paralizó las clases, organizó debates, asambleas, foros, creó grupos de militancia y discusión, recorrió los barrios golpeando cada puerta para decirle a la gente: “Piensen en nosotros, no nos dejen un futuro sucio”.

Aquella generación inventó en la acción otra forma de hacer política.

– “Creo que demostramos que había valores y que la defensa de esos principios no respondía necesariamente a una obediencia ideológica”.

– “Empecé a ir a las manifestaciones con dos amigas. La verdad es que no sabíamos muy bien qué hacer, ni siquiera sabíamos si teníamos que cantar, gritar o únicamente caminar. Mi sentimiento era que por más numerosos que fuésemos, nuestra presencia no podía cambiar gran cosa”.

Hoy saben que no es así, que cuando son muchos y caminan en la misma dirección todo cambia.

Con el correr de los días, las reacciones espontáneas se fueron transformando en una búsqueda de bases más sólidas, en la armadura de una estructura para el mañana, comenta Febbro.

Las consecuencias del 21 de abril del 2012 no se limitaron a la calle. Desde entonces, todo cuanto parecía adormecido volvió a nacer, mediante “una avalancha de demandas de todo tipo”.

Los jóvenes volvieron a crear comités cívicos de vigilancia, de grupos como ‘Estamos hartos del Frente’ (Frente Nacional, el partido de Jean-Marie Le Pen).

El fenómeno no se limitó a los círculos universitarios. Los bachilleres también pasaron a la acción cívica de manera tan masiva como inesperada.

– “Hasta el 21 de abril los demás estudiantes se burlaban de nosotros, nos decían que la amenaza de la extrema derecha era ficticia. En suma, que éramos unos meros cazadores de fantasmas. Finalmente han visto que teníamos razón”.

Hubo en Francia, cita Febbro, un renacimiento bajo el impulso de la nueva generación que se despertó una mañana con la amenaza de Le Pen.

Esa juventud acude ahora “a borbotones a inscribirse en cuanta asociación humanitaria existe”.

Los jóvenes querían hacer el bien y la situación política francesa les mostró el camino.

– “La juventud comprende muy bien la necesidad del antirracismo y la urgencia de combatirlo”.

Febbro destaca “la enorme necesidad de diálogo, de intercambio y de compromiso que demuestran las jóvenes generaciones. Hemos estado literalmente sumergidos por las demandas. Los jóvenes estaban realmente angustiados. Estas dos semanas de marchas y debates fueron como una terapia de grupo necesaria”.

Creativa, alegre, combativa, fraternal, espontánea y solidaria, la generación que pobló las calles con decenas de miles de carteles diciendo “No” descubrió que no estaba sola como creía.

– “Descubrí que podíamos contar con los demás, que todo esa gente que se manifestaba lo hacía por el mismo principio; que, por encima de las apariencias, formábamos una comunidad de ideas, de sentimientos, de principios comunes”.

Estos nuevos militantes contra la intolerancia renovaron la acción ciudadana aportando su propia cultura: internet, teléfonos portátiles, mensajerías, mensajes en las radios adolescentes musicales, etc.

La gran movilización de lo que en Francia se conoce como “los ados” (adolescentes) sorprendió a sus mismos protagonistas.

– “La política vino a perturbar nuestra adolescencia. Nos sentimos interpelados, casi forzados a meternos en un terreno que, hasta el 21 de abril, creíamos reservado a la generación que estaba encima de nosotros”.

– “Esos bachilleres del 21 de abril son como los estudiantes que, el 11 de noviembre de 1940, se manifestaban solos contra los nazis en París”.

– “Nos sentimos indignados. Reaccionamos con rabia, sin pensar en la izquierda o la derecha. Queríamos evitar la vejación. Hoy, después de todo, siento que les hemos demostrado a nuestros padres, a la sociedad y a nosotros mismos que no éramos esos individualistas sin alma. Sabemos que podemos ser útiles a la sociedad. No somos corderos”.

La generación francesa del 2002 resulta ser un buen ejemplo para que los estadounidenses detengan a Trump, para que frustren sus aspiraciones a la candidatura republicana primero y, si es necesario, impidan su arribo a la presidencia de los Estados Unidos. ¡Hasta siempre!