Crónica de una Muerte Frustrada

Por: Leopoldo Sánchez Duarte                                                                                                                                                                                                    

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Cuernavaca, Morelos, primavera de 2018.

Alguien me habló todos los días de mi vida al oído, despacio, lentamente.

Me dijo: “¡vive, vive, vive”! Era la muerte.

Jaime Sabines.

Marco intuía que algo andaba mal; su ánimo, otrora muy bueno, se encontraba demasiado bajo; todo lo dejaba pendiente; se sentía cansado, desganado y sin mayor o escaso interés por todo aquello que normalmente le atraía y disfrutaba: la equitación, el gimnasio, la lectura, el teatro, el cine, la música, una buena mesa acompañada de un vino mejor, aderezada con la charla amena y el intercambio de opiniones, chanzas y comentarios agudos de  personas inteligentes, talentosas con las que ahora prefería compartir en lugar de hacerlo con gente menor, como ocurría antes.

Y es que con el tiempo el abogado se había vuelto melindroso, hasta puntilloso respecto de sus relaciones. Durante muchos años, trató y alternó con todo tipo de personas no importando su estatura moral y su buena o pésima educación; su trabajo así lo exigía; no podía hacer otra cosa, de manera que hubo de soportar borrachines necios, artistas e intelectuales arrogantes, politiquillos fatuos, empresarios voraces y periodistas chantajistas que exigían su atención a toda hora y que lo desvelaban y le quitaban tiempo y dinero a cambio de nada como no fuera su inservible neutralidad profesional. Pero también entonces conoció personas de gran valía a quienes respetaba y con quienes, después de su retiro profesional, mantenía una relación cordial y de permanente afecto que había prevalecido por muchos años durante los cuales se volvió cada vez más y más selectivo, a grado tal que no aceptaba ni acudía a compromisos con desconocidos, a menos que contaran con el aval de su reputación o el de alguno de sus verdaderos amigos.

Y sin embargo, habían transcurrido varios meses durante los cuales no asistió ni al teatro, ni al cine; no hacía ejercicio, leía a ratos y se la pasaba dormitando mientras veía televisión sin apenas enterarse de su contenido; y lo más singular: bajo cualquier pretexto, evitaba o cancelaba desayunos, comidas o tertulias con los amigos. No le apetecía y punto. De los caballos y del gimnasio ni se acordaba.

Al regresar a casa sufrió un nuevo desmayo…

Preocupada por cambios tan evidentes de conducta, su esposa pensó que posiblemente pasaba por una depresión y, en consecuencia, le sugirió someterse a exámenes físicos y psicológicos y, si bien, aceptó someterse a un chequeo médico de rutina, se negó terminantemente a recurrir a un psiquiatra.

- No estoy chiflado ni deprimido y ¡no necesito un loquero, olvídenlo!; Últimamente me siento cansado y punto, ¡ya se me pasará! – afirmó,  tajante-.

Así las cosas, en ocasión de una comida con la familia, al regresar a casa, sufrió un nuevo desmayo a consecuencia del cual cayó y se golpeó la cabeza, por lo que sus hijos llamaron a una ambulancia y lo trasladaron a la sala de urgencias del hospital más cercano al cual llegó consciente aunque confundido y donde permaneció algunas horas en las que fue sometido a varias pruebas entre otras un electro cardiograma en el que, según el médico de guardia, no se apreciaban lesiones o irregularidades en el trazo que pudieran explicar el desvanecimiento sufrido, de manera que lo atribuyó a una baja de presión probablemente ocasionada por uno de los medicamentos para la hipertensión que tomaba diariamente. Seguidamente, lo dieron de alta después de cobrarle una cifra astronómica por la atención recibida.

- “Puede irse tranquilo a su casa ya se encuentra bien, pero le recomiendo que vaya a ver a su médico para una nueva revisión y posible ajuste de sus medicamentos”.

Huelga decir que desatendió la sugerencia del facultativo. De regreso en su domicilio, se olvidó del asunto para retomar el lento, parsimonioso ritmo de vida al que se estaba habituando, hasta que, unos días después, empezó a experimentar mareos más y más frecuentes que ocurrían cuando se ponía de pie. Cierta mañana, al vértigo siguió otro desmayo al levantarse de la cama y aunque éste fue breve, una vez recuperada la conciencia, no solamente le fue imposible ocultarlo, sino que esta vez se asustó, se preocupó y, desde luego, acuciado por su esposa, decidió recurrir al médico.

El doctor Leonardo Krill, egresado con los máximos honores de la Universidad La Salle; especializado en medicina interna y geriatría, quien era su amigo y médico de confianza, lo recibió como siempre cordial, amable y, una vez enterado de lo ocurrido, después de interrogarlo y de cotejar los resultados de los exámenes a los que fue sometido durante la emergencia, procedió, a su vez, a examinarlo; le tomó la presión, checó su pulso, su vista y escuchó pulmones y corazón; después le practicó un nuevo electro cardiograma, el cual, después de mirar detenidamente, lo repitió con gesto preocupado, que no escapó a Marco.

_”Tenemos, pues, un problema que debe ser atendido lo antes posible…Mi querido Marco, no es la primera ocasión que te practico un electro y siempre resultaron normales, incluido el de tu último chequeo, amigo. Al examinarte con el estetoscopio encontré tus latidos un tanto acelerados, por eso te hice un nuevo electro, y si lo repetí fue porque el trazo arroja una posible fibrilación y taquicardia con pausas prolongadas, lo que pudiera haber provocado los desmayos que has sufrido y no la medicación como te dijeron. Tenemos, pues, un problema que podemos atemperar con anti coagulantes y medicinas para la taquicardia, pero que debe ser atendido lo antes posible – subrayó con preocupación - por un cardiólogo calificado, de manera que te voy a referir con el doctor Cohen a quien ya conoces para que, de ser posible te vea mañana mismo, no olvides mostrarle este trazo - se refería al electro el cual le entregó- te ofrezco

hablar con él para ponerlo en antecedentes, mientras  tanto, preferiría que suspendas todo ejercicio o esfuerzo físico,  y te quedes tranquilo en casa ¿de acuerdo?”.

Evidentemente había un problema y muy serio, como pudo constatar cuando, al día siguiente, el doctor Cohen, una vez que lo examinara a conciencia y después de un electro más y un ultrasonido del corazón, confirmó el diagnóstico de su colega Krill. Sin embargo y a fin de asegurarse y constatar la magnitud del asunto, le instaló un aparato llamado Holter con sensores en el pecho a fin de monitorear el funcionamiento de su corazón durante nada menos que  24 horas. Mientras tanto le suministró anticoagulantes y medicamentos para la taquicardia a fin de “protegerlo” – ¡Eso dijo para su mayor alarma! -en espera del resultado.

Era indispensable, urgente implantar un Marcapaso.

Al día siguiente, tal y como Marco temía, se confirmó el diagnóstico de los médicos; La conclusión fue: “Síndrome de taquicardia- Bradicardia y Fibrilación Auricular Paroxística, con pausa sinusal de hasta 3.8 segundos en la madrugada + bloqueo AV 1 grado” lo que, traducido, significaba sin la menor duda que su corazón no estaba funcionando adecuadamente. Estaba, pues, en dificultades, su condición implicaba una alta posibilidad de que se formaran coágulos y éstos provocaran un infarto cerebral de graves consecuencias. El asunto no podía esperar, no había alternativa. Era indispensable, urgente, implantar un marcapaso, le comunicó el cardiólogo.

- ¿Cuándo sería la intervención y en qué consiste doctor?, preguntó no muy animado, procurando guardar la compostura, no obstante la enorme aprensión,  incertidumbre y temor que le invadían.

- “Por mí, cuanto antes mejor, pero necesitamos hablar con el cirujano doctor Felipe Ortiz quien ejerce en Médica Sur y en el Instituto Nacional de Cardiología, para saber cuándo podemos contar con él y su equipo; mientras tanto, Marco, vamos a internarte a partir de mañana. A fin de mantener un buen control de tu corazón colocaremos una solución intravenosa a través de la cual te ministraremos los medicamentos indispensables para protegerte en espera del implante”.

-“Para tu tranquilidad y la de tu familia - agregó el doctor -, te comento que se trata de un procedimiento relativamente sencillo que consiste en conectar dos cables, uno en la aurícula izquierda y el otro en el ventrículo derecho de tu corazón al que vamos a acceder con un catéter a través de la vena subclavia partiendo del Marcapaso que colocaremos en el pectoral a la altura de la clavícula izquierda. La intervención se realiza bajo anestesia local y su duración es de sólo una hora aproximadamente. El cirujano Ortiz tiene muchísima experiencia, yo he atendido infinidad de casos similares al tuyo con él, y siempre con magníficos resultados, te lo aseguro – concluyó el Dr. Cohen, estrechando su diestra para despedirse - Hasta mañana, entonces, amigo”.

-¡Gracias médico!, tu explicación me tranquiliza, por un momento pensé que la operación sería más complicada y de mayor riesgo. Confío plenamente en tu experiencia profesional Se hará lo que propones. Mañana por la mañana me presentaré en este hospital, por supuesto.

_”Tu cardiólogo está en lo justo, no tienes alternativa…”

De regreso en casa, llamó a un cardiólogo amigo suyo el doctor Eduardo Chavira de Médica Sur de la CDMX a quien relató  lo ocurrido y  leyó las conclusiones del informe médico resultado del monitoreo efectuado con el Holter, sin olvidar consultarle, desde luego, sobre las aptitudes y habilidades profesionales de su colega el cirujano doctor Felipe Ortiz.

-“De acuerdo con las conclusiones del informe médico que me leíste, tu cardiólogo está en lo justo, el implante no sólo es aconsejable, sino indispensable; no tienes alternativa si quieres preservar y prolongar tu vida en condiciones todavía óptimas para tu edad.  Afortunadamente no hay lesión cardiaca, ni has sufrido un infarto, lo que facilita tu condición para la intervención; en cuanto al cirujano lo conozco y te puedo asegurar que es de lo más calificado. Un gran médico, no puedes estar en mejores manos, mi estimado Marco. De cualquier manera y con mucho gusto voy a hablar con él si no tienes inconveniente, ¿Ok?”

-¡Por supuesto Eduardo¡ No sabes cuánto agradezco tu orientación, hermano; ni hablar, vamos a entrarle, ¡No hay de otra! Yo no me quiero morir, por supuesto, pero tampoco me interesa vivir con limitaciones y expuesto, como me han dicho a un infarto cerebral y a la secuela de una hemiplejia e invalidez total o parcial ¡No lo soportaría!

-“Haces bien; ya verás, todo saldrá perfectamente y lo que es muy importante: tendrás una buena calidad de vida, te lo aseguro ¡Suerte mi querido Marco!”

Tenía pendientes que resolver, motivos para sobrevivir…

Ya más sosegado aunque no del todo, - sea como fuere se trataba de una cirugía de corazón, lo que no era cualquier cosa - animado por las palabras del doctor Chavira, se percató de que no había marcha atrás y se dispuso anímicamente a sortear este nuevo obstáculo que la vida le presentaba. Lo trascendente era salir adelante como siempre lo había hecho, no importando lo que pudiera ocurrir en el intento. Sólo se equivoca quien no se atreve. La existencia es una lección de sobrevivencia – se decía- y para vencer la adversidad se requiere voluntad, reciedumbre, pasión y amor por la vida. Y si bien la interrupción de la existencia, su final, es inevitable y hay que asumirlo, él todavía tenía pendientes que resolver, motivos por los cuales vivir, así que estaba decidido, dispuesto a continuar para lograrlo – pensaba persuadido.

Esa misma tarde se reunió con su mujer y sus hijos para informarles sobre su inminente e inesperada intervención. Lo hizo con calma, con mesura, procurando no alarmarlos, hasta restándole importancia al asunto; se trataba de una operación practicada con anestesia local y sedación, relativamente sencilla y breve – no más de una hora- de manera que no había porqué inquietarse demasiado, todo saldría bien – les dijo-

La familia lo tomó bien, aunque desde luego, se preocuparon, en especial su hija menor, médico cirujano a su vez, quien resolvió comunicarse con el doctor Cohen para conocer mayores detalles sobre la intervención. Amable, éste habló largamente con ella, lo que contribuyó a tranquilizarla al igual que a su madre y hermanos. De cualquier manera su hija estaría con él durante la operación. A su mujer le dio instrucciones sobre qué hacer en el remoto caso de un problema mayor, incluido su deceso; ella lo escuchó y tomó nota, sí, pero le reiteró que no había nada que temer, que lo tomara con calma.

Estaba más preocupado de lo que aparentaba…

Marco se sintió confortado y agradecido por  el  apego y el amor de su familia. Cuando nos percatamos de cuanto significamos para los demás, en especial nuestros seres queridos, encontramos que nuestra existencia, plena en experiencias y resultados buenos y malos, vivida con alegrías y tristezas, sí, pero también con acierto y sabiduría, ha tenido, tiene y seguirá teniendo enorme sentido.

Y sin embargo, la verdad es que estaba más preocupado de lo que aparentaba y reconocía. Si bien le habían asegurado que los riesgos eran mínimos, cualquier cosa podía ocurrir y no podía hacer nada para evitarlo. La moneda estaba en el aire.

El día siguiente, después de una mala noche, plagada de aprensión, temor y malos presentimientos, Marco Polo ingresó en el hospital dispuesto a enfrentar lo que viniera. Su familia estaba con él y su hija preparada para ingresar al quirófano autorizada por el doctor Cohen.

Una vez en el quirófano al que llegó acompañado por su hija, sedado pero consciente; después de saludar al doctor Cohen que ya lo esperaba y agradecer su presencia al cirujano doctor Ortiz quien le causó una buena impresión, lo pasaron a la mesa de operaciones, le administraron un sedante más potente, aplicaron anestesia local y procedieron a efectuar la intervención, la cual se realizaría con el auxilio de un monitor de Rayos X, mediante el cual observarían todos y cada uno de los procedimientos y fases de la misma. Atenta, un tanto preocupada, su hija participaba como espectadora de la operación.

Por un instante, Marco pensó que tal vez no despertaría…

Primeramente, efectuaron un corte horizontal en el pectoral izquierdo, cauterizaron y procedieron a incrustar el Marcapaso entre la piel y el músculo, enseguida puncionaron la vena Subclavia ( bajo la clavícula)  para introducir el primer catéter hasta el ventrículo derecho del corazón, hecho lo cual bajaron el cable, lo atornillaron en el músculo del ventrículo, lo probaron produciendo extrasístoles controladas; enseguida, repitieron el procedimiento con el segundo cable, esta vez hacia la aurícula izquierda, pero al hacerlo el corazón entró en fibrilación, lo que impedía comprobar su adecuado funcionamiento. Optaron entonces por la ministración de medicamentos para controlarla; lo hicieron por espacio de cincuenta minutos sin lograrlo, de manera que preocupados por la posible formación de coágulos y sus consecuencias neurológicas, pero también resueltos a culminar  la operación, decidieron aplicarle un desfibrilador (choques eléctricos) no sin antes prevenirlo, entubarlo y someterlo a una anestesia general.  Antes de caer en las profundidades de la anestesia, en la oscuridad, en la inconsciencia total, por un instante, Marco pensó que tal vez no despertaría.

Por fortuna no ocurrió así y la operación, que se prolongó por más de dos horas, culminó con éxito para gran alivio de los facultativos y de su hijita que la pasó mal durante la fase de desfibrilación y lo que le siguió, pues “no es lo mismo asistir, participar en tantas cirugías que he vivido como médico, que hacerlo cuando el paciente es nada menos que tu padre”,  dijo, todavía mortificada.

De regreso en su habitación, después de un período de observación, todavía amodorrado aunque consciente, de vuelta en este planeta, informado del feliz resultado de la intervención, Marco dio gracias al Creador y a los médicos por haberle regalado un tiempo más de vida; una vida que se proponía vivir con intensidad, con alegría, con pasión y con amor, cerca, muy cerca de su familia, su mujer, sus hijos tan queridos y solidarios así como de los pocos, contados amigos  que contaba al final del camino.

Después de todo – concluyó animado – esta vez la Parca no se salió con la suya; se quedó con un palmo de narices, la mía fue, no me cabe la menor duda…una muerte frustrada.