Amor, Orgullo y Poder

Por: Cecilio García Cruz

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Jesús te ampare

El amor de un padre a un hijo es más grande que su propio orgullo.

Marco Aurelio --uno de los emperadores más prestigiosos del Imperio romano--, al ver que su hijo Cómodo insistía perniciosamente en sucederlo, lo acarició y le explicó que no era el momento porque sus debilidades eran más acentuadas que sus virtudes.

Roma no merecía a un personaje arrogante, perverso, carente de liderazgo, valentía, inteligencia y carisma.

Sin embargo, Marco Aurelio “El sabio”, tuvo que cederle el trono porque Cómodo al nacer ya era considerado heredero oficial.

Al principio su gobierno fue moderado pero después cayó en una paranoia incontrolable que llevó al Imperio romano a una de sus mayores crisis desde los tiempos de Calígula, Nerón o Domiciano.

Una historia similar de amor, orgullo y poder se escribió recientemente en nuestro querido Veracruz, pedacito de patria que sabe sufrir y cantar.

Desde que Yunes Linares llegó a la minigubernatura, se forjó una misión política posible pero descabellada: hacer que su “retoño” lo sucediera en el trono.

Planeó una monarquía de Estado para perpetuarse 12 años en el poder. Una idea majestuosa, pero de gran riesgo.

La decisión de que su hijo participara en la contienda electoral,  “pese a quién le pese”, fue esquizofrénica porque pudo reconocer que Veracruz es cuna del liberalismo.

Al imponer a su vástago como aspirante a la gubernatura --sin importar el mérito para ocupar el cargo, sino su lealtad o alianza--,  tropezó simple y llanamente con el nepotismo.

Jugó a la López Portillo: cuando su hijo José Ramón fue incorporado a su gabinete, el Presidente en una declaración pública explicó con un cinismo portentoso la decisión: “Es el orgullo de mi nepotismo”.

La derrota del 1 de julio se incubó en la misma designación. Nadie intentó hacerlo entrar en razón.  El proyecto era gobernar 2 sexenios pero se atravesó la arrogancia que pudo más que el entendimiento mismo.

Olvidó lo fundamental: cumplir con las propuestas de campaña que generaron enormes expectativas.

Creyó que culpando de todos los males a Javier Duarte, encarcelando a algunos de sus secuaces y “recuperando” cientos de millones de pesos, había cumplido con el electorado.

La nula sensibilidad con que se maneja la familia azul no le permitió percibir la angustia de los ciudadanos quienes padecen la inseguridad en las puertas de sus hogares.

La altivez elitista ignoró a los burócratas desempleados quienes tienen que llevar alimento a su casa, luego de ser despedidos injustamente por el simple “pecado” de no comulgar con sus creencias políticas.

El pueblo se las cobró.

El resultado: Cuitláhuac García Jiménez se impuso a la soberbia con una amplia ventaja y actitud humilde.

Sólo se montó en la ola “pejista” que invadió al país en forma inédita y conquistó una silla manchada de irregularidades.

La diferencia de votos fue de 213 mil 301.

Ni los cientos de miles de despensas que se regalaron, ni las tarjetas de descuento y menos las amenazas de los servidores públicos, sirvieron para alcanzar el objetivo central.

Se llegó hasta la intimidación para lograr adeptos y votos.

De nada sirvió tirar a la basura una cifra millonaria para “llenar” en forma imponente la Macro Plaza del Malecón en el puerto de Veracruz en el cierre de campaña, como en los viejos tiempos del PRI.

Se confirmó que los “acarreados” ya razonan su voto.

Hace dos años los veracruzanos sufragaron por un cambio, ante el hartazgo de los que hicieron del gobierno un cochinero.

Querían justicia, acabar con la impunidad y desterrar la corrupción.

Y Yunes Linares prometió en campaña lo que todos querían escuchar y salió victorioso.

Pero no cumplió. Su mente traviesa estaba fija en la sucesión.

Por ello, la inseguridad se incrementó, la economía se debilitó y las deudas crecieron a la par del malestar social.

En resumen, los males que se iban a combatir se perfeccionaron.

Y llegaron los morenos.

Por eso, los hijos deben heredar de sus padres los valores y no los errores y horrores.

Las enseñanzas que se transmiten perduran más allá de la juventud para poder distinguir el bien del mal.

El emperador Marco Aurelio escribió un legado de frases que tienen vigencia hoy día y que incitan al individuo a vivir en paz consigo mismo y evadirse de lo que hagan los demás.

Dos de ellas son contundentes: “Si no es correcto, no lo hagas. Si no es verdad,  no lo digas” y “La mejor venganza es ser diferente a quien causó el daño”.