Cómo no los vamos a querer

En las nubes                                                                                              

Carlos Ravelo Galindo, afirma: Por supuesto todo nuestro cariño y respeto al ingeniero Alejandro Gómez Cobián. Nos platica una anécdota de nuestra vida. Y nosotros respondemos algo del hijo del contador  don Alejandro Gómez Béjar  y doña Yolanda Gómez  Cobián. Compadres nuestros, ya extintos.

Primero la nuestra.                                                                                                 

No olvidaremos nunca cuando Ignacio, nuestro ya fallecido hermanito, lo presentó al entonces Presidente de México, Miguel de la Madrid Hurtado, en el banquete de boda  del abogado Jorge Alberto Ravelo Reyes con la arquitecto  Marta Barba Fernández.                                                                                                  

Hasta la mesa que compartíamos Bety y yo con el Ejecutivo y doña Paloma, su esposa, llegaron Nachito y Alejandro.                                                     

Y sin más,  el primero presentó al segundo por su apodo: “Señor Presidente, le presento a “El Pollo”, sin decir su nombre.                                            

A lo que con toda cortesía, don Miguel, respondió: “Mucho gusto don Pollo”.  Era así don Miguel, irónico y gentil.                                      

Y después de esta digresión,  la que rememora a “El Pollo”, a quien así llamábamos con cariño por su corpulencia desde su más tierna infancia, nos dice nuestro ahijado de bautizo: “Tenemos la oportunidad de ser guionistas y protagonistas de nuestra historia “. Con tu permiso, te comparto otra historia, al bote pronto y sin retoques.                                                                             

“... una noche tibia nos conocimos, junto al lago azul de Ipacaraí... una canción de moda que las estaciones de radio repetían con frecuencia, antes que la “ola inglesa” musical nos invadiera.           

“Sonaba en las bocinas del radio Blauck Point del flamante Mercedes Benz 220 SE color nogal  modelo 1963.                                                            

“Nos dirigíamos en tu coche,  del antiguo DF hacia el Puerto de Acapulco, por aquella angosta carretera libre.                                                           

“Mi Padrino, pese a su naturaleza inquieta, serenamente asido al esbelto y negro volante, cortaba las curvas y nos hacía uno con aquel desplazamiento armónico y grato; mi madrina Bety, a su lado;  los Chachos, tus hijos,  en la parte trasera y yo con ellos, como un eventual, pero frecuente hermano adoptivo...”

“Recuerdo que al regresar a casa después de la estancia en el Hotel Villa España en Acapulco, donde también tuve imborrables experiencias, salí a andar en mi bicicleta por las entonces casi vacías calles de Ciudad Satélite.    

“Tomaba el manubrio de mi bici. Trataba  de imitar a mi Padrino y tarareaba “Recuerdos de Ipacaraí” y hacer presente aquel luminoso pasaje en la carretera.                                                                                  

“Creo que aún yo escucho aquella canción que nunca me aprendí completa.                                                                                                  

“Como éste segmento de mi vida, existen muchos más“

Mis padrinos, son parte  fundamental de mi existencia. Siempre vigentes. Siempre presentes, mucho más de lo que imaginas.                       

“Te quiere mucho el Pollo”.                                                                          

Cómo, repetimos Bety, desde el cielo y yo, aquí en la tierra del ungido, no los vamos a quererlos  a ti, a Teté y a Yolanda, tus hermanas, nuestras hijas.                                                                  

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Tenemos la oportunidad de ser guionistas y protagonistas de nuestra historia. “

Gracias por compartirlo Padrino.

 

Con tu permiso, te comparto otra historia, al bote pronto y sin retoques :

 

“... una noche tibia nos conocimos, junto al lago azul de Ipacaraí... una canción de moda que las estaciones de radio repetían con frecuencia, antes que la “ola inglesa” musical nos invadiera. Sonaba en las bocinas del radio Blauck Point del flamante Mercedes Benz 220 SE color nogal  mod. 1963. Nos dirigíamos del antiguo DF hacia el Puerto de Acapulco, por aquella angosta carretera libre.  MI Padrino, pese a su naturaleza inquieta, serenamente asido al esbelto y negro volante, cortaba las curvas y nos hacía uno con aquel desplazamiento armónico y grato; mi madrina a su lado;  los Chachos en la parte trasera y yo con ellos, como un eventual, pero frecuente hermano adoptivo...”

Recuerdo que al regresar a casa después de la estancia en el Hotel Villa España en Acapulco, donde también tuve imborrables experiencias, salí a andar en mi bicicleta por las entonces casi vacías calles de Ciudad Satélite. Tomaba el manubrio de mi bici, tratando de imitar a mi Padrino y tarareaba “Recuerdos de Ipacaraí” y hacer presente aquel luminoso pasaje en la carretera.

Creo que aún lo sigo haciendo y sólo yo escucho aquella canción que nunca me aprendí completa.

Como éste segmento de mi vida, existen muchos más. Mis padrinos, son parte fundamental de mi existencia,  siempre vigentes, siempre presentes, mucho más de lo que imaginas.

Gracias por lo que me sigues aportando. Te prometo hacer lo imposible por no defraudarte.

Te quiere mucho el Pollo.