La Migración Francesa (2 y fin)

En las nubes   

Carlos Ravelo Galindo, afirma: Recuerda doña Norma L. Vázquez Alanís que  durante la Revolución Mexicana comerciantes franceses financiaron a “unos cuantos tontos levantados en armas”

Con el tema nos platica  un relato salpicado de anécdotas de quienes desde Francia vinieron a este país en el siglo XIX.                                                                                                                                       

Al  llegar a México, descubrían que comprar y vender era un gran negocio y construyeron el mercado al traer todos los productos necesarios, desde medicinas contra las agruras hasta tintes para el cabello; podían vender de todo.  

Recordemos, dijo, que junto con Maximiliano llegó por primera vez a México un equipo de científicos franceses entre antropólogos, arqueólogos, botánicos, mineralogistas, cartógrafos y muchos otros especialistas, que se fueron y regresaron a través de los años no como inmigrantes, sino como visitantes distinguidos que venían invitados a dar conferencias.                                                                                    

Abrieron una relación cultural sistemática entre México y Francia que hoy representa en buena medida el Centro de Estudios de mexicanos   y centroamericanos (CEMCA). En ese tiempo se fundaron la Comisión Científica en México y la Comisión Científica, Literaria y Artística de México.

Muchos de los franceses negociantes que se quedaron a vivir en México supieron también vender y comprar cultura, porque además fueron editores. Fundaron grandes empresas editoriales y una de las más importantes fue la de la viuda de Poblet, pues casi cualquier biblioteca tiene libros con su sello.

Esta casa publicó numerosos textos trascendentales que salían simultáneamente en Francia y en América, explicó.

Por cierto, agregó, la casa de la viuda de Poblet tenía en el porfiriato la concesión para imprimir los libros de texto, de suerte que no era cualquier empresa editorial.

Y como los manuales de comercio estaban en francés, fueron de esa nacionalidad quienes establecieron las primeras academias comerciales en México -ejemplo que siguieron los españoles-, pues querían tener empleados especializados y así surgieron la Escuela Cámara de Comercio y la Bancaria y Comercial.                                                         

Es imposible estudiar a los franceses sólo como inmigrantes, ya que siguieron como extranjeros en México porque no había un motivo poderoso que los expulsara de su tierra natal.

A México llegaron en el siglo XIX los representantes de perfumerías francesas, los joyeros del centro de París y agentes de las empresas de maquinaria, pero en determinado momento algunos de esos comerciantes comenzaron a interesarse en la industria textil y quisieron competir al máximo, de suerte que trajeron técnicos especializados en determinados procesos de la tela, como la pintura y el diseño, así como ingenieros o químicos textiles.

La historia de la Revolución Mexicana está asociada inevitablemente con los franceses, ya que eran explotadores de sus paisanos y de la clase trabajadora nacional, pues no solamente daban bajos salarios a los obreros textiles de Río Blanco, sino que sus pobres parientes que venían a trabajar de administradores de sus grandes almacenes o de cuidadores de las haciendas y las minas, trabajaban por lo general 14 horas. De manera que la lucha de muchos franceses desde antes de la Revolución Mexicana fue por el descanso dominical, básicamente para asistirá misa pues en su mayoría eran católicos.

Sin embargo, cuando se inició la Revolución un periódico muy importante de la colonia francesa aquí, ‘El correo de México’, consideraba que “había unos cuantos tontos levantados en armas” y las noticias eran todas prácticamente de Francia, había muy poco interés por lo que pasaba en México, parecía que no pasaba nada en este país y solo publicaban artículos alabando a Porfirio Díaz y a José Yves Limantour.

Este último promovió mucho la inversión directa de Francia en la banca y a fines del porfiriato el capital francés metropolitano y el capital de los ricos franceses, que no era poco, estaba muy bien ubicado en el Banco de Londres y México; eran los representantes de los intereses franceses y muy particularmente de la deuda que México tenía contraída con Francia desde muchos años atrás. Así, su peso político no era cualquier cosa porque eran propietarios de una buena parte de la industria nacional, aclaró la doctora Salazar Anaya.

Hay que reconocer, señaló, que los franceses fueron muy hábiles e inteligentes para negociar con quien venía; muy pronto se dieron cuenta de que Porfirio Díaz iba a caer y empezaron a validar la Revolución, aceptaron de alguna manera a Francisco I. Madero en cuanto llegó al poder, pero como éste no logró controlar a algunos grupos de obreros que se inconformaron contra sus patrones franceses, determinó que pagaría “cualquier vidrio roto durante la Revolución a los extranjeros que hubieran vivido legítimamente y que no hubieran tenido la protección del gobierno en turno”.

El tema de las reclamaciones en la Revolución Mexicana estaba basado en que México había firmado un Tratado de amistad y comercio con Francia en 1880. La mayoría de los reclamos fueron por las cuotas revolucionarias forzosas, es decir, cuando las tropas revolucionarias necesitaban armas, ropa o alimentos iban a los comercios -principalmente extranjeros- y se llevaban lo que requerían, pero los franceses les hacían firmar un documento en el cual se especificaba la mercancía entregada, así que sistemáticamente estaban siendo los financieros de la Revolución, pero sus pérdidas les eran retribuidas.

Posteriormente, los comerciantes que se quedaron en México todo el periodo revolucionario se quejaron sistemáticamente de que el gobierno de Venustiano Carranza no había respetado el acuerdo de pago de sus pérdidas.

En ese tiempo Europa también entró en guerra y los franceses radicados en México tuvieron que olvidarse de sus demandas, concluyó la ponente.

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