Con suspiro

En las nubes

Carlos Ravelo Galindo, afirma: De nueva cuenta el gremio periodístico padece del asesinato de otro compañero: la Procuraduría General de Justicia de Tamaulipas informó la mañana de este martes 29 de mayo, del hallazgo del cuerpo sin vida del periodista Héctor González Antonio,  en Ciudad Victoria.     

Se desempeñaba como corresponsal del diario Excélsior.                            

La cifra lúgubre y trágica que atenta contra el ejercicio de la Libertad de Expresión y el Derecho a la Información suma en 2018, 6 periodistas asesinados.                                                                                              

En el actual sexenio,  88 homicidios: 76 periodistas; 1 locutor; 4 familiares y 6 amigos de comunicadores, y 2 civiles.                                                                              

De 2000 a la fecha, son 225 homicidios: 192 periodistas; 1 locutor; 8 trabajadores de prensa; 12 familiares y 9 amigos de comunicadores.                                                                

Total de 1983 a la fecha 290 homicidios: 253 periodistas; 1 locutor;  8 trabajadores de prensa;  16 familiares y 12 amigos de comunicadores.

Nuestra pena nos abruma. No obstante, debemos ser estoicos en nuestra noble profesión.  Y recordamos que si quieres recibir atención positiva de quienes te rodean, sonreír es la manera de hacerlo.                                                                                                   

Aprovechemos la poesía del bardo campechano Carlos MacGregor,  para con  un suspiro mitigar el dolor.

“Madre:

casi siempre la vida nos enseña

tan demasiado tarde

la obligación suprema,

que las más veces pecamos de ingratos

con quien la gratitud

debiera ser eterna.

Pero llega un momento de equilibrio..                                                                          

para el alma incumplida,

en que no solamente

pagamos los desvíos,

sino que nivelamos la balanza

y con la ley cumplimos.

Y es hoy cuando me encuentro en esa etapa

tan difícil del hombre;

y es ella quien me guía,

para llegar hasta ti con mis penas

convertido en epístola.

¡El dolor me hace ver lo que tú eres,

y el dolor, ante ti me purifica!

Acaso si no hubiera sufrimientos,

no recordara nunca

lo que para mí fueron

tus siempre interminables fatigas

y tus noches de insomnio y de desvelo…

¡Cómo llega hasta mí tu voz de arrullo

que en la cuna meció tu carne misma;

y cómo se me incrustan en los poros

los pétalos sensibles de tus labios,

convertidos en besos

y en caricias…!

Y también se me acercan

los recuerdos

de las noches aquellas

- veladas infantiles

con mansedumbre y con quietud de cielo -,

en que tu voz nocturna

se transformaba en cuento.

Y en la rubia melena de las auras,

bajo tu amparo mis brincos traviesos,

corrían y corrían,

por llegar al colegio.

Y después, los veinte años;

¡ingrata juventud que todo olvida!

la ciudad que nos abre sus arterias;

y el amor que nos brinda,

no la paz confortable y hogareña

de tu amable sonrisa,

sino los vanos sinsabores torvos

de la carne maldita.

No era posible, madre,

un olvido tenaz a tu recuerdo;

y en el bajo salobre

de mis mares

hoy encalla en un ritmo de canciones

la quilla de mi nave…

Y mirando mi desmantelamiento,

desde la borda quisiera gritarte,

que el naufragio,

fue sólo porque un día

me hicieron falta tus caricias de aire,

y el aire de tus santas bendiciones

para hinchar mi velamen.

Y sin timón la barca,

y perdidos los rumbos,

¿qué es lo que quieres, madre, que yo haga…?

Buscar como he buscado de tu puerto

el faro que me guíe por tus aguas,

y anhelar el regazo de tu arena

para tirar el ancla.

Y a través de las letras

con que trazo esta carta,

profundizo mis arrepentimientos;

divago la pupila;

la frente altiva humillo,

y hasta el altar de tu perdón me acerco.

Transformando en epístola el cansancio

de todos mis ensueños,

hasta ti, llego, madre, arrepentido,

de la infeliz ausencia

con que llenó tu vida mi destierro.

Y en el dintel de tu vejez me postro,

- pecador de mis ansias y mis yerros -,

¡porque tú eres la madre!

¡porque yo soy el siervo!

Tus entrañas fecundas alumbraron

con sus calores mi estro

y porque soy el fruto de tu vientre

y el humano dolor de tus anhelos,

yo te bendigo, madre,

en la oración que rima

la cálida estructura de mi verso:

yo te bendigo, madre,

¡porque tus años florecieron rosas!

¡porque mi carne floreció en tu carne!

¡porque me diste el ritmo

del amor al amparo de tus senos,

yo te bendigo madre!

En esta edad madura en que quisiera

que el destino pagara

lo que debe,

la nerviosa cadencia caligráfica

de mis letras, se tiende,

por llegar a tus plantas y entregarte

lo que mi vida tiene;

¡esta bella locura de hacer versos,

y un corazón, oh, madre,

que únicamente a ti te pertenece!

Y luego de entregarme todo entero,

- río que al cauce vuelve -,

reclinarme en la paz de tu regazo,

y ser de nuevo el hijo que obedece;

y conciliar mis penas y tus penas,

y vivir tu presente,

y entreverar mis canas a tus canas,

y recibir la muerte,

bajo el amparo de tus bendiciones,

con tus manos cerrándome los ojos

y tus labios besándome la frente”

Sí, fue un suspiro. Y sonreímos pese al luto profesional.

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