Carta a mi maestro

En las nubes

Carlos Ravelo Galindo, afirma: Del bardo Carlos Mc Gregor  “Carta a mi maestro”  que ganó la Flor de Oro en Juegos Florales de la Cruz Roja Mexicana en 1942.

Con este poema representó a México en el año de 1943, en un concurso de la NBC de Nueva York.

Obtuvo el Título de “Poeta de las Américas” y el Primer Lugar para México.

Lo dedicamos a ellos, con modestia.

CARTA A MI MAESTRO

Maestro: estoy en  una edad en que se entiende fácilmente lo que vale tu verbo; y si escribo esta carta, es porque en mí se determina ahora tu figura indeleble, como una tinta china grabada sobre el lienzo carcomido del recuerdo.

Eres uno, Maestro, y eres todos los que en mi vida fueron: desde aquel mozo joven que me enseñó la O por lo redondo en la escuela del pueblo, hasta aquel viejecillo catedrático, que me enseñaba el álgebra, triturando atrozmente  mi cerebro.

Mi memoria te tiene, como imagen precisa de aquello que jamás el tiempo borra, y que en nosotros queda, saturando las horas de un perfume esencial que se eterniza recorriendo nuestro cinco sentidos, lo mismo que si fueran una gran avenida.

Maestro: mi letra es un enigma de esta noche, en que corre la tinta, - transcripción de la pluma -, sobre el blanco papel.

Si en mis ojos quedara alguna lágrima, con ella borraría el mapa de esta epístola, que no es sino la carta de un camino al que nunca jamás he de volver.

¡Me parece que tengo en las manos los métodos de Campillo y Raymundo de Miguel, y que van la metáfora y la imagen cruzando mi cerebro igual que ayer!

Góngora y Garcilaso que un día se perdieron en mí mismo, a través de tus frases me enseñaron el secreto sonoro donde palpita el ritmo.

¡Y me hiciste poeta! Y como una gratitud a tu genio, que me enseñó la ciencia suprema de hacer versos, mi homenaje se extiende en estas líneas bajo el dictado de mis sentimientos.

¿En qué forma podría yo pagarte esta lírica joya que tu enseñanza buriló en mi mente, y que es la brújula que me marca el rumbo por donde van los seres y donde están las cosas?

No ha existido ni existe el tesoro que logre ese prodigio: La tuya es una deuda que se incrusta a los días, los años y los siglos, y alguna ingratitud podrá olvidarla, pero saldarse, ¡nunca!

Maestro: Te has quedado como símbolo único en la ruda aspereza de mis años…Y te miro y te siento con tu Inri y tu Cruz, siempre marcando, la ruta de los pasos infantiles, la marcha de las locas juventudes, y la gloria del hombre, con tu paso.

Maestro: yo bendigo tu nombre de rodillas; y de pie en los dinteles de mi ocaso, venero con mis rimas la pálida blancura de tus canas como un plumón sagrado”.

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