Zaratustra (1 de 2)

En las nubes

Carlos Ravelo Galindo, afirma: Recordamos que el domingo 6 de mayo añadió un año más a la sabiduría nuestro amigo, el tres veces licenciado—economía, administración y periodista-- don Raúl Gómez Espinosa, director general de “Proyección Económica” y dos veces rector del Club Primera Plana. Y lo más importante, nuestro amigo.                                                         

Cuántas historias no  escuchamos  sobre  el libro,  “Así hablaba Zaratustra”. Fue un personaje de Federico Nietszche, quién era el escritor alemán  en que Adolfo Hitler  inspiró su libro “Mi Lucha”.                                

Al comentarlo con el doctor Fernando Calderón Ramírez de Aguilar, obtuvimos lo que definitivamente es la respuesta.                                                                             

Zoroastro fue apóstol en una época desconocida, probablemente en el siglo VII antes de la era cristiana (según los parsis, sería entre 660 y 583 a. C., es decir, antes de la fundación del imperio persa por Ciro el Grande en 546 a. C.).                                                                               

No cayó del cielo. Fue el fruto de una larga evolución, al mismo tiempo producto de una revolución brusca, deseada por el fundador iraní, quien se dio a sí mismo el título de reformador y pretendía restaurar en su pureza una serie de creencias y prácticas que se consideraban degeneradas.                                                                                   

La religión recibe el nombre de zoroastrismo por su fundador o mazdeísmo por su deidad. Sus escrituras sagradas son el Zend Avesta, constituidos (o rehechos) por los zoroastrianos.                                             

Desde la antigüedad se basan en la existencia de dos principios divinos en lucha eterna, uno bueno, creador del mundo (Sepanta Minu), y otro malo, destructor (Ankareh Minu).                                                        

Su deidad principal es Ahura Mazda, considerado por Zoroastro como el único creador increado de todo; su símbolo es el faravahar. Se relaciona con el mitraísmo y maniqueísmo en el periodo sasánida.           

Es preciso recordar que los iraníes pertenecían a un grupo de pueblos a los que se les ha llamado indoeuropeos porque el dominio de su actividad civilizadora cubre Europa e India, desde Islandia a Bengala y desde Gran Bretaña a Ceylán (la actual Sri Lanka).                           

Eran nómadas y vivían en las grandes planicies cubiertas de hierba que se extienden entre el Báltico y el mar Aral.                              

Se dedicaban a la caza y recolección de frutos y, sobre todo, a la cría de ganado, tanto bovino como ovino, de lo que obtenían lo esencial para su subsistencia. Hacia el tercer milenio a. C. ya estaban en las riberas del río Ganges.                                                                            

El profeta habla un dialecto arcaizante, difícil, el de los confines orientales del Irán, y toda su carrera se desarrolla ahí, desde los bordes de la Sogdiana a las cumbres del Seistán.                               

No se comprende bien porqué el reformador abandonara las regiones ricas, civilizadas y populosas del oeste para ganar las provincias marginales, casi desconocidas de los persas y de los medos, donde las predicaciones de un occidental habrían tenido pocas probabilidades de ser entendidas, entre otras cosas, porque habría abandonado su propia lengua para asimilar un dialecto aberrante mejor comprendido por los indios védicos de Cachemira que por los compatriotas de Ciro.                                                                                     

Aquí cabe decir que nadie es profeta en su tierra y que, en sus impenetrables designios, la providencia guio los pasos del fundador hacia las planicies y mesetas del noroeste, única región de Irán en donde su palabra podía ser comprendida.                                                        

A esto hay que añadir que el sabio señor tenía el poder de dar a su representante la habilidad necesaria para aprender las lenguas orientales.                                                                                              

Además, hay que recordar que nació en el seno de hombres dedicados a la liturgia y que fue educado para el sacerdocio.                                                               

Es importante recordar que Irán no conocía entonces, ni conoció después, un sistema de castas comparable al que en la misma época se había impuesto en la India brahmánica, por lo que el futuro profeta pudo elegir con libertad la profesión que poseía su padre y cuyo aprendizaje se iniciaba muy temprano (hacia los siete años de edad), momento en que el pequeño no podía expresar su opinión, ni para la elección de su carrera, ni con respecto al que debía ser su maestro.           

Así aprendió miles de estrofas que habría de utilizar más tarde para la celebración de los sacrificios que ofrecía a los que lo solicitaban y a beneficio de algún “rico patrono”. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.