Nuestra frágil Nación

En las nubes                                                                                               

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Carlos Ravelo Galindo, afirma: Nos han pedido algunos colegas tocar también el tema de nuestros valores. Acaso lo interpretemos en estos comentarios  porque como dice John Adams hay dos formas de conquistar y esclavizar a una nación. Una es a través de las armas y otra es a través de la deuda.                                                                                        

Siempre que se piensa en Joel Roberts Poinsett, se  recuerda con ira ya que la intriga siempre es y ha sido despreciable y este nefasto estadounidense fue uno de los más malos.                                           

Perverso e intrigante como pocos, según ha mostrado la historia, pregonaba a voz en cuello “Nada en mi opinión, es más absurdo que un estadista romántico, y yo soy contrario a los actos de hidalguía en materia política”.                                                                                                           

Lo que por ahora nos ocupa, explica el doctor Fernando Calderón Ramírez de Aguilar,  debe dejar claro que los mexicanos no somos los autores únicos de nuestra propia desgracia. No somos los arquitectos de nuestro propio destino, como quieren hacernos creer.       

En mucho de lo que nos sucede ha intervenido la conducta de la Madre Patria hacia sus colonias y nuestra estrecha cercanía a los estadounidenses que con su ambición y convencidos de su pseudo doctrina “del destino manifiesto” siempre han querido aprovecharse de nuestra nación por la corrupción que existía y existe.                                               

Es nuestra frágil nación en donde la honradez, el amor a la patria y la cultura no son sus principales virtudes por muchos motivos que todos intuimos o conocemos.                                                                        

El engendro nace el 2 de marzo de l779 en Charleston, Carolina del Sur. En el seno de una familia de la clase pudiente. Sus padres fueron Elisha Poinsett y Ann Richards.   Educado en Connecticut y enviado  a completarla en las naciones europeas, ya que era de ascendencia francesa, descendiente de hugonotes.                                     

Posteriormente estudió medicina, la cual abandonó al igual que las leyes.                                                                                                          

En Europa la vida lo sitúa en la universidad de Edimburgo en Escocia, pero él se mueve por otros caminos, por lo que se ubica en la Academia Militar de Woolwich, en donde los conocimientos y la práctica militares que adquiere  llenan su ánimo entusiasta.                                 

También de ahí sale y su familia empieza a sospechar la peor de las desgracias: que Joel Roberts es un despistado sin meta propenso a la haraganería.                                                                                                 

Pero no, él era un ambicioso que no sabía por dónde iniciarse.                                                                                                       

Otra era la tendencia de su ánimo: rodar por el mundo, aprender camino, conocer ciudades e idiomas nuevos. Así lo hizo durante siete años.                                                                          

Suiza e Italia le reciben en 1802. El año siguiente lo hacen la ciudad de Múnich y la hermosa Viena. Quería ver y vivir, no existir al margen de la vida, sino adentrarse profundamente en ella. Ahí recibe la noticia de la muerte de su padre, lo que obliga su regreso a Charleston, pero por poco tiempo.                                                                 

Se lanza a conocer las cataratas del Niágara, el río San Lorenzo, Quebec y Nueva Inglaterra. Toma notas en gran cantidad y afirma conocimientos totalmente empíricos: ver, saber, prever y obrar.  

En 1806 su alma inquieta lo lleva otra vez fuera de su país, ahora a Finlandia y Suecia: A fines del año la Corte y el invierno rusos le reciben en San Petersburgo. De ahí viaja a Moscú, Kazán, el mar Caspio, Astrakán, Bakú y Tiflis.                                                                        

Más adelante Moscú le ve partir de nuevo a San Petersburgo en donde el zar Alejandro, víctima de sus personales prendas, le sugiere quedar a su lado, con la Corte rumbosa y sibarita, cosa que no acepta.           

Posteriormente un general mexicano le hará ofertas mucho más tentadoras que tampoco acepta.                                                      

Joel Roberts  Poinsett era un fanático de su patria y por nada del mundo renunciaría al honor, según él, de ser ciudadano de Estados Unidos de América.                                                                      

Calderón Ramírez de Aguilar lo califica, con razón, casi el padre de la aristocracia.                                                                                         

Vuelto de Rusia toma un respiro en las aguas curativas de Bohemia. Se radica en Paris de donde regresa a su país para ser recibido ya con distinción por el presidente James Madison.                                  

Dista de ser un hombre cualquiera. Es amigo de la familia Real Prusiana y del zar Alejandro; íntimo de Guillermo de Humboldt y de Madame de Staël. Ha recibido de la vida las lecciones más eficaces, las que aferran el alma y no se pueden olvidar.                                                        

En 1810, con sólo 31 años encima, Poinsettt es ya un hombre ansioso de servir a su país. Es un hombre reservado de acendrado idealismo. Entiéndase bien, un idealista no un irrealista, pero físicamente un pobre hombre, un enfermo desde los primeros años de su juventud y a pesar de eso vivió 72 años y murió tuberculoso.                       

Se dice que cuando en un organismo endeble se enmarcan la ambición de poder y el claro talento, estos gestan una propensión peligrosa, más si se quiere natural, una propensión a la intriga.                          

Como Poinsett, los grandes integrantes de la historia han sido fuertes-débiles que buscan compensar sus deficiencias, no dar límite a los alcances de sus ambiciones y vencer a la larga por caminos sin luz donde las fuerzas dispares se equiparan, pero triunfar y vencer. Siempre. Eternamente cuida las situaciones que pudieran hacer luz a los planes acariciados en lo más recóndito de su mala conciencia.               

Dada su experiencia y los libros leídos por él, Poinsett es el hallazgo providencial de la diplomacia estadounidense. El presidente Madison ve en Joel al conocedor de la política europea y amigo de varios de sus dirigentes, además de que habla fluidamente, francés, español, italiano e inglés, lo que dio lugar a que Madison confiara en él.                                                                                                                            

El imperio español se tambaleaba y no podría soportar la cuarteadura sin rodar por entero. España había fracasado en el control y administración de sus colonias, las cuales ya sólo eran de nombre. El resto de las potencias europeas eran sus rivales.  Lo que ayudaría a que la cuarteadura llevara al desplome. No había ya autoridad real, las Colonias ultramarinas formaban ya Juntas de Gobierno, era el momento propicio de actuar para lograr el expansionismo estadounidense.             

Como era su costumbre, Inglaterra había tomado la delantera valiéndose de su prestigio, pero este hecho no podía hacer renunciar a los estadounidenses a su papel, a su “destino manifiesto”. Sin embargo, por estrategia no entró en un conflicto bélico con España, sino que dejó que ésta se desgastara con otras naciones hasta que terminara la relación colonial que por tres siglos había mantenido en el continente americano.

Poinsett fue enviado a Argentina el 13 de febrero de 1811 en calidad de una especie de agente secreto con instrucciones precisas para asuntos de tratados comerciales.                                                  

Haciéndose pasar como súbdito de su majestad, entró de incógnito al puerto de Buenos Aires a bordo de una nave inglesa.            

Burlados, los ingleses no se dieron cuenta sino cuando la presencia del intruso les resultó inevitable, pero durante su estancia ahí, éste se convenció de que, para toda la vida, en la lucha contra Inglaterra no podía ni debía actuar en la misma forma que con España y, además, que le sería imposible ganar.                                                             

Promovió y logró el rompimiento definitivo de España con la junta bonaerense, pero sólo hasta ahí llegaría.                                                        

Nombrado ya Cónsul, el 30 de abril de 1811 Janes Monroe, a la sazón Secretario de Estado, le comunica que “como habitantes del mismo hemisferio, como vecinos, los estadounidenses no pueden ser espectadores de un momento tan importante.                                                 

El destino de aquellas provincias tendrá que depender de ellas mismas, y que en el caso de que una revolución tuviera lugar, no es de dudarse que nuestra relación con ellas sería más íntima”. Esa comunicación vino a respaldar sus entusiasmos de catecúmeno. (Sigue 2ª. Parte)       

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