Ayer críticos, hoy serviles aduladores

Por Ángel Álvaro Peña

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Alma Grande

Los analistas de la realidad del país no lo eran. Trabajan por consigna y sólo para una parte de esa realidad en la que creen influir como líderes de opinión. Más de un crítico de la política nacional, que en su momento cobraron importancia por cuestionar excesos y debilidades de candidatos que los mexicanos favorecieron en las urnas, ahora se convirtieron en pajes de la difusión de las bondades de quienes antes criticaban.

Algunos de ellos, no pocos, era obligado leerlos porque daban a conocer parte de la podredumbre de la clase política, pero ahora se les ha olvidado esos defectos que reiteraban hasta la obsesión y alaban sin sonrojarse a quienes calificaban de indeseable.

Las convicciones basadas en hechos concretos parecen diluirse tratando de que su público olvide sus críticas, pero ese público tiene memoria y empezará a pensar que esas críticas no eran del todo ciertas. Los hechos pudieron ser tergiversados, las opiniones adquiridas por grandes intereses.

¿Cómo creer en quienes fortalecían la opinión de los mexicanos si ahora vemos la ligereza que muestran al irse con el ganador y olvidar a quien alabaron por casi seis años?

La fidelidad a la verdad es lo que hace grande o pequeño a un comunicador. La coherencia los incluye en la historia. Pero ni verdad no coherencia, simples intereses personales, de grupo y de empresa.

La prensa escrita se caracteriza por dejar testimonio de lo escrito. Por ser un certificado de las palabras de quienes ahora  cambian de bando como si se tratara de las preferencias de un partido político que llega a primera división y se olvidan del perdedor por no meter goles en las urnas, aunque ellos han cometido el error de anotarse varios autogoles.

Los responsables de la información en México forzaron la historia e intentaron hacerla propia, ponerla a su favor. Adueñarse de ella. Nadie, o muy pocos, les hizo caso. Perdieron. Pero ahora están con el ganador como si siempre hubieran estado en su porra.

Radiodifusoras como Radio Red y Formato 21, pedían no hacer caso de las encuestas, las descalificaban, también expresaban su desprecio por el candidato presidencial a quien ahora rinden pleitesía. Pero se supone que es a base de encuestas como miden su audiencia para subir o bajar los precios de sus tarifas.

Un locutor en Radio Red, mostraba obsesivamente su enemistad contra Morena, buscaba el mínimo pretexto para descalificar a cualquiera de sus candidatos de manera no sólo absurda sino obsesiva. No les hicieron caso en su intento por convertirse en líderes de opinión.

Hubo comentaristas con consigna abierta, el sobrino de Augusto Pinochet, Pablo Hiriart, el judío conservador Erza Chabot, y otros muchos, que luego de las elecciones parecieran decir que siempre habían apoyado la causa de Morena, con tal de no quedarse sin espacios.

No están acostumbrados a la libertad de expresión sino al comentario por consigna con lana de por medio. Es evidente.

Los medios de información se excedieron y repitieron las mismas fórmulas que en ocasiones anteriores, creyeron que les funcionaría. Se equivocaron. Les faltó creatividad y les sobró pereza.

Los mexicanos podremos tener los políticos que nos merecemos, esa frase de Joseph de Maistre (1753-1821), pero no merecemos a quienes por intereses personales tergiversaron la realidad faltando a su ética profesional y ahora hacen una fila para besar la mano del ganador.

Pero son los primeros en impedir cualquier restricción a sus fantasías en nombre de una libertad de expresión que nunca respetaron.

Por un respeto inmerecido a los colegas no difundimos algunos ejemplos que se acercaban más a una guerra sucia que al reflejo de la realidad. Los absurdos se sumaron unos tras otros hasta que la gente, acostumbrada a esos embates contra quienes siempre fueron criticados sin comprobárseles nada, simplemente dejaron a un lado los comentarios que desde el origen y el tono de la voz, mostraban las intenciones.

La mayoría de los medios contaba con soldados del régimen que parece herido de muerte, sin embargo, la gente no hizo caso de esas informaciones y dejaron pasar incluso una que otra verdad, pero acostumbrados como estaban a no creer en tal o cual “critico” de la realidad, dejaron pasar información cierta, pero todo lo malo de los hombres y mujeres de Morena estaba envuelto en el mismo paquete de hacerlos perder en las urnas, de ahí que no sólo el PRI y el PAN deban pensar en reestructurarse, también los medios deben seleccionar a profesionales con ética para su trabajo porque de sus palabras puede depender el destino del país.

El país debe cambiar aunque hubieran ganado los mismos. Tenemos noticieros en la televisión cuyo formato es el mismo desde hace 40 años. La manera de ver la realidad prácticamente sin sustento teórico ni información previa, hacen fácil la llegada de improvisados como Enrique Krauze, que sin ser intelectual, se erige como tal y sin ser historiador dice serlo, su grado se lo otorga el hecho de siempre estar del lado del poder, pero del poder que está detrás del poder político.

Así, ante esta camarilla de ideólogos veleidosos y acomodaticios, el tuerto es rey, como si se movieran en un mundo de ciegos. Y cómo dejar la opinión y la crítica política y social a alguien que no quiere ver.

Krauze dedicó un libro a López Obrador, donde lo señala como si se tratara de un líder tropical de las dictaduras latinoamericanas de los setenta, ahora lo pondera como un gran líder. Esas alabanzas son las que producen dictadores y no las políticas públicas, estén bien o mal aplicadas. 

PEGA Y CORRE.- La esposa de quien hubiera sido el gobernador de Veracruz de no estar lo suficientemente consciente el pueblo de la entidad, mostró desde el anuncio de la derrota de la monarquía su desprecio por la gran mayoría de los mexicanos a quienes denomina ignorantes, patanes, tontos, flojos, etc. Cuando se nace en pañales de seda poco importa la instrucción y no pueden ser ejemplo ni de inteligencia ni de cultura, con honrosas excepciones, desde luego. Simplemente son las damas de compañía de quienes tienen la posibilidad de llenarlas de lujo, pero no de conocimientos.