Violencia electoral de género

Por Ángel Álvaro Peña

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Alma Grande

Ganar o perder un debate significa reducir una campaña política seria a un encuentro en un cuadrilátero donde no hubo noqueado pero tampoco hubo contienda. Hubo un bullying. Hubo olvido de propuestas y se fueron a la yugular al puntero, a quien quieren desgastar hasta reducir a un candidato sin posibilidades para llegar a la presidencia.

Lo cierto es que quien quiera adjudicar un ganador del debate encontrará que las encuestas de intención del voto no se movieron.

En México los debates no funcionan para conocer mejor a los candidatos y sus propuestas sino para medir la capacidad de tolerancia de unos y la incapacidad de agresividad de otro.

Los debates se usan sólo como ventanas de patio de vecindad, donde se insulta al vecino para ver si se enoja con el apodo o con la diatriba, para ver si monta en cólera por parecer o por ser.

El debate quedó atrás ante otro acto de inequidad de género, no sólo porque dos hombres se encargaron de insultar, incluso en lo personal a una mujer sino porque intentaron apabullar con acusaciones de dudosa veracidad a una mujer en un programa televisivo.

Los líderes del PAN y del PRI, ambos con sonrisa socarrona para mostrar mejor la patanería que les identifica, intentaron aplastar a Yeidckol, quien defendió no sólo la postura de Andrés Manuel López Obrador sino su postura sobre una realidad y sus propuestas.

En lugar de que el PAN y el PRI, con sus dos frentes que encabezan, ganen adeptos a través de sus intervenciones en cualquier medio, dedican su tiempo y sus espacios, incluyendo los spots para intentar desgastar a López Obrador como lo han hecho en años anteriores. La experiencia para evitar engancharse en las provocaciones es mucha en el candidato de Morena como para enredarse en los cuestionamientos de sus contrincantes. También la campaña incluye a Yeidckol, a quien no dejan de preguntar exactamente lo mismo siempre. Desde el Lamborghini, adjudicado a uno de los hijos de López Obrador, que en su momento se aclaró que ni siquiera es el hijo el que estaba en esa foto, hasta los tres departamentos que se encuentran en juicio testamentario, son acusaciones que se advierten vacías, porque aún si fueran ciertas no representan ningún ilícito.

La vieja costumbre de querer ver a los líderes de izquierda como personas que viven en la pobreza, parece contagiar de absurdo a los críticos de López Obrador.

Pero si tomamos en cuenta que el departamento al que se aferra el PRI a reclamar al candidato de Morena, mide 70 metros cuadrados, esta medida no representa ni la mitad de lo que mide la sala de estar de la casa blanca que la esposa del presidente de la República se compró con su liquidación de televisa. Tampoco es mayor que el cuarto de servicio de la casa de José Antonio Meade, ni mayor que el estacionamiento de la residencia de Enrique Ochoa Reza.

Los departamentos son de interés social, en colonias populares y están en juicio testamentario, lo cual habla bien de López Obrador, quien no quiso ejercer su poder a través de él o de sus subordinados en puestos de gobierno para acelerar un trámite que lleva tiempo en proceso.

Rocío Beltrán Medina, primera esposa de Andrés Manuel, murió hace 15 años, es el momento en que no se ha ordenado un fallo sobre la posesión de una propiedad que Meade, Anaya, Ochoa Reza y Zepeda Vidales aseguran que es de López Obrador.

Sólo habrá que ver las casas donde viven todos los anteriores para darse cuenta que el lujo y el confort que ofrece vivir del presupuesto es mucho mayor de quien aseguran que vive de dinero de origen desconocido.

Pero a pesar de estas grandes diferencias, a la vista de todos los mexicanos, los líderes de los partidos PAN y PRI, parecieran darle rienda suelta a su ya patológica misoginia al tomar como objeto de sus insultos a Yeidckol Polevnsky, quien sin alterarse aclara una y otra vez las dudas sobre los mismos temas que como buenos alumnos del canciller de propaganda de Hitler, repiten mentiras mil veces para ver si se convierten en verdad.

Sorprende la saña con la que Ochoa Reza y Zepeda Vidales se ponen de acuerdo para atacar a Yeidckol. Como la descalifican con cartulinas sacadas de la manga, cómo señalan como si fuesen pandilleros de la política con tal de desgastar a Morena y sus candidatos, principalmente Andrés Manuel López Obrador.

Los ataques de Zepeda y del eterno sonriente Ochoa Reza pueden ser calificados como violencia de género ante tantos embates, faltas de respeto, descalificaciones y cuestionamientos personales.

La guerra sucia que surge de la impotencia por tener posibilidades de llegar a la presidencia de la República se convierte en misoginia, agresión, o por lo menos en patanería.

Desde luego que Yeidckol responde, se defiende, en más de una ocasión los deja callados y hasta en ridículo. Lo que molesta es la obsesión del ataque y lo repetitivo de los motivos.

Ahora están unidos para destrozar a Yeidckol, mañana pueden estar unidos en una coalición de seis partidos para quitar a López Obrador el triunfo electoral. Se ven, desde ahora con más coincidencias que diferencias Enrique Ochoa Reza y Damián Zepeda Vidales, quienes a pesar de todo, se dicen seres democráticos.

PEGA y CORRE.- Los jóvenes parecen ser el objetivo a vencer de algún grupo delictivo, ahora fue precisamente en Veracruz donde la mañana del miércoles fueron localizados dos vehículos calcinados que podrían ser de los seis jóvenes originarios de Tlaxcala desaparecidos durante un viaje que tuvieron a Oaxaca. Los vehículos fueron encontrados sobre la carretera federal 145, a unos 300 metros del paraje Las Pilas, y a unos 900 metros de los límites entre Veracruz y Oaxaca, perteneciente a Soyaltepec. La violencia que iba a desaparecer en seis meses no sólo permanece sino que crece.